Cultura

Cine musical y cultura rastafari*

Por: Luis Fernando Valdelamar Suárez

El punto de anclaje es el Reggae. Jamaica consiguió independizarse de Inglaterra en la década de 1960; el gobierno poscolonial recién estrenado fue intolerante con los rastafaris; sin embargo, en la década siguiente, bajo un régimen más favorable, se les concedió cierto reconocimiento social que marcaría el inicio de un movimiento equiparable a una revolución cultural.

La isla tomó un rumbo que cada vez se alejaba más de Europa y Estados Unidos para acercarse a África, a Cuba y al Tercer Mundo, tanto en ámbito del desarrollo industrial como en el terreno ideológico. Este desplazamiento tuvo gran repercusión en la evolución de la industria cinematográfica y de la música popular jamaiquina; y el reggae siempre apareció como un medio recurrente para difundir el mensaje de la cultura rasta en canciones y películas de la época (Hebdige, 2004).

Varios realizadores que consiguieron dejar huella filmada sobre esos momentos de la vida en Jamaica recurrieron a los planteamientos teóricos y estéticos del Tercer Cine; una corriente que tomó relevancia en América Latina y en algunos países de África y Asia, a partir del movimiento del Cinema Novo de Brasil y la Escuela de Documentales de Santa Fe (Argentina). Todas ellas adoptaron la estética del documental social y el neorrealismo italiano para destacar los agudos problemas de miseria y desigualdad que la mayor parte de la industria cinematográfica había ignorado.

En términos generales, se trataba de utilizar las bondades del lenguaje del cine como un medio óptimo para continuar la lucha por la descolonización de los países del Tercer Mundo, pero ahora en el terreno cultural; y de ofrecer una alternativa al primer cine -Hollywood- y al segundo -las películas propias de influencia europea-. Los precursores de la denominada “estética del hambre” (término acuñado por el director brasileño Glauber Rocha) en el cine del mundo subdesarrollado tenían una perspectiva política militante y concibieron la realización de películas como una herramienta para transformar actitudes sociales (Clark, 2000).

En esta línea, se produjeron obras iconográficas de la cultura rastafari como The harder they come (1972), Rockers (1978), Countryman que -entre otras- retrataron el esplendor de ese movimiento subversivo popular que fue integrado en la cultura de masas a través del éxito internacional de la música reggae.

Canciones como The harder they come (Jimmy Clif, 1972) funcionaron perfectamente como figura literaria para construir el argumento y la trama de una “película rasta”. En este caso, el director Perry Henzell contó con la colaboración del cantante Jimmy Clif, quien interpretó el papel protagónico y ejecutó su tema en un estudio, con músicos, para una escena clave en esta historia; la de un joven de campo que llega a la ciudad sin otra cosa que talento en su voz y fe en que puede lograr algo con ello. La dificultad de vivir en el ghetto y la estafa de la que eran víctima los músicos pobres detonaron la transformación de este artista en uno de los antihéroes icónicos de la historia de Jamaica.

Esta lucha de los jóvenes jamaicanos contra Babylonia (como nombran los rastas, metafóricamente, a las potencias coloniales blancas y a la sociedad capitalista contemporánea), por medio de la música reggae, el consumo ritual de la ganja (mariguana) y la filosofía consciente del mensaje rastafari, quedó inmortalizada también en la cinta Rockers (1978). La participación de músicos populares es destacable en esta película; forman entre todos un “comando rasta” que, al estilo Robin Hood, expropia al rico como castigo por perpetuar con su sistema capitalista la opresión y la miseria de las comunidades marginadas de la isla.

Aparece aquí toda la iconografía visual del estilo callejero de los negros jamaicanos: largos cabellos trenzados (rastas) y peinados al estilo “afro-étnico”; los andares, las actitudes, y el argot característicos; el estilo de vida de la clase trabajadora en forma de viviendas pobres, barrios violentos, desempleo y acoso policial; el dominio de los colores de la bandera etíope (verde, oro y rojo) estampados en todo tipo de artículos -insignias, equipos de sonido, autos, motocicletas, chaquetas, camisetas, gorros-; así como pinturas, carteles y grafitis. Todo ello sintonizado con la melodía del reggae y la indolencia de la mariguana inspiraba estilos de baile autóctonos, que también forman parte importante de la puesta en escena.

El caso de Countryman (1982) es la representación fílmica del contraste entre la Jamaica “civilizada” y el “submundo” rastafari que vive en relación directa con la naturaleza. Su escenografía consiste mayormente en espacios abiertos que retratan la belleza de los paisajes del campo, la costa, ríos, cascadas, etc. La banda sonora de esta película se basa en clásicos de la música reggae -el director de Dickie Jobson fue también manager de Bob Marley-. El rastaman es captado como un agente moralizador que representa la personificación de la batalla cultural que se libra contra la opresión del sistema Babylonia.

Este cine musical contribuyó a extender por muchas partes del mundo la influencia de las ideas que la cultura rastafari difundía. La juventud de los cinturones periféricos y de los suburbios de las ciudades americanas y europeas se apropió de este simbolismo para integrarlo a sus propias tribus y movimientos. Son películas de culto altamente recomendables para los nostálgicos del sonido consciente jamaicano que emana de los tambores africanos y se fragua en las composiciones del reggae, el dancehall, el rocksteady, el ska y demás ritmos jamaiquinos.

*Este artículo forma parte de los trabajos realizados durante el semestre enero-junio 2014 para la materia Introducción al Cine, de la Licenciatura en Comunicación y Periodismo de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Querétaro.

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