Cultura

El gran Gatsby

Por: Juan José Lara Ovando

Los fabulosos veinte, son los años de de la abundancia y la ambición, del crecimiento económico y el aumento del nivel de vida, la era dorada de Hollywood y la absorción de la vida diaria por parte del capitalismo. En ese momento, la revolución industrial ya era parte de la cotidianidad, en la que ya se disfrutaba de manera directa de los productos de la industrialización, por lo que parecía lejana la época de la explotación del trabajo que había dado lugar a los enfrentamientos proletarios.

 

 

El estilo estadounidense de vida (american way of life) se había infiltrado en el mundo con la enorme imagen del disfrute, el consumo y la prosperidad que volvían atractiva una forma de vida que no se daba con ese esplendor en otro país. La base de ese estilo de vida que tendía a imitarse se cifraba en tres puntos: 1) los productos de la industria ya eran parte del modo de vida, llegaban hasta los hogares, ya no eran solamente bienes de capital o elementos del trabajo, sino que mejoraban la vida de las personas y las familias podían adquirir bienes domésticos como lavadoras, planchas, estufas, etcétera para descansar más en casa o realizar otras actividades, 2) crean la ilusión de un estilo de vida que se conoce en todo el mundo a través del cine, ya que esa industria se extiende por todo el mundo, y 3) impone una dinámica de comportamiento rápida, moderna, como lo exige el uso de los objetos de consumo, a través de un producto representativo, el automóvil.

Los años veinte son los de la modernidad, es decir, los del momento en que hay que poner los pies en la tierra para luchar por lo que se desea o ambiciona porque con el empeño y el esfuerzo se puede obtener. Ese es el entorno que rodea a un joven empeñado en convertir en realidad una ilusión, con la enorme diferencia de que su realización no tiene tanto una fase racional sino que se sitúa más en el espectro de los sentidos y la emotividad, algo para lo que puede apoyarle muy poco todo el esplendor del nuevo estilo norteamericano moderno de vida.

La confusión de Jay Gatsby se convierte en ambición, la coyuntura de ese momento de cambios en el sistema mundial y en las formas de vida le favorecen económicamente, pero no emocionalmente. ¿Por qué él que lo tiene todo no puede tener el amor de una mujer? Amor y riqueza no necesariamente van de la mano, pero eso no impide que el esfuerzo y la constancia lo acerquen y lo puedan recrear como una nueva realidad en esa época de transformaciones y modernidades, más para él que puede apantallar a toda su sociedad con lujos y excentricidades.

No todo lo puede el sueño americano, pues aquí va del encantamiento al desencanto, de la heroicidad de un joven que se atreve a creer en el amor a la futilidad de su hazaña. Gatsby es el vencedor de todos los obstáculos materiales, es el joven de clase media que logra cualquier cosa que se propone: ser héroe de guerra, hombre de mundo, gran empresario, multimillonario. También sabe dominar sus impulsos y mostrar una cara amable ante circunstancias poco favorecedoras, lo que le da seguridad ante los demás.

Gatsby es un personaje enigmático, conocido por las fabulosas fiestas que da en su lujosa mansión en Long Island, a las que acude la alta sociedad neoyorkina. Nadie lo conoce, pero todo mundo tiene las puertas abiertas, sin más invitación que la música, las puertas abiertas y el servicio de exquisitas viandas y bebidas para cualquiera que se acerque. Todo el que llega quiere conocer a su anfitrión y su fama se extiende rápidamente, pero él anhela que algún día Daisy Buchanan sea atraída por sus fiestas. Ella es la mujer que ama, desde cinco años atrás y de quien fue separado por ser de un estrato inferior y no poder ofrecerle la vida que ella esperaba recibir. Ahora ha superado todos los obstáculos y puede darle la vida que se merece. Por supuesto que se reencuentran, pero Daisy está casada, lo que implica otro obstáculo que debe superar Gatsby, pero lo que va a ser imposible superar es que Daisy sienta amor por él. Como todos, ella se deslumbra, pero se vuelve más petulante y exigente, fría y dominante por sentirse superior a un amor que ha superado toda barrera material que se antojaría inalcanzable, pero que la vuelve más soberbia.

La historia de Gatsby es una alegoría al mismo sueño americano que tal vez pueda superar todo, menos la barrera de los sentimientos y la soledad, por lo tanto la felicidad parece inalcanzable. Narrada desde la perspectiva de una tercera persona, un periodista, primo de Daisy, como un testigo ocular que pueda crear una distancia que le permitiera una mezcla de sátira y emociones extremas en torno al conflicto entre prejuicios sociales y realidad de la condición humana, el autor de la obra, el célebre escritor Francis Scott Fitzgerald, hace una crítica al modelo americano de vida, que en la película del director australiano Baz Luhrmann se vuelve deslumbrante pero poco emotiva debido a su excesiva espectacularidad, su afán de volverla atemporal (música y lenguaje actuales), su flojo manejo de actores (Leo DiCaprio y Tobey Maguire están pésimos) y un metraje que se alarga innecesariamente por un guión flojo que se sostiene en un narrador que parece preparatoriano boquiabierto. El gran Gatsby es un clásico de la literatura que debe invitar a leerse, pero es un limitado producto cinematográfico que lo puede aburrir o al menos dejar poco contento. La versión del director inglés Jack Clayton (75) con Robert Redford, Mia Farrow y Sam Waterston, a pesar de haber sido vituperada, es superior por mucho.

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