Cultura

Bello e inmenso París

Por Juan José Lara Ovando


No cabe duda que es bella, muy bella la ciudad de París. La luz, el esplendor, la historia, la cultura, la locura, la libertad, el romanticismo serían pocos motivos para argumentar que amar esa ciudad es simpatizar con la belleza y el arte.

 

Al cineasta Woody Allen parece que le sobran los motivos para decir que si le gusta, nada más el recorrido de casi cinco minutos introductorios mostrando plazas, edificios, parques, calles, museos, teatros, cafés como si no se pudiera exponer París, sin antes hacer un homenaje a la magia de todo su entorno, en la comedia Medianoche en París.

 

El umbral de la ciudad luz no es sólo su belleza (representado aquí, como personaje, por una guía de turistas en la imagen de Carla Bruni), sino la riqueza que la intelectualidad y la cultura han dado a sus períodos y sus ciclos, al grado de atraer al mundo de los rebeldes e ilustrados a su seno.

 

Alejado desde hace casi dos décadas de su amada Nueva York y de los magistrales trazos con los que retrata Manhattan en base a quiénes viven sus preocupaciones en ella, ganando un espacio que se vuelve identidad, Allen ha deambulado por Venecia, Praga, Londres, Barcelona y Roma, dejando en el camino el escepticismo de sus personajes fulminantes, que de tanto andar por el mundo se han vuelto suaves y juguetones (con sus momentos irónicos), pero en mucho, caricaturescos, por lo mismo, sus películas ubicadas en las ciudades europeas distan de tener la importancia de las situadas en Manhattan, por lo que pueden considerarse menores, aún cuando el toque alleyniano las sigue haciendo disfrutables.

 

Dos ejemplos son palpables de ese director neoyorquino de hace más de 20 años en su tierra natal y sus películas posteriores, concretamente cuando empieza a dar el paso de salir de su ciudad. Los hayamos en La rosa púrpura del Cairo (85) y en Sombras y niebla (92). En la primera un personaje podía atravesar la pantalla para escapar de la infelicidad cotidiana, en la segunda un admirador de Kafka (interpretado por el mismo Allen) visita Praga en medio del ambiente frío y oscuro para enfrentar lleno de pavor sus fantasmas y afrontar su ineptitud.

 

Ahora en Medianoche en París se da un salto hacia atrás en el tiempo aterrizando en una ciudad idealizada, que era una fiesta según Hemingway, la de los surrealistas, la generación perdida de Gertrude Stein y la intelectualidad bohemia de los años 20, para darse cuenta que debe ubicarse en su propia época, aun cuando deja abierta la impresión de que todo tiempo pasado fue mejor, cuestión que en las cintas anteriores no planteaba.

 

Los personajes de Allen siempre están insatisfechos, en este caso se trata de un escritor que intenta huir de un presente que se juzga mediocre y banal para refugiarse en el ilusorio paraíso de aquella edad dorada del pasado a la que él hubiera querido pertenecer.

 

El escritor (Owen Wilson, encantador, en un magnífico alter ego de Allen), guionista de éxito en Hollywood, aspirante a novelista y enamorado de París, tiene sus motivos para la fuga: un trabajo que no lo satisface, un libro que no consigue completar, un futuro en Malibú junto a la bella niña rica y vacía con la que va a casarse. Y ahora que ha llegado a París, una compañía (novia, suegros, un académico pedante) con la que nada tiene en común. La nostalgia es la negación del presente (lo critican cada vez que él prefiere salir en busca de los escenarios por donde anduvieron sus héroes literarios); ignoran que en el fondo de los propios sueños (en esa edad dorada que se idealizó y de donde provienen los modelos) también puede encontrarse la lucidez para definir los deseos más profundos y el coraje para concretarlos.

 

Ese camino seguirá el escritor cuando la magia parisina y su propia imaginación lo conviertan en un viajero del tiempo, que todas las noches (cuando suenen las campanadas de medianoche, al revés de Cenicienta) aparece un viejo Peugeot y sus bulliciosos pasajeros lo invitan a vivir el sueño de conversar con Scott Fitzgerald y Zelda, asistir a una fiesta en honor de Cocteau, escuchar en vivo a Cole Porter, charlar con Hemingway, con Dalí, con Man Ray y se de el lujo de proponerle el argumento de El ángel exterminador a Buñuel; conseguir que Gertrude Stein lea su libro y le dé consejos, y frecuentar en fiestas y salones a la bella Adriana, una especie de groupie de la época que aspira a diseñar alta costura y fue musa, modelo y amante de Modigliani, Braque y Picasso.

 

Todos ellos aparecen libres de la pétrea eternidad de los museos y las bibliotecas. Son jóvenes, trabajan, se divierten, tienen sus discusiones, sus amoríos, viven. Están en su presente, y en él hay quien habla de creadores sin ideas, quien hubiera querido vivir en la belle époque (a la cual también se transporta y puede platicar con Toulouse-Lautrec, Degas y Guaguin), porque entonces sí la fiesta era de verdad y la belleza estaba en su esplendor. Lo que sucede alrededor es lo cotidiano, está contaminado por la trivialidad de la vida presente, carece del aura y del prestigio que el tiempo le concederá (o no) posteriormente.

 

En Medianoche en París, todo es ligero, amable, romántico, sutilmente inteligente y tenuemente melancólico. El tono lo aporta el sax que acompaña buena parte de la película, al igual que una melodía de época de Cole Porter, músico habitual del director. El resto está colmado de ironías, ocurrencias ingeniosas, apuntes sobre los clichés norteamericanos acerca de París y sobre la relación entre las dos culturas y abundantes situaciones cómicas.

 

Y cuando el film avanza, las aventuras nocturnas del protagonista amenazan con repetirse y ya han incidido en la progresiva transformación del escritor, Allen da algunas iluminadoras vueltas de tuerca, propone otro viaje, un remate cómico y un desenlace alentador. Se sale del cine con una sonrisa en los labios, pero nos llena de magia con un vehemente escritor como el macho Hemingway (Corey Stoll), un genial Dalí (Adrien Brody) que llena la pantalla diciendo: Rinoceronte; una mágica y atractivamente sencilla Adriana (Marion Cotillard, todo un sueño), y la siempre excelente Kathy Bates que da vida a la crítica, editora e impulsora Gertrude Stein.

 

Si bien Allen está lejos de sus grandes películas, en esta ocasión logra momentos memorables, afincado en la historia del arte (hay que tener ciertos conocimientos de ello para entender mejor este filme), le hace decir a Gertrude Stein que los artistas están para ofrecer con su obra belleza y esperanza ante el sinsentido de la existencia, con ello entrega una obra deliciosa, mezcla de declaración de amor a una ciudad que lo sedujo desde que se filmó la primera película en la que aparece como guionista ¿Qué tal, Pussycat? (Donner, 65) y de reflexión lúcida sobre el sentido de la ilusión. Seguramente los personajes son poco populares y ajenos a buena parte de los espectadores, pero la magia atrapa.

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