Cultura

Galeano

Por: Rafael Vázquez

Conocedor de los temas por los que vale la pena la vida: la utopía, la juventud, la vejez, la política, el fútbol, el amor. Cautivador de profesión y amante de esta Latinoamérica que hoy le llora, hombre de palabras precisas, reflexiones necesarias pero, sobre todo, crítico hasta el último momento en que dejó ésta tierra.

Formidable autodidacta, buscador de las verdades en los ámbitos universitarios pero crítico de la falta de sensibilidad de la academia para llegar a los rincones más lejanos donde los libros no hacen mella y la miseria se palpa con los sentidos, así era Eduardo Galeano.

Escritor de una de las obras que recopilan siglos de la América explotada, el mejor relator de la magia del deporte más popular del mundo, hoy todas las letras serán plasmadas  diciendo lo mismo: Galeano vive y persiste en su obra.

¿Qué es lo que atrae a los jóvenes de ahora a sus letras? No es la prosa tradicional de izquierda (de la que renegó en su adultez en la Segunda Bienal del Libro y la Lectura de Brasilia, en abril de 2014, refiriéndose a su obra más famosa “Las venas abiertas de América Latina” que tildó de “aburridísima”), fueron sus textos cortos, sus cuentos concisos y su defensa a ultranza del amor lo que lo encumbró a convertirse en un clásico.

Parafraseo de memoria a Rosa Montero: los mejores escritores son aquellos que aún cuando escriben de si, escriben sobre todos nosotros; ese era el mejor talento del uruguayo, sus letras tan enmarcadas en el río de la plata podían ser comprendidas y hechas propias desde el Río Bravo hasta la Patagonia.  Eduardo logró su objetivo, fue leído no por la internacionalización de sus libros, sino por su pensamiento internacionalista, heredado de las juventudes socialistas cuando aun era joven.

Crítico del dogma -incondicional sólo a la raza humana de la cual era fervoroso creyente- pudo ser muy duro con la política yanqui pero también se atrevió a arremeter contra la política cubana, totalizadora y falsa dueña única de las verdades del pueblo mientras que a los aires renovadores se les acusa de disidencia. Galeano presentó siempre batalla para defender a los jóvenes que actúan con rebeldía porque esencialmente el discrepar es un acto de amor por los demás, no le temblaron las palabras cuando señaló en una entrevista: “Es muy común escuchar a gente de nuestra generación acusando a los jóvenes de que no tienen nada en la cabeza, de que la política no les importa, de que no son solidarios. Y yo digo, pero bueno, ¿por qué esos acusadores no empiezan por autoacusarse? ¿Qué pasa con los partidos políticos, por ejemplo, que no son capaces de atraer a esos jóvenes? Al fin y al cabo ¿qué es lo que proponen a los jóvenes? ¿Otra vez la obediencia? ¿Que sigan ciegamente a un puñado de personas que mandan y deciden por los demás? Se criminaliza a la juventud, como si ser joven fuera un delito…”

Como intelectual pragmático se encargó siempre de recordarnos la necesidad de percibir lo absurda de nuestra realidad; las ciudades son para las máquinas y no para el hombre (“¿En qué se distingue la violencia que mata por motor de la que mata por cuchillo y bala”?), el abuso de los banqueros y las empresas que endiosamos (“ Las empresas que más éxito tienen en el mundo son las que más asesinan al mundo”), el consumismo (“En esta civilización donde las cosas importan cada vez más y las personas cada vez menos , los fines han sido secuestrados por los medios: las cosas te compran, el automóvil te maneja, la tv te ve”), la educación (“ Ya no es necesario que los fines justifiquen los medios. Ahora los medios, los medios masivos de comunicación, justifican los fines de un sistema de poder que impone sus valores a escala planetaria. El Ministerio de Educación del gobierno mundial está en pocas manos. Nunca tantos habían sido incomunicados por tan pocos.”).

El uruguayo comentaba a fines del siglo pasado: “Han pasado los años, el siglo está muriendo. ¿Cuál es el mundo que nos deja? Un mundo sin alma, des-almado, que practica la superstición de las máquinas y la idolatría de las armas: un mundo al revés, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies”,  ¡cómo no vamos a sentirnos los mexicanos identificados con el mundo que retrata Galeano!, tenemos al alcalde misógino que roba poquito –y por ello ganó las elecciones- existe hoy la tradición de los líderes sindicales dirigiendo hordas de trabajadores miserables desde sus autos de lujo, los políticos se llenan la boca de palabras como “austeridad, honestidad, transparencia” mientras sus propiedades se les desbordan de las manos gracias a las prebendas a empresas particulares.

Pensándolo mejor Galeano bien pudo haber sido queretano y sus letras pudieran haber hablado de nuestro pueblito: candidatos a Gobernador, uno que entrega su declaración patrimonial en sobre sellado y oculto a los ojos de la población, el otro que “olvida” declarar terrenos millonarios, las inundaciones puntuales de cada año en nuestras calles y las declaraciones también precisas de las autoridades: “fue una cantidad de lluvia atípica”, el Querétaro tildado de ultra catolicismo y las campañas políticas llenas de referencia a las familias tradicionales… e irónicamente el Estado en el que se señala los “moches”, el gusto por la parranda y a las prostitutas de  nuestra clase política (¡Quién sabe cuánto presupuesto del erario se habrá colado por algunas tangas empapadas de sudor!).

Mientras este México que ahuyentó al mismo Dalí (“De ninguna manera volveré a México. No soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas.”) siga teniendo las “Patas arriba”, leeremos a Galeano como si leyéramos una escalofriante autobiografía.In memorian, querido compañero.

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