Cultura

A 11 de Septiembre del 2011

Por Rodrigo Castañeda

“Cuando un león muestra sus dientes, no asumas que te está sonriendo”

Al-Mutanabbi

En una de las universidades en las que trabajo, por alguna razón, hay en la pared de la oficina principal –ahí donde están los coordinadores– toda una colección de fotografías sobre lo ocurrido el 11 de septiembre del 2001. No creo que nunca nadie las haya observado todas, me refiero a que alguien se haya tomado el tiempo, la dedicación y el masoquismo de repasar una por una las fotografías. La mayoría de los que vamos ahí observamos una, casi todos coincidimos en la misma, y bloqueamos las demás, todas las demás. Han pasado 10 años, pero para muchos la caída de las torres gemelas es un hecho aún doloroso.

Tal vez alguno podrá cuestionarme el que califique el 11 de septiembre de doloroso; nosotros no estábamos ahí; no fue nuestro país; Al-Qaeda no tiene nada contra los mexicanos; la víctima fue el vecino, que es imperialista y nos cae gordo. Pero si nos ponemos a pensarlo la víctima no fueron los Estados Unidos, las víctimas fueron personas reales, que habían ido a su trabajo, que llegaban a su oficina o tomaban el primer sorbo de café o saludaban a algún compañero en el momento justo cuando el primer avión, el vuelo 11 de American Airlines, también lleno de personas reales, se estrellaba contra la Torre Norte.

Recuerdo tan bien ese momento –ahora entiendo lo que dicen los padres de mi generación cuando hablan de que todo el mundo se acuerda de lo que estaba haciendo cuando mataron a Kennedy–, la impresión, la duda, el pensar “¿cómo es posible un accidente así?”, y de pronto, de la nada, ver por la televisión el segundo avión, el vuelo 175 de United Airlines, que se da la vuelta y se impacta contra la torre sur. Recuerdo cómo en ese instante ya no había posibilidad de que fuera un accidente y la consternación se transformó en horror.

Pero insisto las víctimas no fueron los Estados Unidos. Ellos sacaron partido, abusaron en ese momento de su propia gente y se hundieron en la paranoia. Pocos se dieron cuenta, pero ese día, a las 11 de la mañana, mientras todavía se coordinaban esfuerzos de rescate en la ciudad de Nueva York, Washington emitía una conferencia de prensa donde se presentaba algo que ayudaría contra el terrorismo: “El Acto Patriota”, firmado el 26 de octubre de ese año; la posibilidad de que el gobierno espiara, encerrara y culpara con total impunidad a su propio pueblo. Y después dos guerras, una de ellas, Irak, injustificable, y la otra, Afganistán, inexistente para el mundo, porque poco se informaba sobre ella.

Irak como uno de tantos resultados del ataque a las Torres Gemelas sólo demostró la ineptitud de los norteamericanos, su inhabilidad para ver más allá de sus narices, la decadencia de un país que prefería pedirle a Halliburton que importara hot dogs –a un país musulmán– para las cenas de los funcionarios que se habían instalado en el palacio de Saddam Hussein, y que hicieron ahí su pequeño Estados Unidos, pues Dios no quisiera que se mezclaran con aquellos a los que se supone habían “rescatado”. Y de alguna manera, sobre todo esto, pendía el fantasma del aún no fallecido congresista Charlie Wilson, quien 20 años atrás ayudó en la lucha de los afganos contra la Unión Soviética, armó a Al-Qaeda y después permitió que el país quedara en el olvido, lo mismo que sucedió con Irak. Pero a fin de cuentas, como bien dice la primera frase del reporte de Jay Garner, quien se supone estaba encargado de llevar a cabo los esfuerzos de reconstrucción de la postguerra: “La historia juzgará la guerra contra Irak no por lo brillante de su ejecución militar –estoy seguro de que aquí Garner estaba siendo irónico–, sino por la efectividad de las actividades posteriores a las hostilidades”. Y así lo hemos hecho.

Pero regresemos a las víctimas, no sólo a aquéllas que se ven, saltando al vacío en total desesperación, en una de las fotografías de las que he platicado, sino en todos nosotros. El ataque a las Torres Gemelas fue el fin de la película, cuando las explosiones ya no estaban contenidas por las pantallas de los cines o la televisión. Nos dimos cuenta de que el gobierno “más poderoso” del mundo no podía defenderse, no podía defender a la gente que gobernaba. Fue como ver a Superman destrozado por el disparo de un arma común y corriente.

El miedo se apoderó del mundo. Los gobiernos aprovecharon para sembrar más, una nación con miedo es una nación que obedece, y si la nación que se proclama la policía del mundo tenía miedo, qué iba a ser de los otros países. Y esa paranoia se vio reflejada en los aeropuertos, en las fronteras, en todo el dinero que se gastó en armamento y en intentar hacer del mundo un lugar más seguro; compramos más candados, más cadenas, nos encerramos a cal y canto, olvidándonos de que nosotros estábamos adentro.

El gasto económico y social de los Estados Unidos por tratar de ser más seguros cobró un alto precio, pues fue una de las razones por las que el país, el día de hoy, se encuentre sumido en una crisis económica, que nos llevó entre las patas a todos.

Y han pasado 10 años. Y seguimos con miedo. Y los políticos siguen sacando provecho de la situación. Y los que pasamos por esa oficina seguimos bloqueando en nuestra mente las imágenes de la destrucción, el terror y la desesperación de aquel 11 de septiembre del 2001. Y seguimos recordando, no por un falso patriotismo o una falsa indignación, sino porque hemos sido testigos de cómo una situación terrible, con un poco de ayuda, puede volverse aún peor.

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