Cultura

El Mundial en cuatro películas

Por: Juan José Lara Ovando

El primer artículo de futbol que se escribió en esta columna se publicó hace cuatro años, cuando se inauguraba el Mundial de Sudáfrica 2010; en ella se hizo una recopilación sobre películas sobresalientes internacionalmente que trataban el futbol, dejando una sección para el cine mexicano. La segunda ocasión que el tema nos ocupó fue para celebrar la obtención del campeonato de liga para los Xolos de Tijuana, en el que dedicamos el texto a las mujeres futbolistas. Ahora, tercera ocasión, lo dedicaremos a los Mundiales, tratados como tal, con toda su importancia en las películas.

Los cinco filmes que escogimos se refieren a los mundiales de 1950 en Brasil; de 1954 en Suiza; de 1986 en México, de 1998 en Francia y de 2002 en Corea-Japón. Las películas son: El partido de sus vidas de David Anspaugh (EEUU, 05), El milagro de Berna de Sönke Wortmann (Alemania, 03), El chido guan (El tacos de oro) de Alfonso Arau (México, 85), La copa de Khyentse Norbu (Australia-Bhutan, 99) y La gran final de Gerardo Olivares (España-Alemania, 06). Panorámicamente, el Mundial traslada a los juegos de las distintas copas del mundo, pero estas películas nos llevan, además, a diferentes puntos del planeta a observar la forma en que se vivió el Mundial, bajo las problemáticas sociales o futbolísticas que allí se vivían.

No se trata de documentales sobre los partidos ni estrellas de los Mundiales, sino de historias de ficción que, aún se supongan basados en hechos reales, como el caso de la primera, lo que dejan ver es la importancia de la Copa Mundial en la vida de las sociedades, como de algunos de sus protagonistas. Salvo la película mexicana, que es realizada antes del Mundial, el resto son vistas en retrospectiva.

En El partido de sus vidas, el Mundial de Brasil 50 presentó muchas dificultades para su realización después de la Segunda Guerra Mundial; a pesar de que ya existía el sistema de competencia para clasificar, muchos países no estaban en posibilidad de hacerlo y otros no podían asistir, como Francia, porque su país estaba destrozado, o Alemania, al que se le negó la posibilidad de ir por provocar la guerra, de modo que se invitó a algunas Federaciones. Tal fue el caso de Estados Unidos, que no contaba con un equipo oficial y apenas presupuesto, pero aceptó la invitación y preparó a un equipo campeón de una liga colegial (de Saint Louis, Missouri) para enfrentarse a los mejores equipos del planeta. En su grupo eliminatorio estaban España, Inglaterra y Chile; el filme no trata más que el segundo encuentro (los otros dos los perdieron), jugado en Belo Horizonte contra Inglaterra, a quién vencieron 1-0, dejándolo sin posibilidades de avanzar. Éste es uno de los partidos más importantes en la historia de esa Federación. Aun siendo no más que una cinta palomera, muestra a la perfección cómo enfrentar un reto, lo que es prepararse para ganar y rinde un hermoso tributo a ese juego y sus jugadores, ubicando muy bien lo que es jugar un Mundial.

El milagro de Berna cuenta la historia de un niño que vive en un pueblo minero de Alemania del Este, cuando regresa su padre, liberado en la URSS como preso de guerra, después de años de prisión. Entonces se conocen, pero no hay buena relación entre ellos; el padre está absorto y estricto, el niño se distrae en el futbol, pues un jugador de la liga local y seleccionado nacional lo ha tomado como adoptivo y lo lleva a todos los partidos. Unos meses después, el jugador marcha al Mundial en Suiza y el niño, escuchando los partidos por radio desde su casa, le da su apoyo, al tiempo que la algarabía de los triunfos de su Selección va acercando a la población, incluido su padre. Terminan apoyando juntos a su equipo, que gana -contra lo esperado- el campeonato a unos húngaros que parecían invencibles. Mucho más completa que la anterior, enfoca, además de los juegos mundialistas, al futbol como reconstructora de la identidad nacional después de la guerra.

El chido guan es el apodo de un muchacho del barrio de Santa Fe -en el DF- que es observado por un exfutbolista, quien lo prepara para convertirlo en el campeón del barrio; más tarde, en profesional y, finalmente, en seleccionado nacional; todo en el momento en que se está integrando el equipo que participará en el Mundial en México 86. Filmada antes de celebrarse el torneo, mantiene la ilusión de que México sea campeón mundial frente a un equipo grande -en este caso, Alemania- y le gane. Aprovecha el momento del Mundial, se inspira en los goles de chilena de Hugo Sánchez y se basa en el chico humilde que le hecha ganas para superar la adversidad y triunfar; en ese sentido, es divertida.

La copa es la cinta más extraña de las aquí citadas; está ubicada en el Tibet y los personajes son los muchachos que se preparan para ser monjes en el monasterio budista de los lamas. Entre ellos hay un chiquillo fanático del futbol y admirador de Ronaldo, estrella brasileña, al tiempo que se está jugando el Mundial en Francia, así que sonsaca a sus compañeros para que abandonen el monasterio por las noches para ir al pueblo a ver los partidos mundialistas y apostar los resultados, hasta que son descubiertos y los castigan, por lo que están a punto de perderse la final entre Brasil y Francia. Interesantísima no sólo por la inesperada calidad que se le da al Mundial en culturas tan peculiares, sino porque deja ver la cotidianidad y el gusto de estos jóvenes de manera tan sorpresiva e inesperada. Muy buena; puede buscarla en línea, ya que no hay otra forma de encontrarla.

La gran final es una comedia cuasidocumental atractiva. Se integra de tres historias durante el verano de 2002, cuando se está jugando el Mundial y en el momento preciso en que se jugará la final entre Brasil y Alemania. En el siglo XXI la tecnología puede llevar al instante la señal de la gran final a cualquier rincón del mundo, pero imaginémonos tres sitios donde esa señal es preciada para tres etnias que no tienen los medios para recibirla, como son: los indios Xinhgú del Amazonas en Brasil, las caravanas Tuareg que cruzan el desierto del Teneré en Níger y las tribus cazadoras del desierto de Altai, en Mongolia, que tienen que hacer un descanso en sus actividades para planear cómo le hacen para desplazarse hasta un lugar donde puedan encontrar un radio o un televisor para ver y escuchar la final. Por supuesto, cada uno lo resuelve de manera muy simpática, pero eso implica superar el miedo y las dificultades culturales, no sólo tecnológicas, porque en el filme se describen sus actividades cotidianas, pero a la vez se muestra el gusto por el futbol, que se puede practicar en medio del desierto o de la selva y nos lleva a imaginar lo importante que puede ser en los sitios menos esperados. Las dos últimas valen la pena por su rareza e imaginación, que nos señalan que el futbol puede ser una pasión sin necesidad de ser un producto de consumo. A disfrutarlo.

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