Cultura

El conjuro

Por: Juan José Lara Ovando

A Renata Naomi, dulce chiquilla que se fascina con todo el cine de terror

Las películas de terror son siempre bien recibidas por el público de los circuitos comerciales pues no hay mejor forma de mantener con facilidad la expectativa que a través del miedo y la sensación de pánico (y todo aquello que se le llama adrenalina) que provocan estos filmes.

 

Declaro no ser muy afecto a estas películas y no porque sus temas no sean de mi gusto, sino que no me interesa el cine para generar la expectativa que arriba se señala, más las buenas películas siempre son estimables sean del tema que fueren y en este también se llegan a encontrar grandes como el caso de El exorcista (Friedkin, 73), El bebé de Rosemary (Polanski, 68) o El resplandor (Kubrick, 80) o cintas que constituyen series como las famosas de giro B entre las décadas de los 30 y 50, como Drácula (Browning, 31), Frankenstein (Whale, 31) o El hombre lobo (Waggner, 41). Temas que son abordados en distintas épocas como en todas las latitudes, pues ahí están La carreta fantasma (Sjöström, 21, Suecia), El gabinete del doctor Caligari (Wiene, 20, Alemania) e incluso El aro (Nakata, 98, Japón), El ojo (Pang, 02, Hong Kong) y El orfanato (Bayona, 07, España).

No obstante la comercialización y con ello, el consecuente, crecimiento del cine de terror procede de los años 70s, donde se produce de manera definida para un público masivo de modo que es cuando vemos películas como las series La profecía (Donner, 76), Halloween (Carpenter, 78), Amityville (Rosenberg, 79) y Viernes 13 (Cunningham, 80) entre otras. A partir de ahí una buena cantidad de películas de terror que pueden seguir su continuidad como fue el caso de Chucky, el muñeco diabólico (Holland, 88) y Scream (Craven, 96) o recientemente como Saw. El juego del miedo (Wan, 04) o la española Rec (Balagueró y Plaza, 07).

El cine de terror se ha vuelto una moda que las taquillas han aprovechado estupendamente pero que provocan más efectismo que creatividad pues es difícil encontrar algo nuevo y razonable en ellas que vaya más allá de los efectos técnicos ejecutados para con ello provocar el miedo ansiado. Antecesoras de esa parafernalia, pero con una visión totalmente distinta, se encuentran los clásicos: La noche de los muertos vivientes (Romero, 68) y Masacre en cadena (La masacre de Texas, Hooper, 74).

Precisamente en esa disyuntiva se encuentra El conjuro, intentando no decir lo mismo que todas esas series sino salirse de las líneas y presentar algo diferente. La publicidad presenta, a todas luces, que así es, ya que empieza señalando que se trata de un caso real y que le sucedió a unos de los primeros estudiosos de casos paranormales o demonólogos (el matrimonio Warren, Ed y Lorraine) en los años 70 y que además, fue un caso que los impactó.

Para empezar, publicitar una película de terror como un caso real es ya algo que desentona en momentos en que todo es llamado de esa forma para ver si así tiene credibilidad. Si continuamos nos vamos a ir encontrando que la película utiliza demasiados focos para llamar la atención desde el primer momento, sólo que todas esas luces ya han sido utilizadas en gran cantidad de cintas, sobre todo las más recientes de éste género como son las puertas que se cierran, los cuadros que se caen o descuelgan de las paredes, un sótano misterioso sin iluminación, personas a las que les jalan los pies, ver a los fantasmas a través de espejos, temperaturas muy bajas y olores fétidos en algunos lugares o habitaciones de la casa, criaturas extrañas y demoníacas dentro de los roperos, por supuesto la sábana que vuela en forma de fantasma, además de un exorcismo en el que el interfecto se eleva del piso, provoca temblores en la habitación, arroja líquidos sanguinolentos y se le llena el cuerpo de moretones y heridas, además de transformarse en un ser demoníaco. Desde luego las referencias a El exorcista son bastante estrechas, aún más, si se toma en cuenta que la época en la que se sitúa la historia es muy cercana a la de la filmación de aquella.

En lo que sií difiere es que El conjuro se sitúa en una casa de campo, como una granja, no en la ciudad, en una familia más típica, la pareja de esposos y cinco hijas (lo que puede recordar más a Amityville) y sobretodo que la posesión satánica no es solamente en una persona (aunque la expresión definitiva la lleva la esposa) sino en toda la casa (más como en Poltergeist, Hooper, 82), aunque al final, muy consecuentemente, con que se exorcice a la esposa (Lily Taylor, muy bien, de hecho lo mejor son las actuaciones femeninas, notorias) es suficiente.

La historia de una familia que llega a vivir a una casa en el campo recién adquirida pero no nueva en la que les empiezan a suceder sustos comunes que están en el imaginario colectivo y que son típicos de la infancia como: ruidos debajo de la cama, sombras en la habitación que te hacen pensar en seres fantasmales o que te jalen la colcha mientras duermes, son las premisas del filme; que cuando esas cosas ya son de tomar en cuenta porque están asustando a toda la familia y los sucesos rayan en lo anormal, buscan a los demonólogos para esclarecer esos fenómenos sobrenaturales.

Los Warren son tan bonitos (los interpretan Patrick Wilson y Vera Farmiga) como expertos en su trabajo, los hacen lucir en ambas cosas, lo que tampoco resulta muy serio para la película, por supuesto si existieron, él ya falleció y ella se acerca a los 90 años, con un rostro tan perturbador que podría ser utilizado para estas cintas, a lo mejor porque siempre se le pegaba algo de lo que enfrentaba o por tener ese museo diabólico en el sótano de su casa, eso sí está cañón y seguro que da para una película más interesante.

El director malasio James Wan, ya muy conocido en este género, mantiene un buen diseño ambiental y escenográfico: sótano, casa, época y lleva un buen ritmo para mantener al espectador y utilizar efectos, que finalmente es lo fuerte y en eso atrapa porque asusta más que otras, pero la historia es bastante televisiva, desde luego se puede encontrar por encima de la media pero no se ha creado algo clásico.

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