Cultura

De a peso los Equinoccios

Son las diez de la mañana. En la plaza principal de Bernal, una mujer vestida de blanco con un pañuelo rojo atada a su cuello, invita a toda la gente -ataviada de igual manera- a unirse a la “Marcha por la Paz y Armonía de México”.

La gente, dispersa, poco a poco se une a una sola columna que avanza hacia la Peña de Bernal. El Equinoccio de Primavera se acerca; sin embargo, éste fue el 20 de marzo.

El ascenso es difícil, pero no importa, la gente camina lentamente a la vez que grita: “¡México!, ¡México!, ¡México!… ¡Mexica Tihahui!” que en náhuatl significa Avanza Mexicano. En las faldas de la Peña, nos esperaban dos mujeres, una de ellas iba vestida con un taparrabos, pechera y un gran penacho sobre su cabeza y la otra, de blanco y con una pañoleta con adornos rojos, cada una sostiene en sus manos el copal que purifica el espíritu de quienes llegan. La Peña segundo a segundo se cubre de miles de personas que forman una inmensa mancha blanca sobre sus faldas.

Al mediodía, la gente se prepara para recibir la energía que Tonatiuh envía a la Tierra, la primavera anuncia su llegada. La música del tambor invita a todos a participar en esta celebración; un otomí, llamado Juan Balderas Vargas, anuncia por el micrófono que es hora de recibir el Equinoccio y nos convoca a todos: “Ku ma ku madre Tierra, vamos a pensar en nuestro corazón; cerramos un momento nuestros ojos y nos concentramos en el corazón y en el amor, pensamos en la energía del corazón, del amor, del cariño y en todos nuestros seres queridos; en nuestros hermanos que están a un lado de nosotros, en todos los seres de este planeta, en la plantas y animales que compartimos este paraíso”. Grita: “Ku ma ku”, invita a que formen la cadena humana, las personas extienden sus brazos, la palma de su mano derecha la giran hacia el suelo; la izquierda, hacia el cielo. Sobre su palma izquierda sostienen el cuarzo curado que es ofrecido a Tonatiuh para que lo llene de su energía, mientras gritan: ¡México!, ¡México!, ¡México!… ¡»Mexica Tihahui!, ¡Mexica Tihahui!, ¡Mexica Tihahui!

Se observa salir del este de la Peña a un niño que se dirige al centro de la misma; Juan nos dice: “Hermanos levantemos nuestras manos hacia el Sol, le pedimos a nuestro Padre Sol que nos cargue de energía de este Equinoccio de Primavera. ¡México!, ¡México!, ¡México!… ¡Mexica Tihahui, ¡Mexica Tihahui!, ¡Mexica Tihahui!”; dos niñas entran del lado oeste con flores rojas y se dirigen al centro, luego entregan las flores a un anciano otomí que le llamaban don Andrés, quien está en el centro. Después Juan dice: “Tony baja con la bandera y con el arcoíris, hermano descendiente de raíz chichimeca”.

En el centro, don Andrés ofrece a Tonatiuh su cuarzo con los símbolos de Sol, la Luna, la Cruz, los cinco continentes y la Serpiente, que según él, integran las partes del ser humano.

Los tambores acompañan el canto de la gente: “ooooh… ooooh… ooooh”. Luego una mujer, pide a todos que recen un padre nuestro: “Padre nuestro que estás en el Cielo…”.

Abajo, la música de los tambores marca el ritmo a los danzantes concheros, que se han reunido en la Peña de Bernal para ofrecer su danza a Tonatiuh, y para recibir la energía cósmica del Equinoccio.

Los rostros de las mujeres, de los hombres y de los niños expresan alegría: todos voltean sus caras hacia el cielo, levantan sus manos al Señor, en espera de recibir esa energía, que se encuentra en Bernal. Aún, con los ojos cerrados, escuchan las palabras de Juan que dice: “pirámide muda y silenciosa, erigida en tiempo inmemorial; naño es tu lengua candenciosa, a ti dedico mi cantar. Dios, el ingenioso arquitecto, esculpió con mano primorosa algo perfecto: esta piedra tan grandiosa. Ríe mariposa, antes oruga; nunca ser veloz lastima aquí años ha sube una tortuga luchando conquistar tu cima”.

Muchos comienzan a descender, están radiantes, contentos… un señor exclama “soy puro positivo”. Mientras, Juan continúa hablando: “no importa cuán hondas sean las cicatrices, un árbol siempre espera floración, no reniegue jamás de sus raíces, como el bosque no niega su vegetación. ¡Ay! De aquel árbol que plantamos mira, sus retoños están separados, avergonzados del tronco yacen en los llanos, serán de por siempre pisoteados, una y mil veces, si al tronco no acuden, no acuden en busca de hacer unidad, morirán si pronto no se sacuden el aprobio y mezquina ruindad. Xidada-Xinono, tú fuiste el sembrador, inoculaste en sus raíces un gran tesón, cada uno nos lega las enseñanzas de amor ostentada cada una en una tradición. Suenen más fuerte las caracolas, incitando a unirse a sus relonos, nunca más tronco solo ni’ raices solas. Nezahualcoyotl, poeta, mira los bisoños, organizados, poblando la planta, será también ¡oh! poeta fecundo, oido tu pueblo que siempre canta, todos umidos los escuchará el mundo. Repitamos el canto, indios y mestizos hermanos, odas de libertad y unámonos de las manos, somos un sólo pueblo, somos indoamericanos”.

El sonido del caracol, que convoca a los concheros a iniciar la danza, se confunde con el barullo de la gente. Un vendedor grita “lleve sus cuarzos, de a peso sus cuarzos”, otro: “lleve su camiseta del recuerdo”.

Son las tres y cuarto de la tarde, la gente se traslada de un lado a otro del pueblo. La marimba Estrella ameniza el baile con las canciones de moda. Los jóvenes cantan y bailan, el ambiente de fiesta domina el pueblo; mientras, la Peña de Bernal, ajena a todo este folklor, permanece ahí, inerme, estática, imponente… hasta, podría decirse, indiferente

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