Cultura

De la niebla al cosmos

Por Juan José Lara Ovando

Dos grandes de la cinematografía mundial: Theo Angelopoulos y Terrence Malick, griego y norteamericano respectivamente, se unen en este comentario. El primero como un homenaje y al segundo a través de su premiada obra reciente que se exhibe en las salas de cine de nuestra ciudad.

Angelopoulos es el director griego más reconocido de fin de siglo, sucesor de Michael Cacoyannis, gran exponente de la tragedia y la vida griega durante las décadas sesenta a ochenta. Angelopoulos es también un observador crítico de la problemática actual de su país, así como de la situación balcánica. Un director de películas de estilo, de reflexión, de discusión, de esos que son poco habituales, que si no logra uno acercarse a un cineclub no los conoce, pero que sorprenden por sus imágenes y lenguaje poético de sus escasas películas.

Rodeados de dolor, los personajes de todas sus películas siempre buscan algo, ya que a pesar de lo que padezcan, parece haber alguna esperanza a la que intentan recurrir, ésa es la historia del rebelde socialista que regresa a su pueblo después de pasar toda su vida en la cárcel y no es reconocido ni por sus hijos en Viaje a Citeria; o es la de un par de niños que buscan a su padre, que nunca han conocido, en otro país al que se tienen que trasladar en Paisaje en la niebla (una verdadera obra maestra); o el de un escritor el último día de su vida que nunca ha hecho nada más que escribir, sin enfrentar un problema que tenga que resolver en La eternidad y un día (Palma de Oro de Cannes 98); o la de un reconocido cineasta que regresa a su país después del exilio y lo va recorriendo después de la caída del bloque socialista y en medio de las persecuciones étnicas que lo llevan a transitar los Balcanes en una odisea interminable y triste en La mirada de Ulises; o el recorrido pueblerino de unos comediantes por su país durante la ocupación alemana para insinuarnos el sufrimiento de la población y el autoritarismo de los gobiernos sobre ellos y la alternativa que una guerra civil les presenta en El viaje de los comediantes.

Las citadas son probablemente las cinco películas más conocidas y premiadas de este director recién fallecido en su natal Atenas. No era, por supuesto, ese director espectacular, todo lo contrario, sus largos planos y sus escenas cargadas de símbolos, así como sus temáticas reflexivas y profundas no le abrieron espacio en los cines comerciales (en el mundo, no sólo en México). Los festivales de cine y la crítica le dio ese espacio, que seguramente las escuelas de cine están recuperando ahora, pues el uso de imágenes y secuencias como lo hacía proporcionan muchas enseñanzas. Valga este pequeño homenaje a un gran cineasta, autor que siempre filmó lo que quería decir.

Terrence Malick es un director norteamericano actual, que por las fechas que ha filmado coincide con Angelopoulos, aunque es un poco menor. Su filmografía la inició en el 73 con Malas tierras; en el 76 filma su segunda película, Días de gloria, premiada en los principales festivales internacionales, pero a pesar de ese laureado inicio se alejó del cine por más de 20 años, hasta que inesperadamente regresa con una joya del cine bélico: La delgada línea roja (98), a partir de ahí lo hemos reencontrado con más frecuencia, pues ya filmó dos cintas más: Nuevo mundo (05), una versión muy libre sobre Pocahontas, y El árbol de la vida (11), ganadora de la Palma de Oro en Cannes 11.

En casi 40 años, la filmografía de Malick se reduce a cinco filmes. Eso sí, maravillosos, como los de Angelopoulos, pero con una visión muy distinta. Si bien Malick no hace una crítica pública al sistema social en que vive, sí refiere la decadencia del mundo americano y la crisis individual en que han caído sus miembros. Su visión es muy filosófica y el sentido de su crítica ha sido clasificada como panteísta (el mundo y Dios son equivalentes) por lo que se le considera cercano al filósofo Martin Heidegger, al poeta Walt Whitman y al activista, naturalista, poeta Henry David Thoreau. Por supuesto la naturaleza tiene un peso sustancial en sus películas, sobre todo en El árbol de la vida, con todas las referencias autobiográficas que presenta.

El árbol de la vida intenta conectar al hombre, al mundo y la vida en un mismo plano, lo que la vuelve muy extraña, pero en ello radica su interés, pues enlaza con una coherencia matemática el dolor de un hombre que recuerda su infancia con un padre estricto que brega constantemente en el espíritu perfeccionista que deben tener los hijos (él y dos hermanos menores), que con fortuna se acogen al amor y ternura de su madre hasta que sucede una desgracia que los marca, la muerte repentina del hermano menor. El sentimiento de culpabilidad perdura hasta la edad adulta de ese chico, aunque nunca sepamos con claridad de que murió el hermano y si él tuvo algo que ver.

La extrañeza de la película no la refiero en sentido adverso, sino inusitado, difícilmente encontramos una cinta donde tenga tanta importancia la explosión de una supernova, la exploración a las profundidades del océano, la alineación de los planetas, el brillo de las constelaciones en el espacio sideral, la imponencia de los grandes cañones de los desiertos, la presencia de la aurora boreal y el surgimiento de un enorme dinosaurio en la playa como fenómenos directamente relacionados con la soledad que rodea a este chico y su entorno familiar.

Con una carga espiritual y una estrategia estética (apoyada en una fotografía preciosista y espectacular del mexicano Emmanuel Lubezki, nominado al Óscar por este trabajo), superior a sus trabajos anteriores, todos magníficos, Malick intenta conectar al ser humano con el origen del universo, que no sé si lo logre, pero el intento es avasallador, yo no lo había visto, ni en 2001: Odisea del espacio (68), en la que Kubrick intenta relacionar el origen de la vida con su integración en el universo, tal vez porque el sentido de ambos directores sean muy distantes y el sentido espiritual y sensitivo que aplica Malick difiera del racional y objetivo de Kubrick.

En el fondo lo que plantea El árbol de la vida es una búsqueda del perdón como la única y definitiva prueba de amor pleno y definitivo, y como territorio final de redención y sosiego. Comprender y aceptar son tan complejos que la aproximación puede ser metafísica, sin duda es una discusión y la película invita a ello. El joven Hunter McCracken se coloca al frente de un reparto en el que las actuaciones cumplen aunque no tienen tanto brillo. No me parece lo mejor del director, pero sin duda es de interés y está nominada a la Mejor Película en los Óscares.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba