Cultura

Futbol y literatura, bandera de la Argentina para Sacheri

Por: Juan José Rojas

Diálogo con Eduardo Sacheri, ganador del Oscar y el premio Alfaguara

Cuando Tarantino y Almodóvar aparecieron en el escenario del Teatro Kodak para entregar el Oscar ganador a la mejor película extranjera, Eduardo Sacheri huyó hacia un pasillo del recinto, como una cábala. De esas cábalas que hizo su selección en México 86… esa misma cábala que él hizo cuando Gary Lineker anotó el gol que avistó un posible empate entre ingleses y argentinos en el estadio Azteca. Cábala que aplicó con devoción divina en la casa de sus suegros (donde veía el partido por televisión) según narra en su texto “22 de junio de 1986”.

-The winner is… ¡El secreto de sus ojos!- grita Almodóvar.

-En ese momento me volví loco- recuerda, entre risas, Sacheri siete años después.

Como en aquella tarde del 86 en una casa de Castelar, en la que Sacheri se aisló del partido Argentina-Inglaterra los minutos finales del juego, la cábala funcionó. El gol de Lineker no sirvió de nada y Almodóvar exclamó la victoria del largometraje dirigido por Juan José Campanella y escrito por Eduardo Sacheri.

No es casualidad que su amplia trayectoria como cuentista e historiador derivaran en que su primera novela fuera la base de la película que en 2009 obtuvo un galardón de la Academia, ni que su último libro ganara el Premio Alfaguara. Sus puentes se izaron, entre sus ambientaciones y recorridos neutros, o su forma de escribir tan parecida a su forma de hablar. Tampoco es casual la facilidad con que Benjamín Chaparro (en la película Benjamín Espósito) transita de primera a tercera persona con una sutileza impecable en “La pregunta de sus ojos”. O que sea de “El Rojo”, Independiente de Avellaneda, “rey de copas”.

Sacheri llega en punto de las 9:20 de la mañana a la terraza del Gran Hotel, en el corazón del Centro Histórico de la capital queretana. Gracias al contacto de Pablo Cheb, director de la revista argentina ‘Un Caño’ y con el que hice amistad durante mi estancia en Buenos Aires, pude concertar una plática con el autor de “Aráoz y la verdad”. Eduardo prologó la antología que la revista publicó en el 2011 con un texto titulado “Sueños compartidos”, una ventana para exponer su pasión por el futbol y su entendimiento con el juego por el juego mismo.

-A pesar de que llevo poco tiempo aquí, lo que he visto de Querétaro me parece una ciudad muy muy interesante- explica Eduardo, con el ritmo de quien no lleva prisa en alardear emociones.

Sacheri deambula con cadencia en la palabra, te somete a la desamparada soledad con que Benjamín Chaparro recorre la vida tras su jubilación y que desemboca en la ahogada y melancólica historia de Morales. Sus personajes tienen la estrecha relación de convenir en diálogos tan ajustados a la realidad que es fácil sumergirse en la lectura, así como sus artículos y cuentos de futbol que tienen la romántica épica que expone Roberto Fontanarrosa en ‘El viejo y el árbol’.

Su fascinación se ubica en la habilidad humana de los locos para engrandecer los relatos (no en balde ejerce como profesor de historia). Tal como lo explica su artículo “Una de escorpiones”, donde ubica su gusto por la acrobacia de René Higuita en el carácter. “Yo no podría hacer eso bajo ninguna circunstancia, y quizá por eso me obsesiona esa jugada.” expone Sacheri.

Debo confesar que muchas veces me identifiqué con “Pintura en aerosol”, el cuento que narra al chico “que es Gallo desde pibe” y que en el límite entre Morón y Castelar pinta sobre una barda un letrero de fidelidad con los colores de su equipo. Sí, Gallo -sin ese-. En “El secreto de sus ojos” Sacheri escribió que “un tipo puede cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar: no puede cambiar de pasión.

Aquel equipo de segunda división no tendría un sustituto equiparable. “Mirá vos” expresa Sacheri al conocer que el mote del equipo de la ciudad que visita (Querétaro) es Gallos -con ese- y que durante años se aferró a crisis similares a las del Gallo de Morón.

Su nueva novela, ‘La noche de la Usina’ (Premio Alfagura 2016), también explora la crisis, esta vez una crisis política, contrario a la crisis existencial que Benjamín Chaparro experimentó durante años en los tribunales de Talcahuano. La noche de la Usina se ambienta en O´connor, un pueblo ficticio que se ubica en el período del “corralito” en el 2001, cuando el entonces presidente argentino, Fernando de la Rúa, restringió el acceso a cuentas corrientes para no dejar sin fondos a los bancos, lo que derivó en una crisis económica y social, que situó una inestabilidad política en la que hubo cinco presidentes en una semana. El eje central de la historia recorre la revancha de los vencidos en aras de restablecer la situación, mejor dicho, su situación…

 

-¿Qué es ‘La noche de la Usina’?

-Mirá, es un policial, un poco rural en el sentido de que está ambientado en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, con el telón de fondo de esa gran crisis económica que hubo en la Argentina, pero es una historia, cómo decir, una búsqueda de reparación porque sus protagonistas que han sido estafados en esa situación de la crisis financiera, buscarán resarcirse recuperando el dinero que les robaron…robándolo. Así de simple. Robándoselo a los ladrones, entonces, es un policial un poco imperfecto porque sus protagonistas no son ladrones, sino que ya están un poco desesperados.

 

-Quizá y robaron porque ya no había algo más en este escenario. Juan Villoro en su reportaje “La alfombra roja” escribe que no hay peor crisis que la falta de expectativas…

¡Coincido! En la Argentina, digamos, si bien la crisis explotó a fines del 2001, se venía ya los últimos años arrastrando en una inercia oscura y dolorosa que es precisamente en donde arranca esta historia y sus protagonistas tienen un sueño de generar un negocio que dé trabajo en su pueblo… por eso la desilusión cuando son estafados. “No solo, nos han robado, sino que nos han cerrado la puerta de hacer el proyecto que queríamos hacer”.

 

Sacheri reconoce cierto nivel de torpeza en sus personajes, con toda la intención de dar una voz tímida. Sus protagonistas de pronto se sumergen en una idea compleja del mundo, en el que los detalles y la tracción subliman cierto carácter introspectivo para dar vida al personaje.

 

-Esta novela te llevó a ganar el premio Alfaguara (que han ganado Tomás Eloy Martínez, Xavier Velasco, Elena Poniatowska, Laura Restrepo) y escribiste –o coescribiste- el guión de ‘El secreto de sus ojos’, un adaptación de tu novela ‘La pregunta de sus ojos’. En ese sentido, entre el Alfaguara y el Oscar, ¿hay un premio que te cause mayor satisfacción? Entendido, claro, que el Alfaguara es más relativo a tu entorno, el de la literatura, pero el Oscar con toda la situación mediática que representa…

Claro, son distintos el algún punto, digamos… el Oscar fue muy muy importante en mi carrera, porque me abrió numerosísimas puertas, incluidas también las literarias. Pero claro, con su impronta cinematográfica me permitió instalarme en el mundo del cine como guionista de un modo muy interesante. Lo que tiene el premio Alfaguara es esto, es verdaderamente literario… 100 por ciento literario, entonces eso me genera una alegría muy fuerte porque es como el mundo que siento más propio, más mío, el de escritor.

 

En “El último de los últimos” publicado en ‘Las llaves del reino’, Eduardo Sacheri describe a Juan Román Riquelme como un exquisito cuando casi todos han renunciado a serlo, “usa el tiempo y la velocidad ajena para lo que necesita”. Igual que Riquelme, Sacheri se mantiene inexpugnable con lúcida exquisitez, ronda los desiertos de la palabra con la que su compatriota recorre las canchas, se mueve con displicencia y autonomismo. Al momento de hablar, su voz grave se mantiene con una meticulosa cadencia que invita a dar una segunda oportunidad “al opio de los pueblos”… tomar algo y recordar al “bocha”, Juan Román, Menotti o Valdano. O a los que de alguna manera sirvieron un banquete intelectual al servicio del balompié: Montalbán, Villoro, Javier Marías, Galeano, Fontanarrosa, Vargas Llosa.

 

-En tu texto “Los momentos vividos” escribes: “Siempre me gusta preguntarles a las personas por qué se hicieron hincha de su club. Me encanta, me deslumbra”. En tu caso. Cómo se hizo Eduardo Sacheri hincha del “Rojo”, de Independiente de Avellaneda…

 

Por mi padre, en Argentina es muy fuerte la cuestión de la herencia. Los padres solemos insistir mucho en que nuestros hijos sean de nuestro club y mi padre no fue la excepción. Él a mí me hizo del Rojo… de hecho no vivo cerca del estadio de Independiente –el Libertadores de América- vivo como a cincuenta kilómetros, me crie a cincuenta kilómetros y sigo viviendo a cincuenta kilómetros de ahí, pero como te digo es tan, tan fuerte la impronta familiar que bueno… y de hecho mi hijo es tan Independiente o más que yo. Y seguro me avisa mediante mensajes de texto los resultados de Independiente todo el tiempo, aún esté en volando, en los cielos. (Sonríe).

 

Pese al aura intelectual que rodea a Sacheri, el autor de ‘Papeles en el viento’ no se muerde la lengua al momento de hablar sobre futbol. Jorge Luis Borges decía que “el hombre ha pasado de jugar el ajedrez a jugar al fútbol y eso era un signo de degradación social”. Sin embargo, de a poco algunos escritores han abierto la pluma para ofrecer un soplo de frescura al deporte más popular del mundo. Como si se tratase de una aberración apasionante, Manuel Vázquez Montalbán se veía en el futbol como una bestia de grada y un militante azulgrana, hecho al cual no podía rehuir.

 

-En ‘Los once de la tribu’, Villoro (con quien has presentado muchas conferencias sobre futbol) dice que muchos escritores leen los diarios al estilo de Samuel Beckett: un veloz repaso a los desastres de la tierra y un minucioso estudio de la tabla de goleo…

(Sacheri carcajea) Bueno, creo que es una sinceridad bienvenida. (Vuelve a reír) En realidad lo que creo que sí es importante es que gente de la talla intelectual y profesional de Juan Villoro, o de Roberto Fontanarrosa en Argentina, o del mismo Caparrós, o de Galeano, uruguayo. Esos escritores, pensadores que le dan… digamos… lo que terminan haciendo es legitimando un espacio para la literatura también, lo que lo hace interesante, digamos, si grandes intelectuales se pueden dar el lujo de incorporar el futbol, eso, legitiman esa región de la creación mientras que a lo mejor, 30, 40 años atrás, había sido como un prejuicio, existía una distancia… después tenés a alguien como Valdano, salido del fútbol mismo.

 

-Cuando estuve en Buenos Aires noté la cantidad impresionante de libros que hay sobre futbol, has mencionado algunos muy destacados; tú has escrito mucho sobre futbol. En México será Villoro y algún perdido más, ¿es realmente una etiqueta del argentino?

Seguro, claro. Yo creo que se ha vuelto muy central en nuestra identidad. Ahora cada futbolista tiene su libro. Me parece que es una de las pocas cosas que sentimos los argentinos que hacemos bien. Y es una de las pocas cosas que nos unen. En Argentina es un país donde nos cuesta mucho ponernos de acuerdo y donde nos cuesta a todos cinchar en la misma dirección. Y nos cuesta enorgullecernos por obvios motivos. Y bueno, en el futbol podemos sentirnos orgullosos, cómo decirlo: es algo que nos sitúa en el mundo. Vos decís Maradona, vos decís Messi… y dos oraciones más abajo decís Argentina. Entonces es una de nuestras pocas banderas. No sé si es algo bueno… no sé si es una buena noticia, pero creo que así funciona la cosa.

 

Al escabroso Morales, solo se le pudo encontrar en la única penitencia que tenía por ritual: un estadio de futbol. Fue en la cancha del Racing, histórico rival del equipo de Sacheri, el escritor de la película ganadora del Óscar.

 

-Esta escena donde hablas sobre la pasión en “El secretos de sus ojos” (el tipo puede cambiar de todo… menos de pasión), llama la atención que se haya adaptado al Racing de Avellaneda, eterno antagonista de tu equipo, Independiente…

 

-Sí (al tiempo que Sacheri esboza una sonrisa irónica) en realidad fue por necesidades de guión sucesivas, hubo descartes, no podía ser River Plate, no podía ser Boca Juniors, no podía ser San Lorenzo… y no quería -yo- que fuera Independiente por una cuestión de hacer al asesino, violador, golpeador de mujeres: no lo quería hacer de mi club, sinceramente. Más allá de que fuera una oportunidad de que apareciese mi club en la película (además ganó un Óscar), no quería que mi equipo viviera asociado a ese personaje. Pero lo que se dice de la pasión ahí, digo… creo que la pasión es universal. Y yo no quiero a otra camiseta que no sea la de Independiente, pero entiendo que el hincha de Boca, de Racing, de River ama a su club del mismo modo que yo amo al mío. Creo que es una actitud fanática y equivocada suponer que nuestro amor es de mejor calidad que el de los otros. En cualquier ámbito de la vida. Digamos, muy parecido, aunque tenga otro objeto.

 

-Una pasión compartida…

¡Claro! Cambia el objeto, pero nuestra pasión no. Si no yo no podría escribir de fútbol… o mejor dicho, nada de lo que escribo le gustaría a nadie que no fuera del Independiente, porque solo los de Independiente me comprenderían y no es así. O uno de Gallos. Como te digo, en el subsuelo donde nos encontramos, en ese subsuelo están las pasiones…

 

El pasado mes de junio se cumplieron treinta años del partido Argentina- Inglaterra, un juego que por mucho llevó una carga simbólica al césped luego de la guerra de las Malvinas. El escritor Andrés Burgo escribiría años después que “en el primer Argentina-Inglaterra posterior a la guerra pasaron a ser tropas simbólicas y desarmadas de cada país”, parafraseando la mítica frase de Manuel Vázquez Montalbán. Eduardo Sacheri lo confirmó: “es que yo sentí eso: encaré la guerra de Malvinas como si fuera un mundial, era el año 1982 y viví la guerra como un mundial. Una cosa absurda, pasa que la pasión es una cosa más profunda que el deporte mismo”.

 

22 de junio de 1986, cuento incluido en Las Llaves del reino… ¡Qué cuento además!

El día de la patria, es la pura verdad. (Carcajea Sacheri) –“Maradona recibió un pase intrascendente. Sé que me mantuve en silencio los siguientes segundos, mientras Diego avanzaba por la izquierda gambeteando ingleses. Sé que dejé de respirar cuando se tomó un instante para quedar de vuelta de zurda, después del último enganche, al dejar pagando a Shilton. Y después no sé más nada. Cuando recupero la conciencia, estoy colgado de los barrotes de una ventana, a un metro del suelo, con los pies sobre el alfeizar, gritando como un enajenado, insultando a los ingleses y a la madre que los parió, deshaciéndome la garganta, desintegrándome las cuerdas vocales. O me bajó la presión, o me quedé sin aire, o simplemente la vida volvió a ponerse en movimiento. Lo cierto es que terminé por darme cuenta el sitio donde estaba: …la casa de mis proyectos de suegros, que encima eran tenistas recalcitrantes.” Con el gol de Maradona, el Oscar y el premio Alfaguara, “El rojo” se mantiene entre galardones.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba