Cultura

Antígona

Por: Jorge Bárcenas

jorge_rast@hotmail.com

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“Antígona” es uno de los relatos que integran Los imaginantes y otros cuentos (Pictographia, 2013), de Jorge Bárcenas (Querétaro, 1987). Está inspirado en el asesinato impune de Marco Antonio Hernández Galván, para el que se pide justicia por la vía poética, ficcionalizando algunos rasgos del caso. El cuento confronta la historia del asesinato con el mito de Antígona. A continuación se ofrece su inicio.

El arte es un arma cargada de futuro.

noviembre

Together we stand, divided we fall.

Pink Floyd, “Hey You”

 

—Y, ¿qué piensas hacer?

 

Al café habíamos llegado después de caminar por la plaza tempranamente oscurecida, donde nos encontramos después del ensayo previo a la representación 100 de Antígona, en la que soy el papel principal. Sostenías un cigarro sin terminar de acercarlo a tus labios, cuando te dije que esa tarde el gobernador había confirmado su asistencia.

 

—No sé. No soporto la idea de que allí vaya a estar el asesino de mi hermano.

 

Acercas el cigarro hacia tu boca y lo enciendes. Das una, dos bocanadas.

 

—Todavía sueño con él. Hace tres noches estaba en el mismo lugar donde lo mataron, allí tendido con la frente hacia el cielo, sobre los adoquines. No tenía sangre, pero estaba pálido y tenía los párpados cerrados. Y yo sabía que le acababan de disparar apenas hace unos minutos, aunque no tuviera sangre. De pie, ante él, a un costado suyo, yo le miraba el rostro y sentía frío, mucho frío. Sonaba periódicamente una campana, que me recordaba que aún no lo habíamos enterrado, y conforme sonaba una campanada tras otra yo sentía más frío, en las manos y en los pies, y lo quería enterrar para dejar de sentir frío, pero el frío me había inmovilizado ya las piernas…

 

Das otra bocanada.

 

—De algún modo así son los días desde que lo mataron. Tengo frío todo el tiempo. Tal vez por la obra, últimamente he pensado que es como si jamás lo hubiéramos enterrado porque el gobernador ha decretado que se le deje insepulto.

 

—Tienes razón: como si fueran Polinice y Creonte.

 

—Lo peor es que han pasado cinco años y en mi familia seguimos sintiendo eso.

 

Fue precisamente una noche de invierno hace cinco años. Marco, tu hermano, había salido con sus amigos a un bar en el centro de la ciudad. Después de pasar allí algunas horas hasta la medianoche, tomaron el carro para seguirla en casa de uno de sus cuates. Marco manejaba. Tomó por 5 de Mayo y después por Pasteur para ir hacia Constituyentes. En Pasteur, antes del cruce con Zaragoza, se detuvieron atrás de una camioneta BMW X5 negra esperando que el semáforo cambiara a verde. Pero cuando la luz verde se encendió, la BMW no avanzó. “Y ese pendejo, ¿qué espera?”, “Avanza, cabrón”, “Pítale, güey”. Tu hermano pitó una vez. La camioneta no avanzó. El semáforo cambió a rojo. Alguno de sus amigos alcanzó el claxon y lo hizo sonar largamente. De la camioneta bajaron cuatro tipos, todos de unos treinta, treinta y cinco años. Dejaron las puertas de la camioneta abiertas. Alguno de los amigos de tu hermano gritó: “¿Por qué no avanzas, cabrón?” El conductor de la BMW sacó una pistola que tenía en el pantalón y lo encañonó. Tu hermano, que era alto y robusto, sin haber visto la pistola, bajó del Tsuru blanco en el que viajaban y enfrentó al otro conductor, quien le disparó a la cabeza: cayó con la cabeza ensangrentada sobre la banqueta y con el resto del cuerpo tendido en la calle, como te tocó reconocerlo. Los asesinos subieron a la camioneta y se dieron a la fuga pasando el disco de la luz roja.

 

—A veces parece que ha pasado mucho tiempo más. Como si el tiempo, que diera vueltas sobre sí mismo, se hubiera detenido. Porque todos los caminos que hemos tomado para hacer justicia nos devuelven al mismo punto: la supuesta inexistencia de ese crimen.

 

—¿Les ofrezco algo más? — pregunta el mesero mientras retira nuestras tazas.

 

—La cuenta, por favor.

 

—Así es que después de cinco años, seguimos en el mismo punto: sin el asesino tras las rejas, aunque todos sepan quién es, y con un grupo de cómplices que ha querido borrarle la cara al asesino y desaparecer un crimen para proteger sus propios intereses, como si ellos fueran los asesinos. Y el gobernador, el que más ha hecho para que ese crimen permanezca impune, todavía pretende presentarse a la obra…

 

—Es una contradicción enorme. ¿No se da cuenta de que va a una obra que acusa lo que él mismo hace?

 

—Seguramente está consciente de eso, pero sabe que estar allí lo vuelve inerme a la crítica.

 

—Sí, es posible. No hay que pecar de ingenuidad con él.

 

—Más que la contradicción o que los usos políticos de su asistencia, lo que me indigna es que ese encubridor, ese cómplice, ese asesino pretenda no verme e ignorar que estaré allí a sus espaldas. Que vaya a aplaudirte, que celebre y brinde por la calidad de la cultura en el estado, aunque sabe que no desperdicio ninguno de los eventos que me toca cubrir para incomodarlo.

 

—Porque la cultura —lo imito con tono solemne—, las bellas artes nos transmiten los grandes ideales y valores de la humanidad para hacernos más humanos y justos, etcétera, etcétera.

 

—Sobre todo justos… Precisamente ese cinismo, ese descaro lo vuelve intolerable, y que no pueda decirle nada; o que si lo digo resulte exactamente igual que no decirlo, porque con todos los esfuerzos que han hecho para proteger al asesino he llegado a imaginar que todo reclamo por la justicia es inútil.

 

—Su cuenta — dice el mesero.

 

Insistes en pagar; dejo la propina.

 

[Continúa…]

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