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El epitafio poético del tigre Eduardo Lizalde

A finales de los 90 aún tenía la pretensión de ser poeta, la cual el tiempo me curó. “Debes leer a Eduardo Lizalde, te va a gustar”, me dijo por entonces Alondra, una compañera cuasicoetánea de Periodismo de la UAQ. Era la época en que internet, o la gran carretera de la información como le llamaban cursimente entonces, estaba en pañales y si queríamos conocer de algo, auténtica old school, primero había que buscar en la enciclopedia y luego perderse en bibliotecas que parecían pequeños laberintos.

O bien, tener suerte y en una librería de viejo, encontrar el libro que tuviera la información. Y esto último fue lo que me pasó. En la librería El Alquimista frente al templo del Carmen (estoy casi seguro que fue allí, pero a veces la memoria nos suele jugar trampas), el 10 de agosto de 1999 encontré en 10 pesos la Antología Impersonal de Eduardo Lizalde en la edición popular Lecturas Mexicanas de la SEP.

En fin, este 25 de mayo ha muerto el poeta Lizalde, que con sus zarpazos literarios —qué cursi frase, pido perdón por haberla escrito— en cierto momento de mi vida me atrapó y ahora he vuelto a releerlo y redescubrirlo. Por ello, en twitter subí algunos de los fragmentos de su antología, los cuales recupero en esta entrada. Van a continuación:

El grito,
que ha de roer la nube
y destrozar al pájaro
reventado en el aire
cuando empiece a sonar:
será el poema.

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