Cultura

Ciudad Vieja: entre Eduardo Galeano y Juan Carlos Onetti

Por: Juan José Rojas / CORRESPONSAL

PARA DESTACAR: Un bar puede convertirse en una institución académica. En alguna época, el hablar de cafés en Montevideo era un síntoma de identidad, fue una frase recurrente antes y durante la dictadura “en qué café paras”, Galeano siempre paró en café Brasilero.

Crónica de un paso por Montevideo, capital de Uruguay

La ciudad elegida por Galeano

Todos los días –salvo alguna excepción de agenda- llegó entre seis y siete de la tarde al café Brasilero. El lugar reabría sus puertas como sitio histórico en el corazón de Ciudad Vieja, Montevideo, luego de su primera inauguración en 1877. Presumiblemente, pedía café con amaretto, crema y dulce de leche. Queda la desazón, como una ausencia entre los comensales. La gente abre las puertas una y otra vez, llegan todos desarrapados, despeinados, desalineados, la temperatura en la calle es de seis grados centígrados con rachas de viento entre los sesenta y setenta kilómetros por hora. El lugar se autodefine como “símbolo de la modernidad y la bohemia montevideana”, ese fue, durante muchos años, su lugar favorito.

“Sin falta, todos los días el señor Eduardo Galeano venía aquí, se sentaba a leer, escribir, conversar”. Le cuestioné “¿Y cómo era con ustedes?”

“Una persona muy especial… como todos los escritores. Muy sensible, muy amable” dijo Dimitri, que en varias ocasiones fue su mesero de cabecera. Alguna cosquillosa ansiedad entró en mi cabeza en el laberinto de “lo que pudo ser” cuando Dimitri aseguró que todo aquel que quería saludar a Galeano venía a las seis de tarde para estrecharle la mano y, por qué no, conversar con él. “Fue una persona muy querida por todos los uruguayos”.

Suena la radio de fondo, la locutora inicia el noticiero con “lo más relevante acontecido en los últimos días Procedente de Monterrey, México, llegó esta mañana  el jugador de los ‘rashados’, Carlos Sánchez, amenazado de muerte por la hinchada mexicana, luego de no terminar el torneo mexicano con su club para sumarse a las filas de la celeste”

“¡Uy! cuidado chicos, que por allá no se andan con medias, las amenazas son en serio en aquel país”. La percepción que se tiene de los mexicanos se ve remarcada cuando los medios, sorprendidos, se enteran de la suspensión provisional de la extradición del Chapo Guzmán a los Estados Unidos. “¡Paaar Dióóós!” exclama un comentarista detrás del micrófono.

Los sonidos de los cubiertos, una vajilla antigua, con tazones para todo, las pinturas de Barradas y Torres García, la anciana de las alhajas,  los bordes de madera dejan entrever lo antaño del lugar, medianamente fantasmal y completamente melancólico, pues, según Dimitri, apenas hace un año y medio Galeano estuvo sentado en la misma mesa, en la misma silla donde me encuentro yo.

“Atendí al señor más o menos durante dos años. Era una persona muy ensimismada, muy en su misterio, viste. Luego de su muerte este lugar se empezó a llenar de gente, pero antes, él venía por la tarde y el lugar estaba solo”.  Nadia Fink aseguró que Eduardo Galeano no vivió en el pasado, pero sí añoró la época de los cafés “donde había tiempo para perder el tiempo”. Es por eso que fue su bar de elección entre los abundantes sitios que Ciudad Vieja ofrece.

La gente no está ahí de casualidad, los que estuvieron antes tampoco, pues si hubo una posibilidad de encontrarse con el autor de Espejos era pasar por ese local de Ituzaingó. Nadia Fink fue de las últimas personas que entrevistaron al escritor, en su texto “La memoria es una especie en vías de extinción”, la periodista enfatiza la curiosidad de preguntarle “¿por qué siempre ese café?”

“Elijo este bar porque me gusta, lo siento mío, me da refugio. Es el más antiguo, de 1877, y a mí me gustan las cosas viejas. Este bar estaba lleno de cuadros, pero se perdieron muchos en una de las tres veces que este café fue asesinado. Fue desvalijado en tiempos de la dictadura en una operación fraudulenta de los milicos” dijo Galeano algún día del 2012 en la silla donde me encuentro sentado.

Uno podría sorprenderse, Eduardo Galeano no terminó ni la secundaria, seis años de primaria y nada más, comenzó a trabajar de periodista a los 13 años y a los 19 se encerró en una habitación de hotel para intentar suicidarse. Su agradecimiento a los cafés va por ese lado, se formó ahí, entre los narradores orales, entre la tertulia, entre historias de guerras y charlas de los exiliados españoles, donde aprendió el valor de la rebeldía.

Un bar puede convertirse en una institución académica. En alguna época, el hablar de cafés en Montevideo era un síntoma de identidad, fue una frase recurrente antes y durante la dictadura “en qué café paras”, Galeano siempre paró en café Brasilero.  Su vida fue así, al límite. Un ventanal de la 25 de julio recuerda el día que Galeano se encontró con el ‘Che’ Guevara y le puso en el rostro un ejemplar del Granma donde el ‘Che’ aparece con un bate de béisbol.

“¡Traidor!” Le dijo Eduardo. El ‘Che’, sorprendido, carcajeó un rato y respondió: Es la primera vez que alguien me llama traidor y sigue vivo.

El autor de “Las venas abiertas” mantuvo un cuchillo en sus historias cortas, su crítica fue franca, incluso a los incriticables. Eduardo Aliverti, de Radio Nacional, recuerda la charla que sostuvo con el uruguayo en la que habló de su roce con otro uruguayo ilustre, el nombrado por Galeano “ídolo de los intelectuales intelectualísimos”: Juan Carlos Onetti.

 

Los otros oficios de Onetti

Cuando Onetti decidió vivir en la cama para tomar whisky, fumar, leer y escribir, doce años antes de su muerte, tuvo un desaire con Eduardo Galeano quien criticó una declaración del autor de “El pozo”.

-Leí una entrevista que diste el otro día que decís que escribís para vos y eso me parece que es una mentira.

-Ah, así que es una mentira. Mirá vos, venir a enterarme de que es una mentira… vos no sabés nada. Eso sabés quién lo hacía, James Joyce, decía: “yo escribo para un señor que se llama James Joyce, que está sentado frente a mí, acá en esta mesa”.

-Bueno, mentís vos y él también mentía porque si es verdad eso, no sé para qué publicás. Yo me ofrezco: lo que escribas, te lo llevo al correo y te lo mando a tu nombre.

Furioso, Onetti le advertiría a Galeno: “No te voy a enseñar ningún truco (sobre cómo escribir), olvídate de eso; eso lo vas aprender solo”.

Al bajar por Ituzaingó, se asoma el lado comercial donde desembarcan los mercantiles, la rambla y antes Piedras, la calle que conduce al Mercado del Puerto, punto de reunión de los artesanos, pintores, escritores del Uruguay, también un referente gastronómico mundial anunciado por el olor a asado que circula por toda la explanada del edificio. Si hubiera pasado unos sesenta años atrás, hubiera visto a Onetti en uno de sus recurrentes lugares, tal vez circunscribiendo Montevideo a Santa María (ciudad inventada por el escritor para recrear la capital uruguaya en un lugar legendario), sentado en alguna banca, con apuntes.

Hoy sólo se mira a través de las librerías que convergen un callejón de artesanía y recuerdos. La postal se asemeja a los cuadros de Rafael Barradas, un paisaje urbano cubierto por los colores de las jardineras, de los viejos oficios, esquinados en los catrines y balones de futbol. Los comerciantes venden la pintura de Joaquín Torres García en una bolsa: Nuestro norte es el sur. Con el dibujo de Sudamérica invertida.

Juan Carlos Onetti siempre expuso el ADN Montevideano, más que ser una afrenta de orgullo patriótico, como la de Jaime Roos en su película 3 millones –filme que habla sobre la resurrección futbolística de Uruguay en 2010-, Onetti refrendó más un estilo de formación: “Yo viví en Buenos Aires muchos años, la experiencia de Buenos Aires está presente en todas mis obras, de alguna manera; pero mucho más que Buenos Aires, está presente Montevideo. Por eso fabriqué a Santa María. Si Santa María existiera es seguro que haría allí lo mismo que hago hoy. Pero, naturalmente, inventaría una ciudad llamada Montevideo” escribió el autor de “Vida breve”.

Asimismo, Onetti en un inicio fue portero de un edificio y vendedor de entradas en el Estadio Centenario, lugar donde, escribiría Galeano, “se suspira de nostalgia por las glorias del fútbol uruguayo”. Para la literatura latinoamericana de fines de los cincuenta, Juan Carlos Onetti representó el parte oscuro de los escritores y se opuso a la prosa narrativa con más fuerza en esos años en la zona del Río de la Plata: el “criollismo” o “regionalismo”; como Roberto Artl, su visión fue de lo viejo, de lo urbano y del deterioro, de la negatividad. Raro era que alguna vez fuera, como lo llamó Villoro, vendedor de ilusiones, y dejara notas de las hazañas del futbol uruguayo, en el libro “Cartas a un joven escritor” -correspondencias con Julio E. Payró-  donde escribió: “Frente a mí, el pueblo; encima mío, el orgulloso mástil donde flameara la insignia de la historia, las gloriosas tardes de 4 a 0, 4 a 2 y 3 a 1, la gloria entre aullidos, sombreros, botellas y naranjas”.

Trinidad y Tobago no está en África

El Centenario representa un hito para mí, en las fotografías en blanco y negro de los primeros campeonatos del mundo, se observa cómo el escenario único donde se mitiga la ansiedad, hoy es un templo laico oculto entre un parque que conserva su estructura vieja y las placas que lo consolidan como Monumento Histórico del Fútbol Mundial según la FIFA. Estoy ahí para un Uruguay contra Trinidad y Tobago. Sin mucho que observar del juego, salvo algunas figuras como Cavani, los celestes dejan en claro el mote de “garra charrúa”, pues en cada tramo del campo se juegan la tibia y peroné en un simple partido amistoso y sin trascendencia alguna.

En las tribunas el ambiente es otro, más relajada, la afición uruguaya “putea” al contrario, en un juego que no representa más para ellos, ante el primer gol trinitario, algún despistado geográfico maldice: “estos negros son muy rápidos, claro, siempre huyen de los leones en África”, otro, con más seriedad, calma y análisis frío sentencia: “los cuadros africanos siempre se nos complican, sus desbordes por las bandas y sus entradas diagonales son letales, hay que cerrar el espacio de los africanos”. Su comentario sería digno de un Menotti si no pasara por alto un detalle: Trinidad y Tobago no está en África. Y eso yo lo sé porque México se clasifica en la zona de la Concacaf, si no, honestamente, creería lo mismo que la afición charrúa. Alguno más grita con desmesura: “Negro de mierda”. Estuve tentado a recordarle que Isabelino Gradín, un negro, con varios goles y actuaciones destacadas le dio a Uruguay sus dos primeros títulos internacionales de la historia.

Las gradas en el invierno sudamericano se viven con complicación, una semana antes estuve en la Bombonera del barrio de La Boca, Buenos Aires, el frío planta cal en los huesos, las

articulaciones se vuelven inútiles y, peor aún, está prohibido el ansiolítico para estos casos: la cerveza. Sin embargo, el Centenario ofrece variantes para combatir el gélido clima, café de olla, pan y otros aperitivos calientitos.

Luego, recuerdo las palabras que escuché de pequeño por parte del ‘Perro’ Bermúdez cuando narraba partidos de la selección en Kingston, Jamaica, sobre su olor a marihuana. Un porro por aquí, otro por allá en un ambiente tranquilo y familiar, Uruguay expone tintes de primer mundo, este año -otra vez- estuvo dentro de los mejores veinte países para vivir según la revista estadounidense International Living y su capital fue nombrada por la consultora internacional Mercer como la mejor ciudad con calidad de vida en América Latina. La gente es envidiablemente amable en un lugar que bien podría ser la ciudad de las boinas, ante las desventajas que el viento ofrece, las boinas dan la cálida elegancia montada sobre cabezas arrebatadas por un sitio de viento enfurecido y los guantes delgados aún lucen los anillos de las mujeres.

Si pudiera protagonizar una película de Woody Allen, quizá varias décadas en el pasado realizaría este viaje para conocer a Eduardo Galeano en el café Brasilero, para reivindicar esa justicia histórica, de la que habla el autor de “El fútbol a sol y sombra”, donde Uruguay es campeón del mundo nuevamente, en una población sencilla, que parece el reflejo de su presidente, “este presidente es rarísimo” diría Galeano sobre Mujica en Sudestada, “habla con un lenguaje natural, fue guerrillero, tiene una experiencia de vida muy rica, nada que ver con este mundo almidonado y mentiroso de las altas intrigas”. Quizá, en la misma película, volvería al país donde Mujica no es un mandatario, sino un ciudadano que piensa desde la gente. Donde la despenalización del aborto es posible… o acudiría al Centenario, no sé si en Montevideo o Santa María, donde Onetti sería vendedor de ilusiones.

 


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