Cultura

De cronista y bostero. Diálogo con Martín Caparrós

Querétaro Futbol Club lee detenidamente Martín, con los ojos entrecerrados, el escudo en la playera de mi compañero. “Los Gallos Blancos, Martín”. “¡Dale!” termina el argentino. Después de un ajetreado calendario, Caparrós reposa en su silla, cansado, dispuesto a no ofrecer entrevistas a ningún medio local. Entonces abrió la posibilidad para nosotros, por compasión, por empatía… alguna vez él estuvo en nuestro en lugar, el nervio del periodista que trata de establecer un diálogo con un reconocido escritor. O simplemente porque nos recuerda.

Francisco, el fotógrafo, lo había encontrado en el aeropuerto de Sao Paulo durante el mundial de Brasil, después, juntos lo vimos en Guadalajara, en la Feria del Libro, por un pasillo a las afueras de unos sanitarios. Sin decir nada, Caparrós detuvo el paso en seco para escribir unas líneas, concentrado, enfocado en un cuadernillo muy pequeño que cubría apenas la mitad de la palma de su mano. Cuando terminó de escribir, levantó la mirada y sonrió como si saludara a amigos de toda la vida.

“Mirá vos, ¿qué remera traes? ¡Es la de la Argentina!” le decía a mi compañero aquella tarde en Guadalajara, quien tiene a bien traer playeras de futbol en encuentros con Martín Caparrós. “Así es” respondió Francisco, entusiasmado.

-¿Pudieron conseguir ‘Boquita’ aquí?- me preguntó.

-En Planeta, Martín. Fue difícil.

-¡Bárbaro! ¿Y les gustó?

Caparrós, quien entre su extensa presentación suele incluir “hincha de Boca”, nos preguntó interesado si nos había gustado el libro, de inmediato identificó a dos muchachitos con quienes puede conversar sobre una pasión tan compartida en el mundo, pero no en una Feria del Libro, quizá una liberación: el círculo de “la salvajería feliz”.

Cuando apenas tenía 16 años, Caparrós comenzó a trabajar en Noticias a lado de escritores como Rodolfo Walsh y Juan Gelman. Tiempo después realizó proyectos junto a Tomás Eloy Martínez “un padre, un maestro” y así se fue abriendo paso en las letras. Hoy es uno de los escritores más reconocidos y que dignificó el oficio del periodismo.

Martín ve en la crónica un género central de la literatura en Latinoamérica, pese a no creer sobre el concepto de lo latinoamericano. Es por eso que afirma que “la crónica es bien sudaca y que tuvo su lugar en América; América se hizo por sus crónicas” el límite donde el narrador “toma la voz sin ser protagonista, el escritor se asume como el que piensa, hay que creerle o no, es él quien narra y donde importa la honestidad del narrador”, escribió Martín en su ensayo “Por la crónica”.

Siempre me gustó su crítica hacia el periodismo, lo que Caparrós llama ‘Prosa informativa’, concepto tan aplicable a los medios en Querétaro. El periodismo en la actualidad mira hacia el poder, los editores imponen un rasgo del mundo; para entender el lazo del periodismo es necesario trasgredir en las secciones de noticias o reportar un cambio en el centralismo periodístico. Eso que Martín llama “literaturizar”.

Desde luego, su pensamiento llama la atención, es por eso que estamos en la terraza del Gran Hotel esperando a que Martín dé una respuesta. Meses antes en una tarde nublada de Buenos Aires, cuando Planeta lanzó a la venta Lacrónica en Argentina, sobre la avenida donde yo vivía –Hipólito Yrigoyen 964- posaba un espectacular enorme con el rostro de Martín Caparrós muy cerca de plaza de Mayo.

Intenté entrevistarlo en Buenos Aires, sin imaginar siquiera que sería un poco más accesible, pero no menos difícil, en Querétaro. Dos periodistas argentinos me advirtieron que “sería una situación algo complicada entrevistar a Martín. Sin ser propiamente una persona altanera, suele ser muy selectivo para dar entrevistas”.

En esos días, por las calles del Centro Histórico de Querétaro caminaron Juan José Millás, Eduardo Sacheri, Martín Kohen, Enrique Osorno, Xavier Ayén, algunos con más disimulo que otros. Caparrós fue abordado frecuentemente por lectores que le solicitaban palabras o entrevistas a las que Martín se negó. Sin embargo, el escritor argentino no pudo resistir la tentación de tomarle una fotografía a Cees Nooteboom en plaza de Armas.

-Chicos, Martín decidió darles la entrevista- nos dijo la encargada de logística.

-¿En serio?- respondí nervioso y de pronto, algo preocupado.

-Sí, tienen suerte, fueron los únicos entre todos los que la pidieron.

¿Y ahora? Traía una serie de preguntas preparadas, pero cosas que los medios nacionales ya le habían cuestionado por tener el privilegio de entrevistarlo antes que nosotros; además de que tener a la orden un papel con preguntas ya estructuradas, vuelve un poco falso el diálogo. Cuando Caparrós se encontró con Juan Rulfo y Kapuscinski, se posicionó en la incómoda labor del entrevistador.

Esa parte del periodismo tan confusa, ¿qué se quiere con la entrevista? ¿Qué se obtiene con la entrevista? “Yo nunca en mi vida hice una sola entrevista” le afirmó Kapuscinki a Martín. “Es un género despreciable” sentenció el polaco. Con Rulfo ocurrió algo similar cuando Caparrós lo entrevistó en 1983.

-Ya le han hecho tantas entrevistas… debe tener todas las respuestas estereotipadas.- dijo Martín.

-No, al contrario; me sé las preguntas, pero las respuestas no. Cada vez tengo menos respuestas.- contestó el mexicano.

El hombre impone: alto, voz muy grave, brazos anchos, incluso torneados, un bigote pintoresco, mirada fija. Caparrós es siervo de la observación, cada vez que cruzábamos palabras me veía con una atención intimidante, un carraspeo constante y una rigidez inmaculable.

“Denme unos minutos, por favor” nos pidió el escritor mientras agachaba la cabeza y hundía los dedos sobre sus ojos cerrados, en claro síntoma de cansancio. Quizá harto de las mismas preguntas.

-El tiempo que guste- respondí, como queriendo ser comprensivo. -Debe ser muy cansado todo esto.

-Argg, sí… no. Bueno, ya, comencemos.

Caparrós fumaba un cigarrillo, el agotamiento era notorio, pero mantuvo hasta el final una cordialidad amigable. Resulta irónico que ese hombre con estilo de pintor francés haya viajado por buena parte de África recolectando testimonios en medio de sabanas, jirafas, tribus extrañas y miseria absoluta. Eso, miseria.

El psicoanalista mexicano, Elí Morales, durante la presentación de su libro Psicoanálisis y arte mencionó que las cifras son un intento de borrar el nombre propio como signo de terror. Cuando Martín transformó las cifras en testimonios con nombre propio la transferencia fue inevitable, como recuerda con Aisha, una chica de Níger, que pedía como único deseo tener una vaca.

-Yo le dije, podés pedir lo que quieras… entonces ella dijo, “¿de verdad cualquier cosa? ¿Dos vacas?”. Este voraz sistema nos ha quitado incluso la capacidad del deseo”.

Martín se pregunta: “¿Cómo carajos podemos vivir sabiendo que pasan estas cosas?”.

-En tu libro El hambre, escribes casi al inicio sobre el uso lagrimita del dolor ajeno, te cuestionas cómo contar una historia sin caer en el miserabilismo… ¿pudiste manejar eso?

En cuanto al uso de la lagrimita o el recurso al dolor ajeno, es una forma de darle cierta potencia a un texto periodístico o a un relato en general, efectivamente es una de las cosas que más preocupan e interesan en el trabajo periodístico y en el caso del hambre era particularmente visible; tú sabes que El hambre es un libro que trata sobre el hecho de que hay 800 millones de personas en el mundo que no comen lo suficiente.

(Martín remolinea su bigote con las yemas de los dedos, como si acariciara un gato, lustra sus ideas mientras le saca brillo a su tupido mostacho y mira el fondo de la terraza fijamente, prosigue).

Y hay, según datos de la Organización de Naciones Unidas, alrededor de 25 mil personas que mueren por día a causas ligadas con la desnutrición, o sea son muchísimos, una verdadera masacre. Y cuando acabé el trabajo del hambre lo que más importaba era contar cómo viven algunas de estas personas en muchos lugares diversos del mundo.

En muchas ocasiones sus vidas son horribles. Entonces, cuando una madre me cuenta que no tenía para alimentar a sus hijos y que a veces los chicos no se duermen porque tienen hambre, pone a hervir unas piedras en un caldero para que ellos crean que les está preparando de comer, entonces ella decía “bueno, duérmanse un ratito, ya la cena va estar”. Entonces los chicos van a dormir pensando que van a comer algo, quizá eso haga asomar esa lagrimita de la que hablábamos.

(Martín sonríe como irónico).

Pero, me parece que hay la posibilidad de crear esta sensiblería o cursilería, lo que trato o trata de hacer es por un lado tener mucho cuidado de no subrayar, lo peor que se puede hacer cuando se cuenta una historia poderosamente dura es subrayar esa dureza. Esa se vale por sí misma. Lo mejor es contarla en los términos más simples posibles, sin adjetivos.

“No hay nada más aburrido que un futbolista hablando”

Su rostro parecía hilvanar palabras con un casete grabado para el momento. Si era franco, tal vez hubiera apelado a responder “estoy un poco cansado de hablar de este libro”. Como mencionó en su conferencia “por la tarde hablaré más del libro”. Entonces evoqué a su rostro de felicidad cuando en Guadalajara intercambiamos un par de palabras referentes al futbol y sobre su percepción del periodismo deportivo.

-En Lacrónica escribes que, como forma de travesura, te permites el periodismo deportivo ya que sale tu resto infantil…

-¿Eso digo?

-Sí…

-Pasa que luego olvido cosas que dije, pero otros me recuerdan que las dije.

-Esto lo escribió.

-Bueno, yo creo que eso del resto infantil es un préstamo que tomo de mi amigo Villoro (sonríe) que es el que dice que cuando vemos un partido de futbol volvemos a ser niños, ¿no?

-Sí, “la recuperación semanal de la infancia”- frase con la que Juan Villoro suele citar a Javier Marías en sus libros sobre futbol.

-A mí me gusta de vez en cuando escribir de futbol, para mí es un reto, por eso escribí Boquita, es algo que no hacía habitualmente y ahora estos últimos años lo he hecho bastante… para el diario Olé, en Buenos Aires o cuando hay partidos importantes como del Barcelona o algún mundial. Me parece un buen reto contar… me parece muy difícil esto de contar tal vez lo mismo, once contra once en una cancha de futbol y darle cada vez diferentes formas, tonos, métricas, matices, estilos: eso es lo que más me interesa. Pero no me parece que esté funcionando muy bien el periodismo deportivo… en Argentina. El mexicano, te confieso que no lo conozco bien, sería estúpido que opinara.

(Caparrós cruza la pierna, se recarga sobre el respaldo de la silla y comienza a charlar más relajado, como si se sintiera estimulado por hablar de otra cosa diferente al libro que venía a presentar. Comienza a sonreír cada vez más y eso sacude la tensión con la que yo había llegado).

-¿En serio considera que en Argentina no hay buen periodismo deportivo?

Yo lo que veo, me parece que en España, yo vivo en España y me parece que hay mejores escritores de deporte en España en este momento que en Argentina. No sé bien cómo estén aquí en México. Pero es un reto muy difícil porque tienes que contar algo que en general, todos ya vieron… y eso complica mucho, eso es lo que yo digo por ahí. Hasta hace ¿cuántos años? unos cincuenta años, más o menos, el futbol era un relato, es decir, el 28 por ciento de las personas no veían partidos nunca, lo que hacían era escuchar la radio, un relato o leían en el periódico un relato o tenían un contacto directo, pero siempre existía la intermediación de un relato.

Ahora se ve, se ve por televisión, que es discutible, pero se ve. Entonces, esa decisión de cómo cuento algo que el público ya ha visto es muy complicado y es interesante, hay que darle un valor agregado a esto: contarlo de alguna manera que valga la pena, hay que encontrar libros, datos, análisis o lo que sea que valgan la pena contarlo y… (Martín saca un gran carraspeo y se reacomoda en su silla, como cuidando sus palabras, enlaza su charla con un tono más pausado)…lamentablemente, no sé aquí en México, por lo menos en la Argentina mucho de eso se ve reemplazado por una especie de prensa del corazón sobre los futbolistas, que están por encima, que este comió no sé qué, que aquel se peleó con no sé cuál, que este dice que va hacer tal o cual otra cosa y eso no me parece interesante.

No hay nada más aburrido que un futbolista hablando. Y por eso lo que pasa relacionado a la cancha lo tenemos que contar nosotros y no dedicarse a contar rencillas o tonterías de gente que no es muy interesante, los futbolistas no son nada interesantes cuando están fuera del campo… el reto es lo complejo del relato de un partido de futbol…

-Afirmas que en el periodismo en general nos basamos solo en “la prosa informativa”, que todos escribimos en primera persona, pero nos quieren hacer creer que narramos en tercera y esto implica pasarle la responsabilidad a una máquina y no asumirla uno mismo como un hombre que piensa, ve, narra y relata. En ese sentido ¿pasa lo mismo en el deporte?

Ummm, bueno, quizá no tanto, porque en ese sentido el periodismo deportivo es distinto a otras ramas del periodismo en el sentido de que la persona que lo escribe está mucho más presente. Pero sí, es cierto, los grandes medios tratan de borrar esa presencia para convencerte de que están contando toda la realidad, cuando en realidad toda nota, todo texto, crónica, relato es la mirada de una persona sobre esa realidad.

Por más que esa persona trate de borrarse o de ser lo más neutra posible… lo que sea, la verdad es que esa persona es la que te está diciendo qué se cuenta, qué no se cuenta, cómo se escribe; qué importa y qué no importa. En el periodismo deportivo eso está más claro, por eso hay diversas opiniones. Cuando vos cuentas un partido estás opinando todo el tiempo: este jugó mal, este jugó bien, este hizo algo extraordinario, este hizo tonterías… el técnico no supo plantearlo, el técnico nos hizo cagada, entonces la presencia de la persona que escribe, este caso el periodista, es mucho más clara en el periodismo deportivo que en muchas otras áreas del periodismo.

El sentido de la pertenencia

La pertenencia, según Martín es un terreno muy personal. Para el aficionado no hay nada más importante que sentir un respaldo colectivo en el futbol. Juan Villoro decía que durante su infancia el único cobijo que tenía era el de ser aficionado del Necaxa, pues compartía un símbolo con sus amigos de la cuadra; recordaba con gracia que en México decimos “Le voy a X equipo”, mientras que el hincha argentino dice “Soy de tal equipo”. Los mexicanos, según Villoro, “anticipamos la derrota, preferimos instalar la distancia, seguir, en vez de ser”.

En Boquita, Martín Caparrós escribe: “ser de Boca fue uno de mis rasgos de identidad más decisivos, durante toda la primaria y los tres años de secundaria. Aunque en esos años la pertenencia era más amplia. En esos recreos descubrí que uno se hacía de un equipo, no es poca cosa, hacerse; uno era de un equipo. No es poca cosa ser.” Martín nunca ocultó su admiración y amistad con Juan Villoro. El autor de Amor y anarquía realizó una serie de correspondencias con el escritor mexicano durante el mundial de Sudáfrica. Esas mails terminaron en un libro Ida y vuelta donde el argentino destaca el talento de Juan Villoro para escribir: “Este hijo de puta lo volvió hacer, ¿y ahora cómo respondo esto?”

-Quizá sea también un síntoma de apropiación de lo contado. En Ida y vuelta le escribes a Villoro “caro güey, incluso la selección mexicana, recuerdo, ha hecho un gol alguna vez”. ¿Qué necesita el futbol mexicano, según la mirada de Caparrós, para convertir un gol y que no nos hagan siete?

-¿Nos hacen a ti y a mí?

-No, a la selección mexicana.

-¿Viste lo curioso que es esto? En el futbol lo curioso es qué tanto nos hacemos cargo de algo que nos corresponde muy poco; quiero decir, solemos hablar en primera persona de algo que no nos corresponde, solemos hablar, es decir, hablando de los que nos gusta el futbol, solemos hablar de “nosotros” cuando vemos a once muchachos que corren en pantalones cortos por un campo muy lejano y que vemos quizá por televisión con un poco de suerte, ¿es raro no?

Es una identificación extraña que en un principio no tendría ninguna razón de ser, cualquier profesora de secundaria te diría: “nosotros somos nosotros y ellos son ellos”. Quizá para que no nos metan siete goles debamos hacer lo que hacemos nosotros y que ellos hagan lo que hacen ellos… algo medio difícil en el futbol. Pero en teoría así debería ser.

-Hace poco hablamos con Sacheri y él nos decía que le gusta escuchar cómo alguien se hace hincha de un club… ¿cómo Caparrós se hizo de Boca?

Y a Caparrós “le brillaron los ojitos”, no era asunto menor sacar al tema el equipo de sus pasiones. Ese brillo que él narra en sus crónicas, ese brillo que hace todo más especial. Boquita es para el escritor bostero un confesionario. Valdano dice que el futbol es una efectividad freudiana. En Boquita, Martín confiesa su cábala para escribir: si Villoro tenía que frotar un llavero del Necaxa al momento de redactar, Martín debía “rascarse el huevo izquierdo”. Caparrós tiene una sonrisa que no para, que no oculta. Sonríe, muy natural, sonríe y comienza…

-Sí, ¡Por oportunista! –Y sonríe más- Yo lo cuento un poco en Boquita; yo tenía cinco años, yo había aprendido a leer, entonces leía todo el tiempo. Y recuerdo bien, es una de las escenas que más recuerdo, una de las escenas que primero recuerdo, cuando en Mar del Plata un día me habían llevado con mi abuela Rosita, me metí en un baño, a cagar –se carcajea levemente- y había un periódico en el baño entonces me lo agarré para leerlo, por esta cosa de que había aprendido a leer. Y el periódico, esto habrá sido en el año 1962, anunciaba que había un equipo que se llamaba Boca Juniors que le había ganado a un equipo que se llamaba River Plate. Y sobre el inodoro leía emocionado sobre un portero que se llamaba Roma, cómo le había atajado un penal a un delantero que se llamaba Delem. Y por eso el equipo bostero salía campeón.

Yo no sabía bien qué significaba, no sabía ni qué era un penal, no sabía bien qué era salir campeón. Yo creo que por suerte me pareció que esos eran los que habían ganado y entonces yo dije quiero ser de esos: así es que por puro oportunismo… Y me alegra mucho haber sido de esos. Y ser no es poca cosa.- Ríe… y al cronista “le brillaron los ojitos”.

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