Cultura

Después de Lucía

Por: Juan José Lara Ovando

A Elena Serrano, estudiosa de técnicas para controlar el daño causado por el bullying

y un ángel protector de los hablantes hispanos en Vancouver.

Muy parca, muy directa, quizás porque las desgracias son así, inesperadas, secas y contundentes. De la misma manera, Después de Lucía relata un rosario de desgracias, que dada su parquedad no es más que una, pero como dura toda la película parece todo un manojo.

La incomodidad del espectador es manifiesta porque va a sufrir toda la película y se desespera casi de la misma forma en que sufre el personaje central de la cinta porque es el que atestigua lo que sucede en la expuesta vida cotidiana de los protagonistas sin poder impedir ni ayudar en algo las dificultades que enfrentan.

Una desgracia puede no ir sola, eso sucede en esta película, pues lo primero que acontece nunca lo vemos: la muerte de la mamá de Alejandra y la esposa de Roberto (hija y padre), supongo que ella es Lucía, porque no hay ningún personaje en el filme que se llame así, además de que todo sucede precisamente después de su muerte. De modo que lo primero que se presenta en la historia es la desolación en la que ambos se encuentran y la depresión en la que caen. Problemas de los que no van a salir, aun cuando intenten cambiar de vida, por eso se mudan de Puerto Vallarta a México. No obstante, Roberto se sume en su soledad, en tanto Alejandra parece salir de ella en cuanto ingresa a una escuela y empieza a tener amigos, ya que éstos inicialmente la arropan, para poco después denostarla hasta convertirla en víctima de sus actos violentos.

El resultado es un escándalo, ya que después de un viaje a Valle de Bravo con sus compañeros, a los que se les pasa la marihuana, se bebe de más y tiene relaciones sexuales con uno de ellos que graba el encuentro en la cámara de su celular, para después subirlo a Internet. Alejandra se sume en la vergüenza, va a ser tachada de fácil y va empezar a padecer las burlas y ataques comunes que disminuyen su dignidad y autoestima. A partir de ahí, ya no habrá más que violencia creciente, abusiva y desesperante: golpes de sus compañeras, que también le cortan el cabello; sus compañeros la molestan desnudos en el interior del baño de mujeres y entre todos le hacen comer un pastel de excremento hasta hacerle vomitar, todo ello sin que Alejandra logre reclamar, ni reaccionar de otra forma distinta al llanto.

Ante el acoso y la violencia viene la indefensión, así se convierte en una victima impasible que todavía va a padecer lo peor, un viaje escolar a Veracruz en el que los abusos se acentúan hasta convertir a los adolescentes agresores en delincuentes: la chica es encerrada en un baño de habitación de hotel y es violada por cuanto estudiante borracho y drogado pase al baño, para más tarde, durante la noche ser alcoholizada a la fuerza junto a la fogata, orinada y obligada a meterse al mar, ello sin que nadie del resto del grupo se levante en su defensa. Afortunadamente ahí encuentra una salida, protegida por la noche y el mar se aleja de sus compañeros y desaparece de esa pesadilla transportándose a Puerto Vallarta donde se protege en su casa abandonada, sin avisar a nadie.

El deprimido padre sale de su letargo para buscar a su hija en Veracruz, declarar en las averiguaciones y notar las limitaciones e incompetencia del Ministerio Público para regresar a México a las indagatorias escolares y descubrir la culpabilidad de los compañeros de su hija, pero también la postura defensiva y miedosa de las autoridades escolares ante el escándalo y el poder económico de los padres de los muchachos. Sin ninguna alternativa y desesperado, Roberto decide tomar venganza, convirtiéndose también en delincuente, ya que rapta al muchacho que provocó toda la desgracia, trasladándolo a la playa y sumergiéndolo sin clemencia.

No se trata únicamente de bullying (que al grado que se presenta aquí sería ya demasiado), la capacidad autodestructiva de los personajes cuya resistencia al dolor tolera todo tipo de vejaciones sin reaccionar ni buscar justicia las sitúa en una especie de flagelación silenciosa (ella principalmente), que cuando reacciona lo hace de manera extrema y criminal (él). Por si fuera poco, la relación entre padre e hija, si bien recoge pequeños detalles que refieren un amor silencioso, están imposibilitados para quitarse las vendas y abrir su corazón al otro. Cada uno va a padecer sus sufrimientos por separado, sin decirlo, sin confianza, con angustia, pero aislados desde el inicio hasta el desenlace de la historia.

La exposición del director Michel Franco es extraordinaria por sus secuencias directas y por la lógica de las acciones de violencia que llegan impecables, dada su dureza al espectador. La historia tiene una verosimilitud que la hace despiadada, más que creíble, lo cual la aleja del melodrama aunque tenga cercanía a ello, de lo que no puede escaparse es del tremendismo, pues aun con una historia realista, tanta bronca resalta excesos que se viven y padecen a medida que se ven.

La insensibilidad de los jóvenes es escalofriantemente inhumana, la falta de valores y la pedantería no parecen tener límites, al menos en estos muchachos de clase media alta, que Franco retrata aquí, como ya lo había hecho en su también violenta y buena cinta anterior, Daniel y Ana (10).

La cámara estática con tomas generales donde a veces sobran las cabezas y la larga duración de las escenas (sobre todo al principio) aunque parecen defectuosas buscan llamar la atención del espectador a elementos nimios, al igual que la ausencia de banda sonora que transmite una atmósfera natural que da credibilidad a la historia, mas a medida que el acoso aparece, el ritmo de la cinta se va transformando, lo mismo que los personajes, sobre todo el de Alejandra, interpretado genialmente por una joven actriz que logra dominar completamente la escena, Tessa Ia. Una cinta impecable, merecedora de todos los premios que ha obtenido.

Una cuestión queda pendiente, no sé si la venganza sea el único camino, pues aunque se justifique que no tienen perdón, hay que intentar buscar el camino, no estamos aquí para destruirnos ni para generar más violencia.

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