Cultura

Avándaro: Una batalla más del sistema priista contra los jóvenes

Septiembre de 1971. Han pasado casi tres meses desde la matanza del Jueves de Corpus, el conocido Halconazo, cuando jóvenes universitarios fueron asesinados por el gobierno de Luis Echeverría. También ya eran casi tres años del río de sangre que corrió en la plaza de las tres culturas en Tlatelolco 1968 en los últimos años de gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

La constante lucha por el poder, la hegemonía gubernamental, los movimientos sociales, las brutales represiones y la corrupción estaban en su auge. Había tensión en el país.

Pese a toda esta situación, el 11 de septiembre de 1971 miles de jóvenes se congregaron en Valle de Bravo en el Estado de México para participar en el Festival de rock y ruedas de Avándaro, el primer espectáculo de esa naturaleza en el país. Y fue pionero no sólo en cuanto a música, sino también en cuanto a magnitud; en la década de los setenta. ¿Cómo podía concebirse a más de 150 mil personas reunidas? ¿Cómo podía imaginarse un festival del tamaño de lo que actualmente es un Vive Latino? Pues en Avándaro se hizo realidad.

En un principio, “se consideró que este festival sería un evento de medianas proporciones, en la medida en la que se vinculaba con una carrera automovilística (un deporte de élites) y que en esos momentos la compra de discos de rock-pop no era accesible a todos, por lo cual se asumió que acudirían personas con un cierto poder adquisitivo”, explica el artículo “Avándaro y las juventudes en México. Miradas múltiples en torno a un festival” de Katia Escalante Monroy, doctora en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora.

Sin embargo, conforme la tarde de 11 de septiembre avanzaba, cada vez se aglutinaban más y más jóvenes. “La gente llegó en proporciones inimaginables; eran jóvenes de todas las clases sociales, especialmente de la capital, congregados por la misma necesidad dionisiaca, listos para el inmenso pachangón que sería el festival”, escribió José Agustín.

Al final, los asistentes alcanzaron un número entre los 200 y 250 mil amantes del rock; quienes, según el texto Avándaro y Juventudes de México, cantaban al unísono canciones como “marihuana” y “tenemos el poder”.

Algunas de las bandas programadas para para ambientar el festival se encontraban Los Dug Dugs, El Epílogo, La División del Norte, los Tequila, Peace and Love, el Ritual y Los Yaki. Y entre algunos de los organizadores más destacados eran mencionados Eduardo López Negrete y Luis de Llano. Este último, tiempo después sería uno de los padrinos de la música pop en México, a grado de idear bandas como Timbiriche.

Fiesta dionisiaca e inofensiva

Los Dug Dug’s fueron los encargados de iniciar oficialmente el también llamado Woodstock mexicano. “Para esas alturas, casi todos los asistentes habían consumido fuertes cantidades de distintas drogas: alucinógenas (mariguana, LSD, hongos, peyote, silocibina, mezcalina), estimulantes (alcohol, cocaína y anfetaminas) y depresivas, como los barbitúricos, aunque algunos también inhalaron solventes (cemento, tíner), pero, a fin de cuentas, la mariguana y el alcohol fueron las drogas más consumidas, seguidas por las anfetaminas. Con todo, los muchachos lograron hermanarse, y en general se puede afirmar que el festival, como debía de ser, representó una fiesta dionisiaca notablemente inofensiva, si se toma en cuenta la ingestión de tanta droga y la disminución de la conciencia individual que ocurre en toda congregación de masas” escribió Agustín en su obra La contracultura en México.

Así continuó el evento de rock: “Llovió en la madrugada y así continuó hasta el amanecer, cuando tocaba El Amor. A las ocho, para terminar, porque todo el equipo de sonido se derrumbó media hora después, Three Souls in my mind logró el milagro de revivir y reencender a la muchedumbre, más de 200 mil asistentes. A pesar de la lluvia, las fallas y la organización, todos los viajes aterrizaron y el público acabó de lo más contento. Habían vivido un milagro”.

Colonialismo mental, acusó Monsiváis

El “milagro” al parecer había terminado. Ahora esos dos días de rock eran sólo un recuerdo. Los participantes se disiparon y las bandas se marcharon, pero no fue el fin. Al contrario, el epicentro del festival ahora estaba en gran parte del territorio; en boca de empresarios, políticos, madres, padres, líderes religiosos y en las primeras planas de la prensa.

En los titulares de los días siguientes se leyó en El Sol de México, “Avándaro: música, velocidad… y excesos” y “Avándaro, donde los principios acaban”, el 11 y 12 de septiembre respectivamente. Para el 29 de septiembre, Revista Alarma publicó “En Avándaro se registró la más infame explotación de los vicios de una juventud enferma y engañada”.

Sin duda, una de las mayores muestras de rechazo al festival vino de Carlos Monsiváis, en su carta dirigida a Excélsior, en la cual sostuvo que Avándaro fue “uno de los grandes momentos del colonialismo mental en el Tercer Mundo”, esto por la música y el idioma de esta: “Las mismas [personas] que no protestaron el 10 de junio enloquecidas porque se sentían gringos … si lo que nos une es el deseo de ser extranjeros, estamos viviendo en el aire … ¿Qué es la Nación de Avándaro? Grupos que cantan, en un idioma que no es el suyo, canciones inocuas”.

Escalante Monroy explica en su artículo de 2020: “dominaron los titulares que exaltaban el tema de las drogas, el nudismo y la presencia de hippies, y en los reportajes se sostiene que el concierto fue el pretexto que usaron los jóvenes para desenfrenar su afición por las drogas y dar paso a sus pasiones. […] los titulares buscaban mostrar ante la sociedad a una juventud desordenada, desenfrenada, irrespetuosa de la moral, de las buenas costumbres y propensa a delinquir”.

Ante esto, José Agustín refutó: “Avándaro no fue un acto de acarreados para echarle porras al gobierno o al muro, sino una impresionante, significativa, manifestación de contracultura que, naturalmente, tuvo repercusiones políticas; tan fue así que se le satanizó al instante y el gobierno apretó la represión contra todo tipo de evento rocanrolero”.

En ese momento de la historia, la tensión entre el gobierno y la juventud era importante, prueba de ello las represiones de 1968 y 1971. Los jóvenes buscaban ante todo “rescatar a la verdadera juventud mexicana”. “Alguien dio a entender que los jóvenes agrupados en el festival no eran jóvenes, que otros son los jóvenes: los que, con el cabello corto y bien peinado, sus trajes planchados y sus camisas blancas, sus corbatas y unas banderitas, forman el coro respetuoso en torno de los oradores oficiales”. Mencionó la revista Piedra Rodante en octubre de 1971.

Algunos otros comentarios que surgieron a raíz del festival por parte de políticos fueron: “Los que asistieron a Avándaro no representan el espíritu de la juventud mexicana, ni son el símbolo de esa juventud que, imbuida de anhelos de superación, se prepara para ser ciudadanos aptos para ponerse al servicio de la patria (sic)”.

Contracultura y jóvenes

“Avándaro significaba un cambio que nadie de ellos había programado; un cambio, sin duda, revolucionario”, sentenció la revista La Piedra Rodante, casi un mes después del festival.

El “Woodstock mexicano” representó más que un concierto de rock, representó un boom en la sociedad de la década de los setenta: “A nuestras autoridades castas, alertas e inquisidoras; a la gran prensa hipócrita y chantajista, y, en fin, a todos los que no quieren que 1968 se quede en 1968 y claman porque 1968 sea eterno […] Porque aquellos jóvenes, los jóvenes de Avándaro, constituyen el blanco. Se les llama jipis, se les tilda de mugrosos, se ridiculizan sus melenas, se desacreditan sus ropas, se ataca a la música que les gusta… pero, en el fondo, contra quienes simple y llanamente se da batalla es contra los jóvenes”.

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