Cultura

Guillermo Velázquez y el arte de ser trovador del destino

Por Miguel Mejía H.

Para Guillermo Velázquez Benavides (Xichú, Gto., 1948) la poesía decimal campesina ejercida en el huapango arribeño es un proceso comunicativo, donde el ejercicio poético resalta desde la improvisación, y se suelen abordar temas noticiosos para hacer un análisis y se emite una opinión, la cual es escuchada por el auditorio.

El huapango arribeño está muy arraigado en la zona media de San Luis Potosí y la zona de la Sierra Gorda, que comprende los estados de Querétaro y Guanajuato.

El trovador o poeta toca la quinta huapanguera y se hace acompañar de dos violinistas (primera y segunda vara) y un vihuelero. La estructura del huapango es la poesía, la valona y el jarabe o son.

La poesía es preparada y tiene una planta, en la valona es donde se realiza el ejercicio de improvisación y en el jarabe o son se brinda música muy alegre para finalizar una melodía, donde el público zapatea.

Además de presentaciones en diversos foros, la tradición arribeña se ve manifiesta cuando se realizan enfrentamientos entre dos poetas y sus respectivos músicos. Se le denomina “topada”. Donde los contendientes aprovechan su turno para trovar e improvisar en jornadas muy largas que suelen durar hasta entrada la mañana del día siguiente, siendo el público quien determine qué poeta ganó la contienda.

Sin duda Guillermo Velázquez es uno de los grandes exponentes del huapango arribeño, quien comenzó su carrera artística en la década de los setenta.

La narración siguiente se realizó en su estudio, donde el poeta era acompañado por su perra llamada “Patatina”, que es una criolla con genes de Pastor Alemán. Ahí los libreros están repletos de discos, libros y una gran gama de juguetes tradicionales.

En la pared de fondo relucen sendas fotografías, una de ellas de John Lennon. Atrás del poeta está su computadora, donde atrapa sus versos.

La narración es ilustrativa y de entrada hay mucha pasión y si uno se esfuerza un poco puede encontrarse con la esencia narrativa del poeta:

Juglaría en pleno siglo XXI

Más que insistir en el fenómeno de que ahora se ha reducido su área de influencia, de presencia, yo subrayaría el hecho cultural, histórico de que persista la juglaría, de que no solamente sobreviva sino que tenga absoluta vigencia. Es decir, el parámetro en este caso no tendría que ser precisamente cuantitativo.

Esto me lleva también a otra reflexión: Yo creo que los criterios sociológicos, antropológicos, históricos para abordar un fenómeno como el de la juglaría, el de los trovadores, el de las músicas tradicionales, va mucho más allá de los conceptos convencionales. Soy un creyente de que en el hecho de vivir, de existir; en el hecho de nuestro planeta, del cosmos y del universo, cada vez me convenzo más de que hay una especie de urdimbre que nos trasciende como individuos y yo no sé si sea la suma de la voluntad creadora de todos como especie, que a pesar de los pesares sigue apuntando hacia lo que tendrían que apuntar siempre todos los ímpetus: hacia la creación, la construcción, la expansión de lo mejor que como especie somos y tenemos.

Ahí ubico la sobrevivencia o la persistencia de fenómenos como éste del que estamos hablando y que tiene que ver finalmente con valores como el de la manera primordial de comunicarse por medio de la palabra, por medio de la emoción expresada desde la gestualidad y la corporalidad, hasta el mismo tono de voz, el canto, la inteligencia puesta en juego en la versificación, la sensibilidad; son valores de ese tipo que están y siguen presentes porque no podemos prescindir de ellos.

En efecto, se da un proceso comunicativo integral. Que más allá, y otra vez aludamos a lo que ha sido característico de los últimos años, más allá de todo el acceso que tenemos a herramientas de “comunicación” como el Internet, los iPods, las microondas –todavía hace unos años el fax era un asombro o el Twitter– y todo eso está rebasado. Pero junto con eso persiste toda esa manera primordial, básica, emotiva de buscar comunicación con nuestros semejantes y ahí es donde yo me instalo.

Pienso que el ejercicio trovadoresco de la palabra, de la comunicación, en estos tiempos y en nuestro país está a contracorriente de lo que sucede con el poder mediático. El poder mediático muchas veces no prioriza la verdad de las cosas, prioriza intereses y es deseable que los trovadores no prioricemos intereses sino los ímpetus profundos de donde mana un verso o un pregón.

Otras tradiciones juglarescas

El huapango arribeño es parte de lo mismo. Poco antes de 1998, en uno de los primeros encuentros de trovadores de varios países del mundo, que hubo en las Islas Canarias, porque me brotó de pronto la inquietud, le pregunté a Yvette Jiménez de Báez –que es una investigadora del Colegio de México, que es sumamente inteligente y ha escrito libros sobre Juan Rulfo y se especializa en el tema de la escritura, de la palabra– por qué esta especie de revitalización, de este resurgimiento de la juglaría y yo mismo traté de darle elementos y le pregunté si no sería que frente a la estandarización y a todo el fenómeno globalizador era muy importante preservar la diversidad y valorar fenómenos como el del canto improvisado que está más allá de la rigidez, más allá de lo que se convierte en un asunto estático, inmóvil y la improvisación está en el terreno de lo espontáneo, en el terreno de lo que está brotando siempre de una manera nueva y distinta.

Aunque medie una técnica para la improvisación, aunque medie un método para hacerlo, es un oficio. Pero de cualquier manera, frente a la estandarización el fenómeno del canto improvisatorio resalta la creatividad, resalta la diversidad hasta en la manera de improvisar en distintos puntos del mundo.

El poeta nace o se hace

Ahí surge el tema famoso de la inspiración. Pienso que, y es entrar en la discusión de si un poeta nace o se hace. Soy partidario, como alguna vez lo comenté con Alexis Díaz Pimienta: se nace haciéndose. Creo que por toda esta urdimbre maravillosa de que hablé hace un momento, quienes venimos hermosamente, milagrosamente, privilegiadamente al hecho de vivir, al hecho de existir, no venimos de la misma manera. Creo que traemos cada uno de nosotros una especie de impronta, una especie de don que nos corresponde descubrir y nos corresponde cultivar para ponerlo al servicio de los demás.

No podemos todos ser músicos, no podemos ser todos poetas, no todos podemos ser peluqueros o zapateros o panaderos o carpinteros. Pero qué bueno que haya toda esa diversidad porque nos podemos dar los unos a los otros. Por ahí lo veo. Siento que sí se nace con una especie de predisposición a algo: a la escritura, a la composición, al trabajo manual, a la inteligencia pragmática o especulativa o creativa y le corresponde a uno desarrollar lo que le corresponda. Es decir, no pongo encima a un músico de un carpintero, no pongo encima a un carpintero de un buen chófer, no pongo encima de un albañil a un pintor.

También se da esa relación entre los músicos y el poder. Sobre todo en el caso de algunos artistas, pienso que sí llegan a concentrar un poder, que es de otra índole, pero sí es un poder por lo menos de convocatoria, un poder que consiste en que mucha gente, a veces millones, convierten a un artista en referente, en referente emocional, en referente vital. A cuántos nos gustan, por ejemplo, las canciones de Joaquín Sabina, con toda especie de sordidez, a veces, o de ambiente de bar, de amor, de desamor, de pasión.

Este tipo de artistas han llegado a tener una universalidad indiscutible, es decir, un poder. Pero es un poder de un signo luminoso, en muchos casos. Pero hay también, y aquí entramos en otro fenómeno, el fenómeno de que es posible fabricar “artistas” que lleguen efímeramente a convertirse en referentes pero solamente para lucrar. Ellos o quienes los manejan.

Yo no estoy en contra de que un creador potencie echando mano de las herramientas que estén a su alcance, su trabajo creativo, pero no estoy de acuerdo en que un creador someta, subordine, supedite su trabajo creativo a toda la parafernalia y principalmente más allá a todo este asunto, que he reiterado constantemente, del lucro, de la ambición, de la fama.

El destino huapanguero

Yo no sé si para todos los huapangueros sea un asunto consciente el asunto del destino. Pero si se verbaliza es porque de alguna manera ha estado presente hasta el día de hoy. Y tiene que ver con lo que decíamos del don, con el que uno nace. En este caso destino sería sinónimo de vocación. Sinónimo de aquello para lo que alguien nace o cree haber nacido al llegar a la existencia, eso es. Puede también, en algunos casos, mitificarse un poco; siento que a veces tienden a mitificarse mucho ciertas áreas de la cultura, particularmente los creadores populares, etcétera. Siendo que la realidad de los creadores populares o no, es una realidad humana, de contradicciones, de luces y sombras, de mezquindades y grandezas. Pero creo que en algunos oficios, en los que sí de una manera especial se destilan ciertas cosas. Y creo que en la vocación y el oficio de ser artista sí se destilan de una manera particular varias esencias que no son fácilmente perceptibles en otras vocaciones o en otros oficios.

El destino para los huapangueros, y más en los años anteriores, hace 30 ó 40 años, asumir el destino era asumir no solamente un medio para sobrevivir, un medio laboral, sino era asumir la consciencia de que haciendo música y versificando estás haciendo algo importante para los demás: haciendo fiesta, haciendo jolgorio, alegrando a unos novios en una boda, consolando a los dolientes de un angelito en un velorio y esto a costa de caminar cinco, seis, siete u ocho horas para llegar a un compromiso y eso a costa de comer lo que fuera, donde fuera, de cansarte mucho y de recibir muchas veces cariño, gratitud, reconocimiento de la gente que te invita a tocar, que te reconoce –pues de alguna manera un don– y que lo valora y te apapacha muchas veces.

Mi encuentro con el destino ya lo he platicado muchas veces. Pienso que de alguna manera yo estaba predestinado, pero no llegué de una manera ordinaria, ni por las rutas “naturales” sino que tuve que dar un rodeo, pero finalmente el poder de ese destino, del que hablamos, me puso en una encrucijada en la que se me reveló y lo asumí. Y lo asumí gozosamente, pero no fue fácil.

Mi encuentro con la música se remonta quizá a los siete u ocho años, lo he reiterado muchas veces: en una boda, de rancho, donde vi a unos músicos tocar y me impresionó oír esa música rara y desconocida. Después tuve otros encuentros con la tradición hasta que finalmente me atrapó en su red, eso fue en síntesis lo que sucedió conmigo y ya de que empecé a ejercer la tradición o a sentirme depositario de ella ya y asumir esa responsabilidad, ya hace más de 30 años.

Pero el Xichú de mis evocaciones es otro. –Mi hijo Vincent se burla amorosamente de mí porque cada que me refiero a esto evoco al Xichú de los años cincuenta, yo nací en el 48. Pero el Xichú de los años cincuenta y principios de los sesenta todavía fue Xichú para mí edénico: de casas de tejamanil, de paredes de adobe, de abuelos y abuelas que todavía tenían muy fresca la memoria de la Cristiada, de la Revolución. Conocí a mi abuela y otras viejitas de Xichú de enaguas largas, de sacos, de seguros, de misa los domingos con zapatos de charol.

Era el Xichú de los ranchos sin carreteras todavía; de muchachas auténticamente rancheras que bajaban los domingos a la misa de 12, con sus vestidos intensamente color de rosa o amarillos y que iban a ver la lista de los nombres en el correo a ver si les había llegado una carta. Era el Xichú sin luz (energía eléctrica) donde nos aluzábamos con velas de parafina. El Xichú al que empezaron a llegar los radios Majestic que traían los primeros norteños que salían y donde empezábamos a oír los niños las novelas de Chucho el Roto, de Felipe Reyes en la vieja W con la programación maravillosa que tenían.

El Xichú de las calles todavía de tierra, de jugar a los encantados, a los hilitos de oro, de esperar la fiesta del 4 de octubre con las bandas de músicos, que no eran las de ahora que hacen show, eran los músicos –usando un adjetivo de López Velarde– los músicos astrosos: de huaraches, de jorongo, de sombrero que llegaban a ejercer su oficio al quiosco igual que el que echaba los chicharrones o el que amasaba el pan para que nos lo comiéramos; o sea que asumían su oficio de la manera que estamos hablando: como un don al servicio de los demás; o está el carcamanero, que es uno de mis personajes favoritos, ése es el Xichú que para mí pervive en mi corazón.

El Xichú de la actualidad, no digo que me sea indiferente, pero no es con el que tengo vínculos tan profundos, tan emotivos, como con ese que estoy describiendo. A muchos de los jóvenes y niños de hoy ya no los conozco. De alguna manera aquel Xichú que sigue viviendo en mi imaginación es el que sigo habitando, porque creo realmente no dejamos de ser niños nunca, a pesar de que como en mi caso, yo empiece a ser anciano.

La preparación de un poeta y la relación con el periodismo

Para prepararme en la labor poética es fundamental tener los poros siempre abiertos, darle seguimiento al acontecer y esta parte es particularmente periodística, tiene que ver mucho con el periodismo, con la crónica, estar en una actitud, sobre todo es asunto de actitud, estar en la disposición permanente de recibir noticias, de procesarlas, de relacionarlas una con otra para formarte una opinión y para finalmente verterla en el molde, en mi caso, de la poesía y pregonarla frente a un público.

Y no es un caso particular, recuerdo a un poeta que acabo de ver en Puerto Rico hace unos días, que es Yeray Rodríguez; es un hombre de menos de 30 años, doctor en Filología, catedrático de la Universidad de Las Palmas, pero que al mismo tiempo es un extraordinario trovador que está siendo –y otra vez aquí digo que personajes como él tienen una misión que cumplir en relación con su propia tradición– es un personaje que tiene muy claro lo que está pasando en su país. Él tiene muy claro de dónde viene, a qué país pertenece, qué es lo que ha significado en las últimas dos décadas la inversión excesiva en la hotelería turística en la privatización de las playas de su país, en la construcción desaforada de hoteles y con décimas, con música, está contando, está haciendo crónica de lo que está pasando en su país. Y no porque es un doctor en Filología, sino porque es un hombre sensible, porque es un artista, porque es un trovador.

Y yo me pongo en ese mismo caso. No tengo doctorados, tengo a lo mejor un poco más de escolaridad que de algunos de mis pares en la región, pero mucha menos escolaridad de la que tiene Yeray. Y lo que hago no es fruto de una escolaridad, es fruto de una vocación artística y sensible, y eso es lo que hago permanentemente: tener los poros, los ojos, la sensibilidad y la inteligencia abiertos. Y estar atento, puedo asegurar que a lo largo del tiempo, como pudo parecer, salvadas las distancias, con un Manuel Buendía, con un Granados Chapa, con gente que escribe columnas periodísticas y que hace análisis –salvadas las distancias–, un trovador también puede llegar a tener capacidad de discernimiento.

Capacidad de saber cuándo una noticia está recibiendo un tratamiento que no es manipulado, cuando sí, cuando no, etcétera. Uno desarrolla también una especie de instinto. Pero eso es solamente un área de las cosas.

Hay trovadores y trovadoras, también pienso que algunos nacemos no para cantarle prioritariamente al tema amoroso o no prioritariamente para trivializar la trova que hacemos en bien de complacer, de la sonrisa fácil.

A estas alturas siento que lo me corresponde es lo que he venido haciendo desde hace 30 años, porque no me ha quedado de otra, para mí la prioridad de mi poesía es mi país, es la gente a la que pertenezco. Y todo lo que tiene que ver con esa gente a la que pertenezco. Últimamente empecé a cantar una poseía que tardó un poco en convertirse en escritura, pero que un viaje a Puerto Rico y otras circunstancias me ayudaron a que aflorara, es una poesía que, dice la planta:

Del México florido y espinudo

les traigo –en este caso que fui a Puerto Rico- a Puerto Rico un abrazo

soy trovador, juglar, estoy de paso

y lo que siente mi alma lo trasudo.

Yo quiero suponer y desearía

que México no sea en sus corazones

un cártel de mafiosos y bribones

porque el narco y el crimen a fe mía

son el estereotipo que hoy en día

sustituye con creces no lo dudo

al del charro cantor y pistoludo

y al del indio, el cactus y sombrero

les hablo como poeta y guitarrero

del México florido y espinudo…

Porque lo que digo, al cantar esa poesía, no siento pertenecer al México de Carlos Slim, al México de las cúpulas del poder, me siento pertenecer al México de abajo, al México de ras del suelo –y esto es una frase de Pablo Neruda en “Confieso que he vivido”– al México florido y espinudo. Por eso digo en otro verso:

No niego que hay problemas, sí, los vemos

y se han agudizado últimamente

pero ni somos un cero al cociente

ni vamos a dejar de hundir los remos

carácter y grandeza los tenemos

para sortear el trance peliagudo

hoy se nos hace bolas el engrudo

pero si nos armamos de coraje

aflorara la entraña y el linaje

del México florido y espinudo.

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