Cultura

El regreso al centralismo

La política y la ciencia

Por: Marta Gloria Morales Garza

Actualmente, en el escenario nacional hay muchas noticias que, por su gravedad, resultan importantes, y que quizás aluden a signos de un nuevo régimen que se está consolidando. Además del terrible caso de Guerrero, otros eventos recientes nos dan luces sobre este fenómeno.

Uno de ellos es la aprobación de la reforma política, que en realidad es un conjunto de 30 reformas constitucionales, mismas que manifiestan claramente un signo de centralización en todos los ámbitos, desde la recaudación de impuestos, hasta la evaluación y contratación de los maestros.

La promulgación de una legislación penal única para el país y el ámbito propiamente electoral también se han visto afectados por esta reforma. El signo revelador que se deduce de todo esto es el desmoronamiento del modelo federal, con el poder de los estados, para regresar al modelo centralista del siglo XIX.

El debate es ¿cuál era la mejor forma de organizar un país?, ¿una república federal o un régimen unitario? En el contexto internacional, la mitad de los países de América Latina son unitarios, mientras que la otra mitad son federalistas; México, por su parte, siempre ha sido federal en el discurso, pero bastante cercano al centralismo en la vida cotidiana, sin olvidarnos de las pugnas entre las élites políticas locales.

Sin embargo, ahora, México es claramente un Estado centralista, unitario; las reformas constitucionales de, por lo menos, los tres años anteriores están visiblemente encaminadas a en ese sentido. Como cereza del pastel está la propuesta del PRI de eliminar a los diputados de representación proporcional. Esto denota un regreso a una visión unitaria del sistema y, además, monopartidaria. En consecuencia, insisto, y aunque tenemos exclusivamente signos, probablemente estamos ante un cambio de régimen.

¿Qué hay respecto a los órganos electorales? En este aspecto, los panistas se equivocaron, pues son corresponsables de esta ley; los priistas —intencionalmente, quiero pensar— lograron que los panistas se equivocaran, aunque quizá nadie erró y ambos grupos querían aprobarla. En fin, se trata de una reforma mal hecha, muy apresurada, llena de inconsistencias tanto a nivel federal como estatal.

En el caso del Tribunal federal, como reza el dicho mexicano, “el gato volvió a caer parado”. Los magistrados electos pertenecen uno al PAN y dos al PRI; con un claro predominio de priistas, la distribución de sus aptitudes tampoco es halagüeña: mientras que uno tiene experiencia electoral, carece de experiencia procedimental; mientras el otro tiene experiencia procedimental, adolece de experiencia electoral; al tercero, quien además es el que preside, no se le conoce experiencia alguna en el ámbito electoral y no conoce de derecho procedimental.

Se trata de un consejo complicado. De hecho, cumple con las expectativas que previamente había planteado: está totalmente partidizado.

¿Cómo le hicieron para cambiar el procedimiento y quedar igual? ¿Cómo es posible que en este país se brinquen todas la reglas, hagan todos los cambios, y  de todos modos ganen? Sin duda, nuestros políticos gozan de una creatividad fantástica.

Cuando las reglas no coinciden con las prácticas —que de alguna forma son también reglas— se genera una suerte de tensión que va a ser ganada por las prácticas o por las reglas según la historia, la historia de quién gana.

En este país, las prácticas ganan sobre las reglas, porque nuestro Estado de Derecho es muy débil. En la reforma político-electoral, a pesar de que los partidos no intervenían, lo hicieron… y ganaron.

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