Cultura

Chatarra

Por Juan José Lara Ovando


La idea de que los robots boxeen en lugar de los humanos lleva de inmediato a acción, futurismo y seguramente violencia expresada a través de los combates. Por lo mismo, si se piensa a través del cine, el sentido comercial brota de inmediato, por eso la película Gigantes de acero remite de inmediato a Rocky (Avildsen, 76), como menciona el actor Hugh Jackman, que fue lo que pensó cuando leyó el libreto y eso fue lo que lo atrajo.

 

Sin embargo, Gigantes de acero no es solamente un filme atrayente por lo espectacular, logra algo mucho más profundo en los espectadores: emocionar. Con eso consigue que su punto débil (la historia, que hemos visto muchas veces) pase a segundo plano.

 

Producida por la empresa DreamWorks de Steven Spielberg y también con la participación de Robert Zemeckis, se empeñan, como siempre en presentar una película entretenida y en buena medida original, aun cuando el tema parezca muy trillado y proceda de una interpretación muy libre del cuento, Acero, de Richard Matheson (autor de Soy leyenda recientemente interpretada por Will Smith, pero en versiones anteriores aparecieron Charlton Heston y Vincent Price), que previamente fue adaptado en 1963, en un recordado episodio de la serie Dimensión desconocida, que es uno de los más recordados y populares.

 

Dirigida por el canadiense Shawn Levy, más cercano a la comedia (Más barato por docena, Una noche en el museo –las 2–, La pantera rosa, entre otras) sólo retoma del cuento, el concepto de las peleas de los robots para brindar un relato muy diferente.

 

De alguna manera Gigantes de acero es parecida a Halcón (Golan, 87) un clásico de Silvester Stallone, con la particularidad que en este film, el catalizador que contribuye a reconstruir la dañada relación que tiene un padre con su hijo no es un torneo de pulseadas, sino un campeonato de peleas entre robots gigantes.

 

En el fondo el corazón de este film reside en la relación de Charlie (Jackman) con su hijo, más que en las peleas de los robots, que también son una gran atracción.

 

La historia presenta un panorama futurista (ubicado en el año 2020) bastante realista, donde salvo por la tecnología de los robots, el mundo en el que transcurre este relato es el mismo de la actualidad.

 

Charlie (Jackman) es un boxeador retirado que maneja robots pugilísticos, hasta que le encargan a su hijo, de quien no quiere hacerse cargo. El niño encuentra un androide viejo, llamado Atom, con capacidades únicas para el boxeo y es así como el metálico underdog comienza a ganar notoriedad en el circuito boxístico, llamando la atención del campeón, que finalmente lo retará.

 

Gigantes de acero es una típica fantasía infantil que los realizadores de este film lograron plasmar con éxito. Los efectos especiales son fabulosos y las peleas por más delirantes que suenen son realmente emocionantes.

 

La historia del robot Atom que sale literalmente del fango para competir con el gran campeón y es conducido a la victoria por Max (Goyo) y Charlie es similar a cualquier historia humana de personajes que triunfan saliendo de la nada, lo que es peculiar aquí porque gana con el corazón, más que con la fuerza o la juventud o su sistema tecnológico (ya extemporáneo)

 

Uno de los puentes fuertes en Gigantes de acero son precisamente las secuencias de peleas entre los androides. Por supuesto, estamos ante únicamente dos máquinas en un ring y no frente a decenas de Autobots y Decepticons luchando a muerte entre edificios, como sucedió hace poco con Transformers, pero era poco probable que Shawn Levy hiciera algo incomprensible.

 

Pero aparte de estas peleas, el film cuenta con una sólida química entre padre e hijo, gracias a Jackman y al niño Dakota Goyo (quien encarnó a Thor de pequeño) pero que aquí se roba la película. El pequeño sorprende con una interpretación espontánea y logra las mejores escenas con su candidez, desde que recoge al robot y hasta lo pone a entrenar y a bailar hip hop. En estos últimos radica la magia de Hollywood, que sabe construir escenas conmoviéndonos sentimental y emotivamente, el robot y el niño conviven como amigos y construyen en unas cuantas escenas una amistad que fabrica ilusiones y que logra transportarse al tiempo que también comparten padre e hijo, que va adquiriendo mayor compenetración hasta la climática pelea final, donde actúan como familia. La actriz Evangeline Lily logra deshacerse de su papel de Kate en la serie Lost gracias a que entrega un personaje que si bien no tiene demasiada profundidad, logra complementar la relación entre el resto de personajes masculinos.

 

Me parece muy acertado no hacer hablar a los robots, evitando caer en diálogos que pudieran haber agregado comedia involuntaria a un film cuyo reparto humano ofrece sólo la dosis necesaria humor. De esta forma, el espectador puede creer en ese futuro y sentir empatía por todos los personajes, incluido Atom, la promesa del boxeo droide.

 

Probablemente resulten un tanto cursis algunos momentos cercanos al final de la cinta, sin embargo ésta nunca se vendió como una producción cargada de intrigas, apuestas ilegales de boxeo o mafias violentas, donde te cortan el dedo si no pagas. El equilibrio entre lo familiar y el género deportivo está bien resuelto.

 

En resumen, la historia ya la hemos visto y ya sabemos a dónde irá desde sus primeros minutos, pero quizá el mayor atributo de la cinta es lograr una sólida feel good movie que nos mantendrá pendientes de una trama que emociona como una buena pelea clásica, desde las reales entre Muhammad Ali vs George Foreman (dada la magnitud de los robots), hasta las ficticias, al más puro estilo de Rocky vs Apollo Creed. Una propuesta familiar muy entretenida y disfrutable.

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