Cultura

De la vejez y la juventud

Por: Juan José Lara Ovando

Dos películas, una norteamericana y otra francesa, que nos refieren dos etapas de la vida que parecen requerir apoyo, pero en las que los personajes se niegan a tenerlo para disfrutarlo a su modo, ellas son: Nebraska, de Alexander Payne, y Joven y bella, de Francois Ozon; grandes directores reconocidos internacionalmente.

¿Qué pensaría usted si su padre, ya anciano, le dice que se ganó la lotería y se ha vuelto millonario? O ¿Qué sucedería a su familia si de repente se entera de que su hija, una joven y muy guapa chica que asiste al bachillerato, es una prostituta en sus tiempos libres? Esos son los problemas planteados en estas películas; ambos hay que tomarlos cómo vienen y enfrentarlos, porque implican a toda la familia: el primero seguramente no sólo a su madre y sus hermanos, sino hasta a sus hijos, tíos y, por supuesto, amigos; el segundo, a su esposa, a sus hijos, a sus compañeros de trabajo, a sus amistades.

Nebraska es el sitio buscado, el que representaría el fin de la odisea, pero resulta que es, al mismo tiempo, el inicio de un viaje con muchas expectativas, aunque todas ellas inciertas. Woody Grant no sólo es un anciano, sino también es senil, ya no sabe exactamente en qué mundo se encuentra. Cuando recibe un premio por correo -y sin haber comprado ningún boleto o cachito, como le llamamos en México- cree verdaderamente que se ha vuelto rico y que debe atravesar la mitad del país, aunque sea caminando, para cobrar su premio. David, uno de sus hijos, lo acompaña en ese viaje al que, en alguna medida, también se unirán en el trayecto su hermano triunfador y su burlona y parlanchina madre. La relación familiar está rota principalmente por los desvaríos etílicos de Woody, pero ahora pesa algo más en contra: el padre ha comentado a todos que se ha convertido en millonario y todo el pueblo ha creado nuevas expectativas alrededor de él, por supuesto, para que pague las deudas a las que el alcohol le obligó.

Joven y bella se afinca en el descubrimiento de los cambios emocionales y fisiológicos. El instante en que el cuerpo empieza a transformarse es aquel en que la mente también pide cambios a gritos; de no ser así, sobreviene el descontrol, la incertidumbre, ya que lo que antes era gracioso se vuelve incómodo. Isabelle es esa chica que se va convirtiendo de joven en adulta, que quiere descubrirse a sí misma y que lleva la mente abierta a la transformación; así que un día, en la playa, no sólo se deja observar y se regodea en la sensación de hacer algo prohibido y a escondidas. Al cumplir los 17 años, despierta en ella la sensación de ser auténtica y de disfrutar de un placer que aún no conoce. Su primera experiencia sexual la conducirá a descubrir un gusto inexplicable por el peligro que el sexo acarrea. Isabelle sabe lo que tiene, conoce sus talentos y poco a poco va descubriendo sus propios límites, que no sabía que existían y que piensa que puede traspasar. Si la juventud es la etapa en que las personas se piensan capaces de conquistar el mundo, Isabelle se siente segura de dónde debe ir, que es el mundo de la excitación del cuerpo y la emoción de ocultarlo.

En Nebraska, a través del medio demente padre, se indaga en las relaciones familiares desestructuradas, principalmente la de padre-hijo, pues este último es quién lleva el peso de la relación, aunque la actuación del padre (Bruce Dern, muy premiado) es soberbia. La película se aleja de la grandilocuencia para contar algo universal desde una pequeña historia, aun fotografiada en blanco y negro de manera extraordinaria. No trata otra cosa que el ocaso de la vida con la senectud atacando sin piedad, y con la burla -encima- de que ha ganado un millón de dólares; con esa idea, el relato se mueve cómodo en una road movie que recorre un Estados Unidos más profundo, lleno de miserias, que cuando no son económicas, son humanas. En tono de tragicomedia, con trasfondo triste y melancólico, aunque salpicado por gags y un aire irónicamente surrealista potenciado por una serie de personajes secundarios: el socio del taller, los primos, la gente del pueblo, todos los viejos. Nebraska sabe tocar fibras sensibles de modo que hace reflexionar, pero también enternece, por lo que el espectador se va a sentir identificado.

Por su parte, Joven y bella plantea la forma de madurar en un mundo tan dinámico en el que las personas (los jóvenes mucho más) importan tan poco. Isabelle observa todo en la lejanía, como si no importara o cómo si fuéramos los mismos espectadores los que vemos lo que sucede, al igual que ella, donde cada uno puede tomar decisiones pensando que es lo mejor para él o que puede sobrellevar las situaciones generadas. De esa forma transcurre el tiempo, Isabelle se transforma y parece que no ha cambiado nada, que los cambios se vuelven cada vez más tangibles, hasta que aparece la imagen de la madurez, representada aquí por la esposa de uno de sus amantes (Charlotte Rampling); no tiene más que mirarla para darse cuenta de que hay versiones diferentes de mujer y de vivir la vida, lo que le crea una vorágine emocional, superior a la que habrá de enfrentar con sus padres. Película difícil de asimilar, no compleja, pero de fría mirada para decirnos que la percepción de vida de los jóvenes es muy cambiante y compleja. Dos cintas brillantes, miradas diferentes, situaciones opuestas, véalas, no las deje ir.

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