Cultura

Crónica: Desde los ojos de un mariachi

Colón, Qro. – Nuevamente está aquí el mes de septiembre, el mes patrio. Sólo basta con dar un vistazo alrededor para observar el verde blanco y rojo por todas partes. No sé qué tiene este mes, pero desde sus primeros minutos el antojo de un pozole es enorme y la idea de entonar alguna canción ranchera es casi irresistible. Pareciera que septiembre avanza con acompañamiento de fondo de un mariachi.

El mariachi se ha convertido en un ícono de México a nivel internacional y dentro del país se encuentra muy ligado al concepto de fiesta. El mismo Alberto Aguilera Valdez (Juan Gabriel) lo citaba así en una de sus canciones “¿Qué quiere decir mariachi? ¿Quién me lo pude decir? Quiere decir día de fiesta en la lengua otomí”. Quizá esa definición no sea del todo verdadera, pero sí demuestra la función principal de estas agrupaciones. El mariachi llega, comparte la alegría de la música y se va.

Pero, ¿alguien se ha preguntado qué pasa por la mente de un o una mariachi al momento de su presentación? Uno de los contratos que más recuerdo de este año fue el del 22 de mayo en El Poleo, Colón.

“Mariachi Colonense, para todos ustedes; muchas gracias, nos vemos a la próxima…” Entre aplausos y gritos nos despedimos del público de esa semana. Un público como pocos he visto: cálido, con la fiesta por dentro, con la alegría que se desborda al celebrar el cumpleaños número cien de la ya tatarabuela.

Lancé un suspiro de alivio, tres horas de música sí que cansan. En ese momento me di cuenta que mi peinado ya estaba todo arruinado y que el maquillaje ya casi era invisible. Recordé que esa tarde, antes de salir de casa, me había esmerado en lucir lo más presentable posible: Estaba viendo una película cuando me di cuenta de que ya eran las tres de la tarde y tenía una hora para estar lista. Medio comí y subí a arreglarme: primero el peinado, “¿dónde están mis ligas?, perdí mis ligas” … como pude me las ingenié sin ligas, me puse mi florecita roja (es mi favorita entre muchos otros accesorios que he comprado para combinar con el traje).

Luego el maquillaje (“ya son 3:45, ni modo, hoy no me demoraré en sombras”). “Dientes, ahora los dientes”. Me lavé los dientes y regresé al cuarto; (3:55 pm) “es hora de vestirse”: me puse la camisa (había olvidado que se le habían caído dos botones “ni modo, son los de abajo, esos se fajan”); ahora la falda: “ay, no… tengo que recorrerle el botón porque a este paso pronto ya no me cerrará”; sigue el chaleco (este es mi favorito, me queda espectacular), finalmente la chaquetilla (“mejor no, hace mucho calor, me la pongo hasta llegar”) … Por último, los botines. “Lista, estoy lista”. Tomé mi violín, la brea, el afinador y me cercioré de que el arco estuviera en el estuche (soy tan despistada que en una ocasión llegué a una tocada con violín, pero sin arco, “no, no me vuelve a pasar”). “Casi lo olvido, el cubrebocas y los lentes”.

Me despedí, me subí al carro con mi compañero y a las 04:45 ya estábamos reunidos con los otros mariachis. Finalmente, a las 05:00 en punto llegamos al lugar de la fiesta y estábamos listos para entrar.

– ¿Listos, muchachos? – nos preguntó el líder.

– ¡Espérate!, ¡espérate! – contestó otro.

El acordeón se había trabado. Las teclas no funcionaban. Rápidamente abrió la caja del instrumento, le dio unos golpecitos y algunas otras maniobras que no aprecié. En casi cinco minutos ya estaba bien y ahora sí, entramos con la alegría que la música trae por añadidura.

Mis ojos empezaron a analizar el lugar, a las personas, la cara de la festejada, las muchas botellas de tequila centenario; mi nariz olfateó el olor a carnitas (¿o era barbacoa?). Mis oídos se llenaron con una mezcla de notas musicales, aplausos, gritos, porras y el canto en multitud de las mañanitas.

Terminó la primera canción y empezó la segunda (“ay, Dios mío… este adorno aún no me sale bien…”, “bueno no salió tan mal”, “qué bonita gente” …

Después de ese par de canciones era hora de armar el equipo de sonido: dos bocinas, nueve micrófonos, una mezcladora… muchísimos cables.

Y ahora sí, empezó la fiesta en el tono de Sol mayor con la canción sabes una cosa, al estilo del Mariachi Colonense.

Mil cosas pasan por la cabeza de un mariachi cuando está en el escenario: “ay, me duele la rodilla,”, “qué rica se ve la comida”, “hoy sí me salió el adorno”, “tengo que ensayar más esta canción”, “esta canción me encanta” “suena un poco desafinado mi violín, debe ser por el cambio de clima”, “ya le falta brea al arco” … y mientras mi mente volaba, pum, se rompió la cuerda del guitarrón; tomamos cinco minutos mientras la cambiaban.

Retomamos la tocada y llegó el momento que más me gusta de todos: mi momento de cantar. “buenas tardes, esperamos que la música que compartimos con ustedes sea de su agrado, nosotros somo sus amigos del mariachi colonense y estamos para servirles. Arranquemos con este bonito popurrí que preparamos para todos ustedes, dice más o menos así” …

Empezó la melodía de la canción, tomé un trago de agua y de pronto mi mente entró en pánico “¿cómo empieza la letra?, ah sí, ya me acordé”. Respiré y empecé a cantar, era muy bonito cantar entre toda esa gente tan alegre, pero ahora llegó el momento de la parte más alta de la canción “vamos, vamos tú puedes, la has cantado muchas veces sin que salga un gallo, vamos, vamos”. Pasó el momento de tensión y la nota salió a la perfección.

Terminó mi tiempo de cantar y mi compañero de la vihuela preguntó: “¿Qué canción sigue?”, “negrita”, dijo el trompetista. Al momento el Son de la negra resonó en la locación y las cuerdas de mi violín sonaron con entusiasmo. Así continuó la fiesta hasta que se concluyeron las tres horas.

Terminamos la tocada con el sabor del señor de señores Juan Gabriel. El sonido de violines comenzó y “el profe” empezó su canción “¿para qué me haces llorar?, ¿qué no ves cómo te quiero?” …  era hora de mi solo de violín y siempre me pongo nerviosa en esa parte. “Mariachi Colonense, para todos ustedes; muchas gracias, nos vemos a la próxima…”. Todo fue un éxito y después de eso llegó el momento más odiado: recoger los miles de cables. Guardé mi violín, guardé el arco, me quité la chaquetilla y empecé a recoger. Misión cumplida.

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