Cultura

El artista

Por Juan José Lara Ovando

 

A Ana Isabel Roldán, que me rondó vestida de bailarina durante toda la película

 

En 1927 con la creación de la banda sonora, el cine confirmó que era una industria bien constituida que formaba parte de la modernización tecnológica. De hecho siempre lo fue, pues surgió como un invento y se propagó como un producto comercial de inmediato. Pienso que nadie lo dudó, salvo sus creadores en el primer momento, pero en el segundo supongo que fue más bien una resistencia o un miedo a lo que podría traer ese cambio que implicaba la existencia de sonido, porque en realidad no hubo ningún problema para su desarrollo, al contrario, se popularizó mucho más.

 

Sin embargo esa resistencia la tuvieron que sufrir muchos integrantes de la industria, el caso más conocido fue el de Charles Chaplin, que se negó a utilizar diálogos en sus películas cuando ya existía la banda sonora, porque no se sabía mover en ese medio y tanto temía la respuesta del público a sus filmes, como evitaba por todos los medios enfrentarlo, por lo que sus películas apenas incluían algunos diálogos y seguían siendo, en esencia (o formato general) mudas, como sucedió con las excelentes Luces de la ciudad (31) y Tiempos modernos (36). Hasta esta última, se le escuchó un parlamento a su personaje Charlot.

Ese es el problema que se plantea en El artista, película francesa ganadora del Óscar como la mejor del año. Aunque en este caso se trata de una estrella de ese ya floreciente Hollywood, que brilla por la galanura de sus aventuras contra los villanos y su varonil aspecto, cuestión mucho más cercana a los galanes de la época: Douglas Fairbanks Jr., Rodolfo Valentino y John Gilbert, su nombre George Valentin es una combinación de los tres, lo que queda muy alejado de personajes como el de Charlot y lo lleva más a la preocupación que se manifiesta en otra cinta homenaje al cine mudo: Cantando bajo la lluvia (Donen y Kelly, 52), en la que la intención de los actores es no sucumbir al arrollador éxito del cine sonoro, principalmente porque al público podría no gustarle su voz.

En El artista no sabemos con exactitud en que radica ese temor de George Valentin, pero se rehúsa a cambiar, es decir, a hablar. Hecho inconcebible, como si la tecnología estuviera denigrando lo que hizo toda la vida, gesticular. La competencia contra el cine hablado lo arruinó y el crack del jueves negro financiero lo llevó a la ruina. En un par de años ya nadie sabe de él (en realidad ya nadie se acordaba del cine mudo), fue abandonado por su esposa, perdió su mansión, va vendiendo sus pertenencias y lo único que le queda es su perro, su chofer y el auto. Estos dos últimos termina por perderlos también.

Al mismo tiempo que cae, una joven bailarina a la que ayudó a iniciarse en el cine, empieza a prosperar hasta convertirse en famosa actriz del cine hablado. Enamorada de él, lo busca y lo apoya hasta reencontrarle un papel en el cine, en algo idóneo para él, bailando y sin hablar, pero su éxito y la evolución del cine lo obligan a mencionar sus primeras palabras.

Con todos los elementos del cine mudo: en blanco y negro (en realidad un tono gris), sin parlamentos, con banda sonora musical (simulando perfectamente la música en vivo que se usaba en cada función) que ganó el Óscar (Ludovic Bource), con mucho ritmo, en tono de comedia divertida, contrastando los sentimientos y emociones, con bailes y gesticulación, con un guión sencillo y nada original, con un clímax, con final feliz, en fin, sin pretensión de hacer pensar (como era el cine popular y de comedia o aventuras), pero sí de divertir o incluso de llorar. El artista consigue emular a la perfección, casi 85 años después, el cine mudo que se hacía en su mejor época.

Bella, bien hecha, estupendamente dirigida por Michel Hazanavicius (poco conocido para nosotros pero gran ambientador) y actuada (el reparto es magnífico, Jean Dujardin y Bérénice Bejo están maravillosos y bellos, los secundarios también empezando por John Goodman, James Cromwell y Penelope Ann Miller, actores norteamericanos (así como el distribuidor Harvey Weinstein y está filmada en Los Ángeles), quién no sé si sea norteamericano o francés pero merecía un Oscar por su actuación, es el perrito Uggie, que no sólo es actor sino ambientación de la época. Tan premiada, no tendrá ningún problema para atraer al público y popularizarse, incluso siendo un filme mudo del 2011, los que la vean se van a divertir y van a gozar de algo desconocido e inesperado: disfrutar una película sin diálogos y en blanco y negro, aunque haya quienes no se sientan atraídos y pudieran no verla.

La maestría de El artista estriba precisamente en ser una película muda perfecta, como un clásico, pero no en ser una obra de arte, pues para rememorar el amor al cine como tal, y para darle importancia a lo maravilloso que ha sido, queda limitada, posiblemente sea mayor ese efecto en La invención de Hugo, pero en ningún momento se puede uno arrepentir de ver esta película que se está echando a la bolsa al público de todo el mundo, ya lo hizo con el estadounidense que la premió, cosa que no había conseguido ni en Cannes, Francia, donde fue considerada de las mejores, pero sólo consiguió el premio al Mejor Actor o en San Sebastián España, donde ganó el Premio del Público, pero no el de Mejor Película.

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba