Cultura

Dinero en juego

Por Juan José Lara Ovando

Bennett Miller es un director relativamente joven de edad y con poca experiencia pero con gran habilidad para manejar guiones complejos, pues su primera película, Capote (05) sobre el polémico periodista-escritor, le valió varios reconocimientos internacionales, principalmente a su amigo el actor Philip Seymour Hoffman, que llegó a obtener el Oscar por su actuación ese año, por ese drama intenso pero controvertido y anticlimático.

Ahora Miller, presenta apenas su segunda película, El juego de la fortuna, que aun cuando parece ser una mera historia comercial, también presenta un guión muy elaborado, y si bien, no tan complejo, logra exponer de una manera muy inteligente algo que suele ser ordinario: los entretelones administrativos de un deporte, el juego de béisbol. No se trata en sí misma de una historia deportiva, sino de lo que hay en su directiva, eso es lo que lo vuelve complejo al guión, más no tanto a la película, puesto que no deja en ningún momento de ser rítmica y accesible, es decir, agradable y sencilla. Mas ésa es precisamente la labor del director, que a pesar de que el filme se sitúa más en las oficinas del equipo, los espectadores la disfrutamos como si estuviéramos en el estadio disfrutando de los partidos.

La historia no trata de jugadores ni partidos, sino del director deportivo de un equipo de Grandes Ligas, nada menos que los Atléticos de Oakland, durante la temporada del año 2003, en la que este equipo parecía fulminado y después de varios años de andar de colero, a sus dueños les dio por contratar a Billy Beane (Brad Pitt) para dirigirlo, un ex jugador (no estrella) ahora convertido en manejador, para iniciar una reconstrucción antisistema del mítico equipo, que desde 1989 no llegaba a una Serie Mundial (que por cierto ganó a los Gigantes de San Francisco, con sismo incluido en esta ciudad) y hasta ahora no lo ha vuelto a lograr, aunque se supone que Beane volvió a hacerlo competitivo y en esta película si llega a ella, en realidad ese año llegó a la final de la Liga Americana, pero no logró pasar a la Serie Mundial.

El método de Beane fue poco ortodoxo, al contrario a lo que podría pensarse, pues el equipo estaba, además, casi en bancarrota por lo que no podía hacer lo común para sacarlo del bache, que era contratar grandes estrellas. De modo que sólo fue tras simples jugadores que matemáticamente funcionaran sin que costaran millones y millones de dólares. Lo ilustrador de la historia es que este director deportivo transformó desde la raíz el sistema de selección de jugadores y de sus rotaciones en el campo, demostrando que el dinero ayuda pero no es indispensable para generar un equipo ganador. Su método estaba apoyado en un economista de Harvard, al que contrató y en una teoría estadística denominada sabermetrics en la que se toma en cuenta la efectividad no tanto las cualidades del jugador, por lo que era más importante analizar cuántas veces se embasaba un jugador que cuántas veces bateaba o atrapaba la pelota. La efectividad consistía en que el jugador se embasara y la productividad que lograran anotar, esto último era lo que había que resolver, aunque es muy criticado Beane por hacer a un lado el corazón y el alma de este juego que los gringos llaman el rey de los deportes.

El valor de la película es estrictamente cinematográfico, ya que resulta complicado contar en la pantalla una historia que se resuelve en juntas extenuantes y en escritorios gigantescos, además de visitas a oficinas, pláticas de vestidores y no en el campo de juego como la mayoría de las películas inspiradas en este deporte (hace poco El juego perfecto, Dear, 09, y en años anteriores El fanático, Scott, 96, El campo de los sueños, Alden Robinson, 89, Un equipo muy especial, Marshall, 92 y El mejor, Levinson, 84).

Ahí es donde el guión juega un papel central y el ojo del director (Miller) adquiere relevancia al juguetear entre miradas y enormes close up a las operaciones matemáticas, a los sudores y a los alientos de los personajes. Desde luego, se requiere una buena labor de montaje, para además ir haciendo emotiva la historia.

El guión está basado en un libro llamado Moneyball: the art of winning an unfair game, de Michael Lewis, de hecho Moneyball es el título original de la película, cosa muy alejada del que tiene en español. Los guionistas son nada menos que Aaron Sorkin (recientemente ganador del Oscar por Red social y prestigiado guionista de extracción teatral) y Steven Zaillian (de los guionistas más requeridos, en su currículum se encuentran La lista de Schindler, Pandillas de Nueva York y Gánster americano entre otras), ellos son los que construyen una historia con contexto deportivo en un enfrentamiento entre el dinero, el talento y la oportunidad a partir del relato del perdedor que debe (y puede) dejar de serlo. Comúnmente las películas sobre deportes tienden a hablar de victorias y de superación de obstáculos, mientras que El juego de la fortuna muestra a personas atrapadas en un juego injusto y de cómo logran reinventarse a ellos mismos. Una cinta interesante, aunque no deja de plantearse la discusión entre el predominio del deporte o de lo administrativo.

 

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