Cultura

‘En Cuerpo de Bolero’

Maeña jamás imaginó el deterioro de Carmen Delia. Esa mujer apasionada y delirante se había convertido en un saco de huesos con ojeras. Con enorme pesar reconoció que no iba a ser fácil reanimarla.

Todo empezó con un bolero. El alma del perturbado celoso no escucha la poesía en el bolero. Rebusca, pellizca, araña la superficie y se queda ahí, inventando historias; historias que arma a partir de un estribillo, un verso o una sola palabra. Así es, una sola palabra en un bolero bastaba para que Vicente imaginara a Carmen Delia abriéndoles las piernas a sus amantes, tocándolos con lujuria, besándolos gozosa y complaciente, planificando encuentros con viejos y nuevos amores. Le enardecía no dar con la clave, no poder descifrar el enigma de esa mujer que lloraba a mares cuando cantaba o escuchaba boleros.

Y es que para Carmen Delia el bolero era su único credo. Era oxígeno, sangre, vida. Y encontraba en las voces de Javier Solís, Agustín Lara y Carmen Delia Depiní a los profetas de su única religión. En su habitual delirio, ese día Carmen Delia cantaba “solamente una vez, amé en la vida”. Vicente tenía claro que él no era ese amor, que Carmen Delia nunca lo había amado, que ella accedió a casarse con él por su asedio. Tenía claro que seguía ahí solamente porque él no le daba el divorcio. Sabía que siempre y cuando ella tuviera acceso a la música, él y lo que él hiciera, le eran indiferentes.

Y cometió el peor error de su vida. Buscó un bate de madera e hizo añicos al tocadiscos. También aplastó todos los discos de boleros que pudo. Desde ese día, Carmen Delia empezó a morir. Dejó de comer. No hablaba. No dormía. Su mirada estaba perdida, lejos en una distancia impalpable e indescifrable. Caminaba por la casa como sonámbula, sin consciencia del rumbo, desprovista de voluntad. Era un cuadro conmovedor verla consumiéndose sin sueños, ni voz ni sonidos. Así pasaron muchos días.

Vicente le pidió mil perdones, llenó la casa de flores y hasta tuvo la insolencia de llevarle serenatas de boleros noche tras noche. Cuando la metía en la cama, Carmen Delia se dejaba desnudar y abría las piernas sin forcejeo ni protesta. Se desparramaba como muerta. Y él no podía.

Su miembro no reaccionaba ante esa mujer, que aún dentro de su triste estado, no dejaba de tener un encanto excesivo para los ojos de Vicente. Por más que intentó tocarse y rozarla, Carmen Delia estaba fría y ausente mientras su sexo permanecía flácido, muerto. Ella seguía en el mismo estado catatónico. Empeoraba según trascurrían los días. Desesperado, Vicente acudió a la Maeña, esa amiga que él detestaba porque no toleraba que ella y Carmen Delia se quisieran tanto.

—La mataste, pendejo de mierda.

—Maeña, sólo dime que vas a ayudarla.

—Voy a intentarlo con una condición. Déjame lidiar con ella a mi manera. No te metas. No me jodas.

Maeña jamás imaginó el deterioro de Carmen Delia. Esa mujer apasionada y delirante se había convertido en un saco de huesos con ojeras. Con enorme pesar reconoció que no iba a ser fácil reanimarla. Maeña empezó a visitarla todos los días. Llegaba cargada de alimentos y no se iba hasta que Carmen Delia tomara, aunque fuera unos bocados. Mas permaneció muda. Pero la Maeña no se dio por vencida. Le hacía cuentos de sus tumultuosas aventuras amorosas, de su etapa de hombre y del día que salió del closet y decidió vivir y asumir la vida como la mujer que siempre se sintió ser; libre y abiertamente. No reaccionaba. Seguía sumida en su mutismo y con la mirada extraviada en el más profundo de los vacíos.

Maeña sabía que, para una mujer hecha de música, hablar no era suficiente. Era urgente regresarla a un mundo de sonidos, trastocar ese fatídico abismo. Se propuso recrearle una nueva pasión, acercarla poco a poco a un renacer fresco. Pero, ¿cómo podría lograrlo?, se preguntaba angustiada. En un flashback desfilaron por su memoria vivencias interactuando con Carmen Delia. Y en un momento de absoluta lucidez, creyó haber encontrado la respuesta que tanto buscaba.

En ese recorrido en el tiempo, la vio sentada en una máquina de coser haciendo un traje de novias cuando ella apenas tenía quince años. Sin titubear ni un instante, buscó la máquina de coser que Vicente le había prohibido usar tan pronto se casaron, pues hasta de las clientas la celaba y resentía las atenciones y detalles de Carmen Delia con ellas. Sin ocultar su alegría, la Maeña colocó la máquina en el centro de la enorme cocina que daba al patio.

Y empezó a pedalear, procurando que el sonido de la máquina y el roce del pedal despertaran el interés de Carmen Delia. Pasaron muchos días en los que mientras le hacía cuentos, le daba con rapidez al pedal de la máquina. Maeña notó que Carmen Delia se quedaba absorta escuchando esos sonidos. Fue de compras por telas vaporosas. Esa tarde, cuando regresó a verla, las colocó al lado de la máquina con mucha naturalidad. Y así pasó el tiempo hasta que un día Carmen Delia se paró y calladamente se sentó en la máquina.

Primero cortó la tela en tiras muy largas. Luego empezó a coserlas de arriba a abajo. Entre pedaleada y pedaleada murmuraba de manera muy queda unm, unm. Maeña seguía trayendo cortes de telas y Carmen Delia enseguida los hacía tiras. De los murmullos pasó a decir pequeñas frases cantando. Hasta que un buen día, mientras Maeña regaba las plantas en el patio, la escuchó claramente cantar “amor es el pan de la vida”. Eufórica, Maeña fue hacia ella, la acunó en sus brazos y así abrazadas y llorosas cantaron a dúo “amor es la copa divina”.

Finalmente, Carmen Delia habló por primera vez en meses. “De ahora en adelante, tráeme telas y encajes blancos”. Empezó a coser una colección de vestidos de novia. En tanto más cosía, más recuperaba la voz y su baúl de boleros. Carmen Delia hablaba exclusivamente con Maeña. Frente a Vicente cantaba boleros hasta enronquecer. Por las noches desfilaba frente a él vestida de novia y cantaba. Vicente se moría por tenerla en sus brazos. Y ella se acostaba cantándole boleros. Pero su pene no le respondía.

Una noche, Carmen Delia desfiló modelando un vestido largo y blanco de encajes que confeccionó durante el día. Entró a la habitación cantando a todo pulmón, “amor es un algo sin nombre que obsesiona a un hombre por una mujer”. Vicente hurgó en su sexo para acallar esa voz que lo enloquecía, pero el canto pudo más que su mano. “Yo estoy obsesionado contigo… Y por más que se oponga el destino, serás para mí, ¡ay para mí!”. Pero ése no iba a ser para él su destino. Ya Carmen Delia se había hecho su propio destino.

 

*Originaria de las Matas de Farfán, República Dominicana, es educadora por vocación y autora del libro De Greñas y Amores.

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