Cultura

Amor

 

Por: Juan José Lara Ovando

 

No se trata de ninguna película sobre parejas apasionadas que festejen el Día del Amor y la Amistad, mucho menos de ninguna cuestión festiva que preceda a la felicidad, se trata de una película francesa pero no aquella en la que una pareja de jóvenes buscan abrirse un camino con la ilusión de un romanticismo ensoñador.

La película Amor ¿Por qué se llama así? ¿Qué se requiere para que una película lleve ese título tan simple y breve pero tan significativo? ¿Es un atrevimiento para esta película llamarse así?

Es raro que entre miles de películas no haya hasta ahora una que se llame con tal simpleza así, amor. Hay algunas cuyos títulos se refieren a este sentimiento pero que tal vez la simpleza y vaguedad de su contenido les lleven a un título que pudiera ser menos ambiguo y probablemente más concreto como Realmente amor o Eso que llaman amor, cuyo contenido es comúnmente sobre la lucha de una pareja para lograr superar barreras que ya no les impidan amarse.

Amor, la película más reciente del laureado director austriaco Michael Haneke, que se caracteriza por la crudeza de su mirada escrutadora ante temas difíciles y perturbadores, hechos con rigor tras su mano fría y directa que terminan calando hondo tanto en nuestra mente como en nuestros sentidos, ahí están Funny games (97), La pianista (01), Caché (05) y La cinta blanca (11). Un cineasta donde la narrativa tradicional es deconstruida por un distanciamiento brechtiano siempre provocativo para hacer pensar al espectador y sacarlo de su comodidad convencional para situarlo ante encrucijadas donde todo es posible. No le importa ser irritante, aburrido o frustrante pero sí se niega a ser simplista.

Lo que brilla en sus obras es la violencia (apoyada en una crítica a los medios masivos, en la falta de comunicación entre las personas y casi siempre vista en estratos medios altos, típico de la burguesía), que se presenta como barbarie en su estructura dramática para justificar o motivar acciones secas y brutales, pero no espectaculares ni estilizadas, no goza con esas escenas (salvo en Funny games) pero sí reflexiona, no se muestra la violencia pero sí se justifica y pesa, por lo que el espectador no se puede eximir de ello, eso es lo sustancial para él, como si la reflexión sea el siguiente paso de la mirada.

Mirar es para Haneke introducirse a un mundo, interrogar en él, tener responsabilidad de algo que se comparte, por eso el espectador no se excluye de lo que expone en sus escenas, es también parte de ellas, aun cuando pueda tener respuestas diferentes a las de él, pues nunca arroja resoluciones claramente establecidas.

No es imaginable pensar en Haneke como director de una película que se llame Amor. Conociéndolo, ¿qué es lo que puede tratar en ella? Pues es poco conjugable el amor con la violencia. Con maestría, Haneke trata el tema sin dar vuelta a su método sombrío y a su mirada implacable, no hay un ápice de sentimentalismo, sino una historia fuerte, crítica sobre la vida de dos ancianos, una pareja de esposos que enfrentan con resignación y dignidad la enfermedad cuando se convierte en decrepitud.

Lo que vemos en Amor es la vida compartida de dos octagenarios que ya no salen de su casa (la única escena no filmada al interior de la casa es un concierto en un teatro) pero que parecen vivir una plácida vejez hasta que le sucede un lapsus al personaje femenino, que es como un anuncio de que el final se vendrá complicado y turbulento por el proceso degenerativo.

Respaldada por un fino trabajo actoral, apoyado en dos monstruos del cine francés Emmanuelle Riva (Hiroshima, mi amor) y Jean-Louis Trintignant (Un hombre y una mujer) que con medida naturalidad representan a estos dos personajes y arman toda la película, la cual se apoya plenamente en ellos, pues el resto de papeles son secundarios, incluida Isabelle Huppert que interpreta a su hija.

Los tres se dedican a la música, los padres son ya profesores retirados que viven en un lujoso departamento (que es otro protagonista central) adecuado a las partituras de Schubert pero en el que la vida se convierte en la decisión de vivir su última etapa de manera independiente, digna y solidaria.

El filme muestra con toda exactitud todos los cambios en la vida de esta pareja, toma su tiempo para dar todas las señas, hace breves y audaces elipsis para explicar momentos previos y asume un gusto pronunciado por el realismo para seguir la narración. De modo que la cinta trata el cariño, el dolor, la enfermedad y la muerte compartidos por la pareja como el amor. Un filme triste que se deja en cada gesto del marido dando de comer a su mujer, recostándola, ayudándola a hacer ejercicios, etcétera, que se corresponden con cada mirada, cada balbuceo y cada recuerdo de la infancia de la esposa. Vemos el trágico presente, pero a la vez la entera existencia de las vidas de ambos, lo que le da enorme notoriedad a la película.

Contrario a lo que pudiéramos pensar, por el trabajo previo del director, estamos ante una película tierna, aunque nunca deje de ser dura y directa, como siempre lo es, pero este nuevo elemento la convierte en una lección de humanismo, lo que no es común en él, presentado con gran sencillez pero sin descuidar su habilidad en una serenidad expositiva, un tiempo bien medido, calidez en la textura de la imagen y enorme dirección de actores, que en realidad parece que ellos hacen de las suyas, tanto como el director, porque están soberbios y muy compenetrados. Por eso Emmanuelle Riva está nominada al Oscar y debiera ser la candidata a vencer. Muy bien por el cine francés que el año pasado obtuvo la Mejor película y en esta ocasión es casi seguro, con Amor, el de Mejor película extranjera. No se la pierda, no es algo común y es puro sufrimiento, pero es una gran película, como pocas.

 

 

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