Cultura

Ensamble africano Amlima brindó espectáculo de calle

Dentro de las festividades del 40 Festival Cervantino en Querétaro, los artistas africanos se apoderaron de Plaza de Armas

Foto: Yunuen Banda Calixto

Por: Luz Marina Moreno Meza

Tres hombres de raza negra, de gran dimensión corporal y cabello trenzado en rastas, abrieron plaza frente a Palacio de Gobierno, entre los espectadores del 40 Festival Internacional Cervantino en Querétaro.

Fue aquí donde se presentó el grupo de origen africano conocido como Ensamble Amlima.

Con pantalones bombachos, el pecho únicamente cubierto con unas cintas cruzadas y unos aros sobre los hombros de los que colgaban barbas, estos tres hombres que paseaban con sus zancos, desafiaron el equilibrio al intentar hacer algunas acrobacias.

Los hombres agigantados desaparecieron para después reincorporarse en el escenario acompañados de tambores y de aquel instrumento similar a un rallador de quesos que ellos llamaron “tingue, tingue”.

 

Con sus baquetas comenzaron a marcar el ritmo para dar inicio a sus percusiones; otro hombre que subió al escenario –totalmente vestido de blanco con túnica y un sombrerete– fungió de intérprete en la presentación, ya que los artistas únicamente articulaban algunas palabras en español: “Ésta es la última llamada”, dijo aquél.

Los cuatro hombres africanos, con sonrisas plasmadas en sus rostros, comenzaron a percutir sus tambores, sacudiendo las manos a un compás alegre lleno de vida, muy de esa gente de “sangre caliente”.

 

Dos hombres y cuatro mujeres más se unieron al ambiente musical.

Las mujeres se colocaron detrás de los seis percusionistas, su visibilidad se complicaba, fueron las maracas que zarandeaban lo que dio rastro de su presencia; éstas estaban cubiertas por sus ropas blancas que las cubrían sin dejar pancitas de fuera. Sus cabellos cortos también eran contenidos con trencitas alrededor de la cabeza.

Aquella combinación de manos y baquetas que azotaban en los tambores fue acompañada por los gritos de las mujeres, que parecían únicamente emitir sonidos sin ton ni son, pero al fusionarse con el tamboreo alcanzaban la reproducción de una música agradable para el oído de los observantes, quienes lo hacían con detenimiento y hasta una posible admiración ya que con sus teléfonos celulares grabaron y fotografiaron lo que se presentaba ante sus ojos.

 

Entre los presentes resaltaban caras de jóvenes y adultos, estos últimos mayores de 40 años, que de vez en vez vitoreaban “¡venga!” y aplaudían ante los movimientos de cadera ejecutados tanto por los hombres como por las mujeres.

Por su parte, no abundaban los niños entre el público, sin embargo ocasionalmente fue posible ver la cabeza de alguno entre la multitud e inclusive encima de las sillas.

 

Remadores imaginarios

A las 8:20 horas las mujeres que ya habían descendido del escenario regresaron, pero esta vez para ser el centro de atención, ya que cada una de ellas en sus manos cargaba un par de vasijas similares a robustos melones.

Salieron al escenario fingiendo un cotilleo entre ellas, de fondo los tambores acompañaron su acto. Las cuatro se hincaron en la parte frontal del escenario y movieron sus vasijas pretendiendo estar recolectando agua a la orilla de un río imaginario.

 

Después de que éstas bajaron, uno de los hombres más robustos, de espalda ancha y torso marcado, se aproximó a uno de los micrófonos y saludó en español pese a que su lengua es el francés: “Buenas noches, buenas noches”, lo que generó que la gente respondiera de la misma manera y con buena actitud.

Con sus palabras y con ayuda del traductor, expresó lo mucho que México le gustaba, agregando que le gustaría volver cada año. A la par se refirió a la gente del país caracterizándola como alegres, divertidas y amables. Hizo una dinámica con el instrumento reconocido como “tingue, tingue”; comenzó a cantar y a pronunciar esta repetición de palabra y pidió a los sentados que repitieran con él.

 

La gente animosa siguió el canto que inmediatamente se hizo de la compañía de los golpeteos de los tambores y de más palabras que el hombre robusto prosiguió emitiendo; “Tingue, tingue”, repitió la gente. Esta aparte acabó y aquel hombre regresó a su lugar.

Subieron nuevamente tres hombres con otras percusiones que colgaban de sus hombros; detrás de ellos tres mujeres que también cargaban su tambor.

Ellas portaron pantalones bombachos y blusas igualmente en manta, haciendo contraste con los hombres que dejaban al descubierto el abdomen al usar unas blusas que tan sólo les llegaban a la cintura.

 

Los pies descalzos fue lo único que les permitió unificarse en el danzar que trazaron sobre el escenario.

Como este acto de baile y representación, los mismos seis, más uno, realizaron otro en el que vistieron trajes en color azul marino y adornados con unos rombos.

En sus manos cargaban unos remos de madera en colores llamativos; los tambores y sus agitados sonidos les permitieron representar un acto de pesca en el que fingían ser los remadores, que movían intempestivamente los brazos para romper el agua con aquellos remos.

 

A través de casi dos horas este grupo de Togo, únicamente con 11 integrantes, amenizó a la audiencia, presente la noche de octubre en Plaza de Armas, quienes continuaron pendientes de los actos, percusiones y coloridos del grupo Ensamble Amlima, éste caracterizado por hacer espectáculo de calle.

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