Cultura

El planeta de los simios

Por Juan José Lara Ovando

En 1968 el director norteamericano Franklin J. Schaffner contaba cómo un grupo de astronautas (encabezado por un maravilloso Charlton Heston, 35 años antes de que Michael Moore lo acabara al criticarlo como defensor del uso de armas en Fahrenheit 9/11) acababan en un planeta desconocido después de tener que realizar un aterrizaje forzoso en lo que parecía un planeta desolado, pero que en realidad estaba habitado por una sociedad de simios inteligentes que en su condición de especie dominante habían esclavizado a una raza humana salvaje e incivilizada. Ésa era la premisa de la película El planeta de los simios, que partía de una novela del escritor francés Pierre Boulle, escrita cinco años antes y que le agenciaba otro éxito (al igual que a Schaffner), pues previamente había escrito El puente sobre el río Kwai, también llevada a la pantalla con excelentes resultados.

La película, convertida merecidamente en un clásico del cine, fue todo un éxito en su momento, tanto de público como de crítica, y eso propició que surgieran no sólo las inevitables secuelas (cuatro en total, concluidas en 1973 y que a medida que se filmaban progresivamente empeoraban, desde luego ya no era el buen artesano de Schaffner el director). Sin embargo el éxito temático fue tal, que se produjeron un par de series de televisión, una con Roddy McDowall repitiendo su papel de Cornelius, el simio intelectual y la otra de animación.

La historia se exprimió tanto que ya no se volvió a saber nada de ella hasta que en 2001, tras varios intentos fallidos en los 90, se estrenara un remake a cargo de Tim Burton. El filme resultó muy taquillero, lo que indica que el tema sigue llamando la atención, pero tanto la crítica como el público terminaron vapuleándola. Con ese resultado Burton se negó a hacerse cargo de alguna secuela y se perdió la continuidad y la integración de una franquicia.

Con estos antecedentes llegamos a El origen del planeta de los simios, que más que una nueva secuela es una precuela, es decir, una historia previa a las de las películas anteriores, lo cual se ha vuelto casi una moda, no hay más que voltear a Batman, X-men y hasta Stars wars. Dirigida por un cineasta joven británico llamado Rupert Wyatt, que recibe una gran oportunidad, la historia se finca en un joven científico, Will Rodman, que trabaja para una empresa farmacéutica en la que dirige una investigación genética que desarrolla un virus benigno para recuperar el tejido deteriorado del cerebro humano.

Will intenta encontrar una cura para el alzhéimer, enfermedad que padece su padre, utilizando a los simios para los experimentos. Pese a sus avances, el proyecto se paraliza debido a la supuesta inestabilidad del virus, motivo por el cual Will decide seguir investigando desde casa junto con Caesar, un simio bebé, el único superviviente del proyecto. Pero para su sorpresa, el fármaco está produciendo unos resultados inesperados, y Caesar empieza a experimentar una evolución tan notable que llega a pensar, incluso a hablar, pero principalmente a intentar liberarse del dominio de los hombres y para ello a liderar a sus compañeros, una buena cantidad de simios hartos del castigo y las rejas que los hombres les han impuesto, por lo que Caesar terminará por cambiar el transcurso de la historia.

La pregunta básica de la primera película que nunca se contestó en toda la serie fue: ¿cómo es que los simios llegaron a dominar la Tierra? Y siendo así ¿cómo es que llegaron a dominar a los humanos? Ésa es la pregunta que se intenta contestar en esta película que narra el origen de esa dominación. La respuesta es interesante: los simios logran dominar a los hombres porque pueden aprovechar y utilizar una investigación científica que los favorece y que en cambio a los hombres les va a perjudicar porque los conduce a una epidemia.

No se trata de ninguna investigación en la que se juega a ser Dios y se logra ser un superhéroe, sino de algo que al mismo científico le afecta y lo vive de cerca, con su padre. Tampoco es un cambio que se dé a toda prisa, de hecho nos lleva toda la película y muchas de las cosas las tenemos que inducir porque todavía no han llegado, pero ya son parte de la explicación, es decir, que la historia la estamos viendo pero no la concluimos, llegamos apenas al inicio, ahora tenemos que imaginarnos o esperarnos a que si haya una secuela en la que nos digan cómo van a llegar los simios de San Francisco a Nueva York y cómo se van a imponer a los hombres, pues lo que hemos visto es un enfrentamiento, nada más, y la verdad es que cuesta trabajo creer que los simios han ganado tan fácilmente.

No cabe duda que la historia de estos simios si da de que hablar, es atractiva, pero la película no es precisamente lo mejor, no se trata de una gran obra. Si bien lleva una buena narración, es sumamente predecible, uno puede ir adivinando lo que va a pasar y lo peor es que sí se le va acertando.

Los efectos especiales son buenos pero con una narración tan larga se opaca un poco su impresión. Las actuaciones de plano son muy malas, aún tratándose de James Franco, a quien vimos recientemente en 127 horas (Boyle), como de todo el equipo. Obviamente el único que resalta es Andy Serkis, que interpreta a Caesar, después que ya fue Gollum (El señor de los anillos) y King Kong. De modo que no queda una gran sensación, no sé si porque el tema ya esté muy manejado, incluso cuando aquí su exposición sea muy aceptable, faltan novedad y suspicacia, no puede negarse una recomendación, pero aún así la cinta del 68, sigue siendo el clásico de la serie.

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