Cultura

El toque final

Por Juan José Lara Ovando

La última película de la serie es la mejor. Eso ya lo habíamos escuchado con el cierre de la trilogía de El señor de los anillos y, también, con el cierre de la segunda serie de Stars Wars. Episodio III. Así fue, resultaron excelentes conclusiones y magníficas películas, al grado que valió la pena esperarlas y en el transcurso, aguantar un poco alguna de las previas, con tal de disfrutar un final indudable. En la serie de Harry Potter, la más larga de las citadas, con ocho películas, eso no desmerece, el cierre es estupendo, lleva a un clímax que eleva toda la serie, como si toda hubiera tenido el mismo nivel siempre.

 

A ese fenómeno se le llama hype, que es como una programación anticipada (en realidad publicitaria) que para los fans implica una fidelidad incondicional pero que en realidad no tiene más razón de ser que la de la propia esperanza del aficionado, el absurdo convencimiento impuesto desde lo mediático de que la última, por ser la última, tiene que ser por fuerza la mejor.

 

El director David Yates pasó a ser el director oficial de la franquicia desde que tomara las riendas de Harry Potter y la orden del Fénix (07), hasta la presente Harry Potter y las reliquias de la muerte. Parte 2, dirigiendo cuatro películas en total. Antes, Mike Newell, habitual artesano británico en Hollywood, había firmado la notable adaptación con Harry Potter y el cáliz de fuego (05), capaz de bascular sin despeinarse entre el romance de instituto y la insinuación gore, y de ahí a la espectacularidad de unos juegos olímpicos en su versión para magos. Antes, incluso, Alfonso Cuarón había dejado su impronta en Harry Potter y el prisionero de Azkaban (04), por mucho la más completa, decisiva en el viraje hacia el tenebrismo posterior, y antes, Chris Columbus había firmado las dos primeras en perfecta sintonía de un público infantil al que todavía se dirigían. Todo en un lapso de 10 años, de noviembre de 2001 a julio de 2011.

 

Las principales aportaciones de Yates a la saga de Harry Potter han sido, sobre todo, tres: 1) un progresivo trabajo estético para envolver sus películas de oscuridad y tonos lúgubres, paisajes desangelados que adivinan la llegada de una Edad Oscura; 2) dotar a estas de una contención narrativa más cerca de la pausa que de la prisa, hasta el punto de flirtear con el tedio (Harry Potter y el misterio del príncipe, 09) y reducir la trama hasta el mínimo esencial que permite exploraciones más atmosféricas (Harry Potter y las reliquias de la muerte. Parte 1, 10); y 3) confundir la compleja y tortuosa configuración psicológica de sus personajes con la severidad excesiva, con una total ausencia de humor, elemento recomendable incluso a la hora de abordar un Apocalipsis mágico.

 

Esta segunda mitad del último episodio funciona como perfecto complemento de su anterior: la pesadumbre ambiental da paso al fragor de la guerra, las encrucijadas morales y personales dan pie al destino asumido de cada uno. Lo singular es que Yates, por primera vez en cuatro películas, decide dar rienda suelta a un ímpetu narrador que diluye su acostumbrada moderación a cambio de un sinfín de atropelladas visiones, flashbacks e interrupciones varias de la batalla que amenazan con desesperar al palco en la espera del consabido enfrentamiento último entre Harry Potter y Lord Voldemort.

 

Dicho de otra manera, presenta esta octava entrega cierta irregularidad en lo que cuenta y cómo lo cuenta, y de paso desvela la poca mano del director para dotar de entidad a sus escenas de acción, a sus momentos más decisivos (por ejemplo, el casi anecdótico final de Bellatrix Lestrange (Helena Bonham Carter) sin mayor chiste, o el blanco paseo de Potter junto a Dumbledore en una suerte de limbo semiconsciente). Todos ellos, en torno a una contienda en Hogwarts que no rehúye ecos de la de grandes fragores épicos, pero que dista de capacidad de inmersión profunda, hasta el punto de relegar la muerte al mero daño colateral que sólo cobrará importancia dramática tras el caos.

 

Afortunadamente en esta segunda parte ocurren muchas cosas, y el diseño de producción alcanza una belleza y un grado de calidad que ni siquiera necesita de las tres dimensiones para ser disfrutado en todo su esplendor. Con interpretaciones impecables, incluido el regreso de Alan Rickman (Severus Snape) a un primer plano espléndido, y todo el cuadro de actores con una grandeza y una épica que no tienen nada que envidiar a ninguna otra serie (sobre todo la de El señor de los anillos, tan elogiada en interpretaciones), por fin la serie de Harry Potter consigue quedarse grabada en la retina del espectador hasta un punto que no alcanzaron los capítulos previos.

 

He ahí la paradoja última que esconden los Harry Potter de David Yates: el drama que podían apuntar los crecientes paralelismos con el ascenso y poder de los totalitarismos (la progresiva inmersión en la oscuridad, equivalente a la de otros regímenes reales) y sus devastadoras consecuencias particulares, fueron, en algún momento, extirpados por la propia densidad del relato para sólo insinuarse en Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 1.

 

En su continuación, la expectativa del gran final podría estar imponiéndose, claramente, a un final de épica menos memorable de lo deseado, pero sus multitudinarias escenas y emotividad en la victoria final, como en el epílogo feliz plasmado en un plano-símbolo con que se despide reiniciando la fábula en el andén del ferrocarril ante una añorada educación de magia y con unos padres que ya recorrieron esa camino varios años antes, le da un cierre melancólico, medio chocante pero ilusorio y expectante.

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