Cultura

Guten tag, Ramón

Por: Juan José Lara Ovando

¿Podría usted pensarse en un país extraño, hablando con una persona -cada uno en su idioma- sin posibilidad alguna de entenderse? Por supuesto que no puede tratarse solamente de una sola plática, sino de una larga estadía con personas con las que no se puede comunicar porque nadie habla la misma lengua que usted. Es decir, no es Estados Unidos porque, aunque no sepa inglés, hay muchos mexicanos y latinos que sí hablan español; pero en otro país y con otra lengua, se está perdido, se es completamente extraño.

Pareciera que el mundo se reduce a los Estados Unidos cuando nos referimos al primer mundo y de migrantes se trata; en el caso de la película Guten tag, Ramón (Buenos días, Ramón), dicha ubicación se encuentra en Alemania, un país donde no hay migra y al que se puede entrar sin problema con un pasaporte, y donde no tan rápido lo regresan, aunque -en este caso- el personaje del título quería regresarse al día siguiente y finalmente lo deportan cuando él ya no pensaba en esa posibilidad; es decir, lugar de condiciones diferentes, no meramente propicias.

Ramón es un muchacho de un pueblo duranguense en medio del desierto, donde la mejor posibilidad de sobrevivir es migrar al gabacho; de otra forma, el recurso que queda es integrarse al narcotráfico local, donde ya sabe que a todos los que ingresan los matan en muy poco tiempo, como le sucede a un amigo y al mismo Chiquis, el capo local. Sin embargo, su preocupación principal son su madre y su abuela, de quienes él es el único encargado de alimentarlas y comprarles sus medicinas, por lo que constantemente lo están retando a que tome valor y se vaya, pues -al mismo tiempo- temen que se integre al trabajo del Chiquis, en el que no duraría mucho. Esas circunstancias obligan a Ramón a intentar atravesar la frontera ayudado por polleros, pero después de cinco ocasiones, con la desilusión del fracaso, decide otra opción que le da su cuate del pueblo, al recomendarlo con su tía (un conocido que lo recomienda con una conocida, como todas las redes de pueblo) que vive en Alemania, sitio inimaginable para un muchacho de 18 años.

De modo que el bracero frustrado viaja en avión a Frankfurt y de ahí en tranvía a Weisbaden, siguiendo todas las instrucciones que vuelven relativamente fácil (si lo comparamos con la odisea de ingresar a los yunaites) llegar a su destino; eso sí, con la mala fortuna de no encontrar a la conocida que buscaba e iniciando así una situación angustiosa, de completo abandono en un mundo desconocido y cerrado, para él -además- inhóspito, pues no se puede comunicar con nadie dado que desconoce el idioma.

Si a eso sumamos que Ramón no cuenta ya con dinero, se encuentra en pleno abandono; la mejor idea que tiene es regresar a México, pero como debe pagar el importe del adelanto de fecha, debe permanecer en Alemania. No encuentra otro recurso que pedir limosna. Sin saber cómo, se va asociando a un grupo de viejitos a quiénes, por separado, sirve de mandadero. La señora termina encariñándose con él al notar su fragilidad: no tiene dinero, ni alimento, ni un alojamiento, ni ropa para el frío, ni un lugar para pedir limosna, pero sí una amable sonrisa y disposición para ayudar y trabajar. Ella termina llevándolo al sótano del edificio en que vive para que ocupe un lugar, lo promueve como mandadero del edificio, pues es un sitio de ancianos y él corresponde servicial, dando un poco de alegría y unión a gente solitaria, hermética e introvertida, aunque muy educada, a quienes incluso termina dando clases de merengue.

El resultado es la amistad, fundamentalmente entre Ramón y Ruth, la señora alemana, de modo que este filme de migrantes no sólo evitó pasar por Ciudad Juárez, sino que se aleja de ubicar problemáticas económicas y sociales para tratar otras que podríamos nombrar humanas. Lo que va rescatando la cinta asombrosamente (porque parecen estar olvidadas o pasar a segundo plano) son situaciones humanas en donde lo que predomina es el respeto hacia las formas de vida que va surgiendo entre los personajes, la solidaridad que se presenta en dos mundos infranqueables cuya frontera sólo la amistad puede superar, sobre todo cuando se trata de una situación personal. Esa conexión profunda que logran los personajes rompe cualquier barrera. Es lo que sostiene esta película y lo bello que tiene; la vuelve muy atractiva y verdaderamente disfrutable, porque además está muy bien contada, su ritmo es preciso, está bien estructurada, las actuaciones son muy buenas: qué decir de Kristian Ferrer, que se echa la película al hombro, pero también de Ingeborg Schöner, conmovedora y sólida. Además, la fotografía es extraordinaria para marcar la fuerza de los dos mundos en que convive el personaje, “un río lleno de bosques con castillos” según lo define Ramón de Alemania.

Si bien Guten tag, Ramón es una película totalmente recomendable, es necesario apuntar algunas acotaciones: se evita entrar en problema alguno (nada de la migra, sólo colateralmente el narco, situado por un cementerio nuevo con muchas tumbas, todas igualitas); incluso se intenta disminuir los que pudiera haber, por ejemplo, algunos alemanes no fueron nazis; un final feliz que resuelve todos los problemas, que no tuvieron importancia en el relato, pero que -por arte de magia- desaparecen, tipo película de Frank Capra (¡Qué bello es vivir!, 46); uso de lugares comunes, los alemanes son fríos, los mexicanos alegres; imprecisiones como el hecho de que no baile duranguense sino que lo hace bailar merengue, eso es inexistente; ciertas exageraciones como escuchar al paso de cualquier puerta un disco de Jorge Negrete o encontrar en cualquier tienda chiles y tortillas. El tequila y la Corona sí son comunes. Cuestiones que le bajan credibilidad a la cinta y que le van a dar poca consideración en la crítica. Pero de que es disfrutable y fresca y sin dudarlo puede ser recomendada, eso es definitivo.


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