Cultura

El encanto de la vieja Europa

Por: Juan José Lara Ovando

Si juntamos los nombres de Stefan Zweig, Budapest, Zubrowka (inexistente) con la repostería de Mendl´s, los viejos castillos diseminados por su territorio y los conserjes como ilustres integrantes de una secta selecta que resiste e imita a la aristocracia, además de una gran herencia, una obra maestra de la pintura, un servicio eficiente de hostelería y un ejército semejante al nazi (como concepción, no tanto como el ejército alemán); todos estos elementos dejan percibir en el filme El Gran Hotel Budapest una hermosa añoranza histórica de la vieja Europa.

El encanto de la película va más allá de esa añoranza histórica, en un tono de comedia fina como la que se filmaba en el Hollywood de los 40, precisamente de la mano de directores de origen europeo que migraron a la meca del cine, los genios de la comedia en su mejor época: Ernst Lubitsch y Billy Wilder, ambos austriacos y de ascendencia judía, lo cual parece referente en este filme. Lubitsch era el genio que sabía divertir con solamente abrir y cerrar puertas y Wilder introducía un toque melodramático; las referencias al primero son más cercanas en esta cinta, pues al mismo tiempo, aquél dejaba fluir el optimismo en sus historias para darle vigor al sentido de la vida aún en situaciones espeluznantes (no sólo complicadas).

El director texano Wes Anderson conduce con notable fluidez El Gran Hotel Budapest, colocando los ingredientes arriba mencionados para presentar un trabajo delicioso -lo cual no quiere decir maravilloso, pero sí muy disfrutable- pues si bien no se trata de una película que pueda considerarse grande, resulta sumamente agradable no solamente por su historia, que posiblemente no sea tan original, pero que transmite ágilmente las situaciones hasta crear situaciones de felicidad; sobre todo por los colores llamativos, tipo pastel, que utiliza para favorecer la mirada optimista con la que cuenta sus historias.

Anderson, en su octava película, y desde que despegó con Rushmore (98) -su segundo filme hasta el presente- pasando por la séptima -considerada su gran obra- Un reino bajo la luna (Moonrise kingdom, 12), ha mantenido un estilo personal consistente, primero, en rehuir lo trascendental: ninguna de sus historias intenta resolver un problema medular de la vida, pero todas ellas refieren problemas de definición en las que se encuentra el descubrimiento de algo elemental en la vida, como la educación, el amor, los sentimientos, el crecimiento… Por eso los personajes de sus películas son tanto niños como adultos; exploradores, viajeros o boy scouts; maestros y aprendices. Segundo, sus realizaciones son impecables, cuidadas en extremo y formadas cuadro a cuadro (por fotograma), es decir, es un esteta de la filmación a la que llena de detalles y forma con elegancia, como si fueran poemas (gusten o no), pero a los que nunca les falta ritmo ni poderío visual; sus cintas son innegables visualmente. Tercero, utiliza siempre una legión de estrellas, en gran medida las mismas, pues las repite constantemente en sus cintas, aunque incluye -casi siempre- a algún actor diferente. Eso quiere decir que siempre se ve a actores reconocidos en papeles secundarios, porque por la peculiaridad de sus historias, los protagónicos son desempeñados, comúnmente, por actores poco conocidos. En este caso, los créditos principales son compartidos por un actor muy reconocido y por otro que hace su debut: se trata del magnífico actor británico Ralph Fiennes y de Tony Revolori; pero atrás de ellos se encuentran actores como Bill Murray, Adrien Brody, Jude Law, Willem Dafoe, Tilda Swinton, F. Murray Abraham, Owen Wilson, Jeff Goldblum, Harvey Keitel, Edward Norton, Tom Wilkinson, Saoirse Ronan, Léa Seydoux y Jason Schwartzman, nada menos. Lo notorio es que todos encajan con sus personajes, aunque sólo salgan un momento. Cuarto, nunca hay un final feliz, pues aunque las situaciones se resuelvan favorablemente, una nueva realidad empaña esa felicidad; por lo tanto, la vida tiene que seguir.

La historia de El Gran Hotel Budapest no es menor a lo ya mencionado. Se ubica en el período de entreguerras (1932), durante la mejor época del elegante Gran Hotel en la zona montañosa de Zubrowka (país imaginario, aunque podría ser Austria, país de origen de Stefan Zweig y de muchos devaneos aristocráticos), propicia para los paseos en los bosques y los deportes invernales, ideal para descansar de lo cotidiano, relacionarse con personajes pudientes y presumir la elegancia. El personaje central es el soberbio, formal e impecable conserje, Monsieur Gustave, entregado en cuerpo y alma a atender a los clientes y mantener su prestigioso hotel. Un caballero de otra época, sensible al detalle y a los valores humanos, dispuesto a cualquier cosa para salvaguardar el honor. Su ayudante es el botones Zero, a quien adopta como protegido y le enseña lo elemental: atender al cliente antes de que éste lo necesite. Sin embargo, M. Gustave gusta de atender a las damas que lo soliciten, aun cuando sean de edad avanzada (gallina vieja hace buen caldo, es otro de sus lemas); una de ellas le deja una herencia que, después de un complot de asesinato, se ve obligado a robar: un cuadro valioso por el que será perseguido por dos verdaderos maleantes. Ahí se cruzan muchos personajes, pero ninguno tan valioso como la dulce pastelera Agatha, novia de Zero.

Con un intermedio final feliz, en el que Gustave obtiene el Gran Hotel y Zero se casa con la valiente Agatha, quien se convierte en hereda el Gran Hotel, que va a conservar hasta los años 60, momento en el que cuenta la historia a un escritor -simil de Zweig-, quien la traslada a un libro que posteriormente se volverá muy leído; luego la historia es vuelta a narrar en los 80, cuando todo es parte del pasado: desde el hotel, que sigue existiendo ya decadente; Zubrowka que si no ha desaparecido, carece de importancia; y Zero, quien sigue siendo el propietario del hotel porque éste le da recuerdos de su esposa y de la mejor época de su vida; por eso sigue ocupando, cuando se queda ahí, el cuarto sin baño del botones.

Si a esa historia añadimos que se desentiende del mundo real, que utiliza el ritmo de los dibujos animados, que se apuesta al cine mudo, que parece una carrera sin fin de perseguidos confundiéndose, chocando y tropezando con sus perseguidores, además del uso de una cámara fija de plano vertical, un barroquismo ornamental, una rima continua de colores y sonido, música estupenda de Alexander Desplat que parece ubicarla como musical, un reparto coral, la recuperación de ese estupendo escritor de entreguerras Stefan Zweig, un juego continuo entre el relato hablado y el lenguaje cinematográfico, el uso constante de fetiches en un sinnúmero de objetos, nos da una película delirante, humorística y deliciosamente estética. No se la pierda, un bello botón de cine.

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba