Cultura

El gran calavera

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Por: Juan José Lara Ovando

El director aragonés Luis Buñuel llegó a México en 1945, procedente de Nueva York, donde trabajaba en el Museo de Arte Moderno. No filmaba, pero fue tachado de ateo y eso, antes de finalizar la guerra mundial, era tan grave como ser comunista, por lo que salió de ese país aprovechando un proyecto de filmación en París, pero la productora debía venir a México, así que la casualidad, como elemento surrealista, lo trajo al país, donde se enteró que la filmación se cancelaba.

En México, lo acogió un joven Fernando Benítez que conocía su obra y lo presentó al productor ruso-francés Oscar Dancingers, que lo puso de inmediato al frente de una película, nada menos que aquella en la que debutaría en el país la cantante argentina Libertad Lamarque, que estaría acompañada del popular cantante y actor, Jorge Negrete. Se trataba de una gran producción llamada Gran Casino (46). Era apenas la cuarta película de Buñuel, después de cerca de 20 años de no filmar, desde Un perro andaluz (28), La edad de oro (30) y el documental Las Hurdes, la tierra sin pan (31), representaba un reto para él, aunque también un aprendizaje, no obstante el resultado no fue el esperado, la película no lució, fue un fracaso en taquilla, pasó desapercibida y tuvo malos comentarios.

Pasaron tres años para que Buñuel volviera a filmar, y su regreso fue una casualidad, ya que Dancingers lo llamó nuevamente en sustitución del actor Fernando Soler, que al mismo tiempo dirigía la película y se le hizo pesado realizar las dos cosas, así que él mismo pidió un director, cualquiera, para que lo asistiera y el trabajo se le facilitara. Se trataba de una comedia sin mayores pretensiones pero a la medida del lucimiento de Soler. Buñuel aceptó el trabajo y terminó dirigiendo la película con su estilo y ahora sí, el éxito rebasó lo esperado; El gran calavera (49) resultó agradable, aceptada, taquillera, nominada a los premios Ariel y le brindó reconocimiento al director, que de inmediato tuvo financiamiento para otra película a su estilo y con la que se le conocería internacionalmente, convirtiéndolo en el más prestigiado director de habla hispana, Los olvidados (50).

El gran calavera es Ramiro, un viudo, rico y tomador que pasa los días divirtiéndose y dejándose embaucar por sus hijos (muchacho y muchacha), su hermano y su cuñada, pero otro de sus hermanos, desesperado ante la situación que vive el primero, decide hacerle creer que ha malgastado su fortuna, ha quedado en la ruina y que su familia debe trabajar para sobrevivir. Lo que van a hacer al pie de la letra pues ahí va a estar él para organizar a todos los demás.

Este argumento de manera libre es la base de la película mexicana, Nosotros los nobles (12), ya que en ella el empresario Germán Noble (Gonzalo Vega en un estupendo regreso a la pantalla), viudo, muy trabajador, que ha amasado una enorme fortuna, se da cuenta que empieza a envejecer, cuando sufre un ataque como consecuencia de su intenso ritmo de trabajo. Eso lo hace voltear a sus hijos, a los que poco se ha dedicado si no es a brindarles todo lo que deseen, sin embargo, se da cuenta que ellos heredarán su fortuna y que la dilapidarán en un instante porque no saben hacer nada más que gastarse el dinero tan rápido como llega, por lo que decide ponerles una trampa con la intención de que valoren lo que tienen y protejan su vida y sus pertenencias. Les dice que está en bancarrota y se han quedado en la ruina por lo que ahora son los hijos los que deben ayudarle y para ello tienen que ponerse a trabajar, lo que van a hacer en las condiciones más inesperadas y cómicas.

Al igual que en la cinta de Buñuel, Nosotros los nobles es una comedia alegre y con mucha chispa. Con 60 años de actualización y recuperando simplemente el argumento porque el guión es muy distinto, la película muestra que un guión bien elaborado siempre funciona, aun cuando sea un mero vehículo para divertirse. A mediados del siglo pasado como ahora, ésa es la única intención, mas el resultado es maravilloso porque independiente de lo artístico del filme, se ha convertido en la película más taquillera de la historia del cine mexicano, ha recaudado 230 millones de pesos, dejando muy atrás los 165 millones de El crimen del padre Amaro (Carrera, 02).

Eso no quiere decir que sea una película grande, de hecho no lo es, pero sí es una cinta divertida, si uno se quiere reír bien, eso es inevitable y eso ya habla bien de ella, porque si los chistes u ocurrencias de las situaciones fueran malos, la película se podría volver pesada o inverosímil, pero no ocurre eso, desde luego, tampoco lo contrario, que se piense que se está ante una película maravillosa, pero sí ante un buen producto, bien elaborado, que puede presentarse en cualquier lugar del país sin que se considere molesto y si se presenta en cualquier lugar del mundo seguramente llamará la atención por su gracia y soltura.

Tal vez sea un poco chusco ver a estos muchachos (dos chicos y una muchacha) desempeñar un trabajo, pero genera mucha gracia ver su inocencia y hasta estupidez para representar a una clase social acomodada, dispuesta a ganarse el poder sin saber cómo hacerlo. El logro, es que no se puede uno burlar de ellos sino sentir simpatía. Si, por extraño que parezca, hasta los burguesitos pueden ser simpáticos cuando la riegan y nos damos cuenta que con el bagaje de sus buenos colegios, no llegan a generar más que el sonsonete lento de su lenguaje cuando no saben qué hacer.

Gary Alazraki, el director, nos presenta su ópera prima con una enorme fortuna a pesar de ser totalmente predecible, cual si proviniera de una telenovela porque es muy ágil, tiene soltura, está actuada correctamente (no estupendamente) aunque no cambiará vidas, ni siquiera pondrá a pensar al espectador, pero de que lo hace reír y no sale disgustado de la función es ya algo notable. Tampoco podemos compararla con una superproducción gringa, guardando la debida distancia, lo que ha recaudado es apenas lo de una película media de Hollywood, nada extraordinario, pero como señalamos de la película de la semana pasada, es un buen producto, que si no es indispensable, si la ve, se divierte.

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