Cultura

El dolor de “ser puñal”, un performance visceral

Felipe Osornio, conocido como Lechedevirgen Trimegisto, sacudió conciencias con su acto en el Museo de la Ciudad

Por: David Eduardo Martínez Pérez

“Desde el filo de la tierra” decenas de espectadores observan el performance que el artista Felipe Osornio, conocido como Lechedevirgen Trimegisto, presentó en el Museo de la Ciudad como parte de una invitación de la revista La Testadura, Literatura de Paso.

Fiel a una estética que busca plantarse frente a los discursos hegemónicos y rescatar lo marginal, Osornio representa el texto Pensamiento Puñal, que publicó para el número 36 de la mencionada revista.

Su representación se construye en torno a una serie de símbolos que hacen constantes alusiones al dolor de “ser puñal” en México. Lo primero que el público ve en escena es a un hombre delgado y elegantemente vestido que sostiene dos puñales en la mano.

El artista juega con los puñales y los acomoda en diversas posiciones mientras un corrido contextualiza al público y carga el performance de referencias al “macho mexicano”.

El corrido disminuye su intensidad y el silencio conspira junto con la oscuridad para torturar a los espectadores mediante inyecciones de incertidumbre.

Nadie sabe qué sigue, los puñales reflejan la poca luz que hay en el escenario y el actor apenas se mueve. El teatro también actúa, hace el papel de una antesala del infierno.

Con la lentitud de una garganta que se cierra para asfixiar a su dueño, una voz aguda se esfuerza por desplazar a los silencios que siguieron al corrido.

La voz es el alma del poema que se recita a la par del acto. Los puñales se quedan a un lado y el actor toma una silla y se sienta. Luego se prende un cigarro y le da una buena chupada.

Nada parece salir de lo cotidiano hasta que toma un cinturón y se lo aprieta en torno al brazo. Luego, igual que lo haría un heroinómano de campeonato, toma el cigarro, que también actúa en el papel de una jeringa, y lo clava sobre su piel que queda chamuscada.

Apenas se escuchan los quejidos. Las lágrimas no logran evitar que las expulsen. La operación se repite tres veces más a lo largo del brazo.

Ya con el brazo lleno de quemaduras, Osornio se levanta y se quita la ropa, se coloca sobre una mesa donde está la imagen de una virgen y se clava el mango de un puñal en medio del ano. La escena no puede ser más sugerente. La voz que recita el poema dice que la verdadera penetración es aquella que se da donde no hay aberturas.

Una vez que el puñal está fuera de su cuerpo, el artista se incorpora y se amarra un Judas de papel maché a su pecho. La voz que narra lo que sucede se ha quebrado y llora con mucha fuerza. El actor enciende el Judas y contempla cómo se consume en el infierno portátil que construyó para los voyeuristas.

El poema lacrimógeno termina. Él hace una mueca de cansancio y sale por un costado. El silencio regresa a su trono y accede a que los aplausos lo desplacen por medio minuto. Luego vuelve a apoderarse de todo junto con una oscuridad que cada vez está menos ausente.

“Puñal es acto creativo, es arte”

El texto es clave para otorgar vida al evento. Felipe Osornio lo redactó durante una convalecencia por herpes zoster debido a una disminución de sus defensas por ingerir fármacos para tratar una enfermedad renal que lo aqueja.

Es un texto que transpira rabia desde el inicio. En la primera línea el autor ya advierte que estamos ante “una escritura triste, hirviendo desde el punto de ebullición”.

Para el segundo no sólo hay rabia, sino también sentido del apocalipsis y olor a muerte, el perfume de Tánatos. Ahí Felipe recuerda que escribe desde “el Filo de la Tierra, el fin del mundo, el borderline de los últimos tiempos”.

Este juego con la idea de la frontera y de la identidad difusa en medio de tantas etiquetas, continúa por toda la obra, acompañada por un ritmo que nos remite al taquero destazando bisteces en una carnicería.

Todo son golpes, no hay concesiones para nada ni para nadie. Con redacción completamente queer, respetando en todo momento la neutralidad del género, el autor aprovecha algunos párrafos para dedicarlos a “aquellos que un mal día se dieron cuenta que llevan cara de indio, tez de estiércol, los que odiaron su cuerpo, para los pocohombres y los mariachis”.

Así se mantiene el texto hasta el final, un final tan oscuro como el teatro donde se presentó su autor. Un final que dice que “puñal es el cuerpo sin órganos, cuerpo explícito, cuerpo sacrificial afirmativo y festivo, puñal es acto creativo, es arte.”

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