Cultura

El huapango al teatro

La obra El violín mágico retoma un elemento tan arraigado a las raíces queretanas como lo es el huapango

Por: Ricardo Lugo Medina

Desde las semidesérticas lomas hasta las verdes montañas que convergen de ladera en ladera en la Sierra Gorda de Querétaro, cada amanecer tiene una peculiaridad. Del vasto territorio serrano no sólo emanan los cantos de los gallos y las aves, a la alborada también le secundan los sones huastecos.

La Huasteca es esta región cultural que sobre todo comparte un género en co­mún: el son huasteco. Se toca con quinta, jarana y violín. El son y las expresiones culturales que de éste derivan están muy ligados al verso improvisado y octosíla­bo, el cual es la forma de poesía que está presente en toda Iberoamérica y forma las cuartetas, quintillas, sextillas y la décima.

La décima es “la joya de la poesía po­pular y quizá una de las cosas más carac­terísticas de las huastecas y de los sones regionales de México.”

El fandango implica la música tocada por músicos, poetas y versadores; junto con la tarima, que es la forma en la que el público interactúa, hacen en conjunto un solo ritual.

En náhuatl, la palabra huapango signi­fica “baile sobre la tarima” y dicen que antiguamente los bailadores llegaban al baile cargando su tabla, hacían una zanja en el piso, ponían la tabla ahí y zapateaban sobre ella, eso sí, cada quien sobre su tabla.

Son datos imprescindibles para apre­ciar la obra El Violín Mágico, homenaje a Fortunato Ramírez Camacho, destacado queretano que en 2005 fue merecedor del Premio Nacional de Ciencias y Artes en el rubro de artes y tradiciones populares; galardón que pocos pueden presumir.

Las luces y los títeres se alistan. El director de la obra, Diego Ugalde, da unas palabras y enseguida el Trío Colo­sio y sus Huapangueros de Tancoyol se “arrancan” con sus instrumentos, para dar paso al teatro de títeres y sombras.

“Yo soy el viejo juglar/Que canta en la serranía/La pantalla es milpa mía/Que riego con buen trovar/Aquí les vengo a sembrar/Granos de luz con paciencia/ Si el mundo es sólo apariencia/Hay que quemar sus rastrojos/Pa’ germinar en sus ojos/Los frutos de la conciencia”.

El Violín Mágico de Fortunato crea la historia en la que se ven inmiscuidos los personajes de la obra.

Sobre ese mítico violín existen varias historias. Algunos “dicen que Fortunato tenía el violín de Pedro Rosas, autor de El Querreque, y que se lo regaló de niño. Algunos dicen que ese violín era una co­pia de una Stradivarius, otros dicen que están en Ahuacatlán en un museo; otros dicen que lo tienen en La Cañada. Hay como seis violines de don Fortunato. El violín es mágico por supuesto y es la base del son huasteco”.

Actualmente son escasas las obras que retoman un elemento tan arraigado a las raíces queretanas como lo es el hua­pango.

Diego Ugalde explicó que el son tradi­cional huasteco está más cerca del estra­to popular que de la gente de clase alta, que aquí en Querétaro “de una forma inexplicable desdeña completamente al huapango”.

“Se toca el son huasteco en todos los municipios. Tradicionalmente Queréta­ro era región cultural del son arribeño, que ocupa la sierra de Guanajuato y Río Verde, tierra de grandes poetas.

“El son arribeño también tiene una es­tructura de décimas, pero tiene la parti­cularidad de cantarse con una cuarteta que dirige la planta, ésta tiene cuatro versos, pero el primer verso de la cuar­teta sirve de pie forzado para las décimas que se hacen.

“Nos encontramos también con la rea­lidad de un huapango que trata de revivir poco a poco, pero enfrenta una moderni­dad difícil. Ahora es mestizo y se mezcla con rancheras y corridos. El Huapango en sí es hermoso y no se debe mezclar.”

Sones reconstruyen tejido social

Aseveró Ugalde que en esta ciudad existen dos morales.

“Por un lado la moral del ser que son los campesinos y el extracto popular del es­tado que tiene origen y raíces indígenas muy profundas; y por otro está la moral del parecer que sigue el Gobierno del Estado y sus instituciones culturales que a eso se dedican y su objetivo principal es que crean que somos bonitos limpios y que en Querétaro no pasa nada. Esas dos morales están en pugna constante.

“Lo que nos tiene en esta oscuridad es la destrucción del tejido social, pero no como nos quiere hacer creer Calderón de la familia tradicional católica, como ellos la ven.

“El tejido social era un tejido comuni­catorio que está representado por estos sones tradicionales que surgen de una comunidad entera que es un colectivo y allí expresa su sentir, sus ambiciones, sus frustraciones, tristezas y alegrías.

“Son como una barrera ante la deses­peranza total, un punto de apoyo desde el cual los pueblos pueden volver a re­surgir”, finalizó.

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