Cultura

Houellebecq, Ibargüengoitia y Onetti

Las lecturas del búho

Por: Rubén Cantor Pérez

Cada libro representa una lucha entre una fuerza y otra, no necesariamente entre el bien y el mal, eso es algo muy trillado. A propósito escogí estas tres recomendaciones; la primera de un autor francés, la segunda de un mexicano y la tercera de un uruguayo.

Es un surtido variado para distintos tipos de lectores. Cada uno de los libros tiene un gran valor literario y convendría leerlos todos. Todos estamos experimentamos en algún momento de nuestras vidas el miedo a la muerte, la vergüenza de la clase política y la desgracia de la enfermedad.

Los adioses (1954)

El uruguayo Juan Carlos Onetti (1908-1994) le dedicó esta novela corta a la poeta Idea Vilarino, con quien tuvo un romance. La trama es sencilla: un exitoso basquetbolista llega a un pueblo serrano para someterse a un tratamiento de tuberculosis. El pueblo se vuelve testigo de una serie de devaneos entre el paciente y dos mujeres que llegan al pueblo a visitarlo, una mayor —se presume que es la esposa— y una joven—según ellos la amante—.

Ambas entran en la novela por medio de correspondencia, la cual es administrada por un almacenista chismoso. Primero viene la mujer y una semana después es el turno de la joven. Las visitas se repiten sólo una vez y el final crea un embrollo que termina por llenar de curiosidad a los habitantes del pueblo.

El verdadero protagonista de esta novela es el lector, quien conoce las acciones a través de los testimonios de los pueblerinos. Ellos mantienen sus propias versiones de los acontecimientos y es el lector el que tiene el poder de decidir qué es lo que realmente sucede.

Como toda la literatura onettiana, el ambiente es pesimista y opresivo, pero guarda en todo momento detalles pintados con ternura y bondad que hacen soportable esa sensación de fatalidad.

Un libro de no más de cien páginas que se vuelve trascendental conforme se lee, porque nos habla del miedo más grande de la humanidad a partir de la Ilustración: la muerte.

Los relámpagos de agosto (1964)

Ya estamos cerca de la celebración por la Revolución Mexicana y al caso viene esta novela, también muy corta, del guanajuatense más cómico del siglo pasado (dejando a Vicente Fox fuera, porque en realidad nació en el Distrito Federal): Jorge Ibargüengoitia (1928-1983).

Su obra fue una inmensa comedia pero su vida terminó en tragedia, al morir en un accidente de avión en España. Ibargüengoitia supo asimilar la podredumbre de la sociedad política mexicana gracias a su pluma irónica, con la que interpretó la Independencia de México (Los pasos de López) y la Revolución Mexicana.

En cuanto a bibliografía sobre este último hecho histórico, no conozco un material que nos hable tan transparente y directamente de lo que fue y desencadenó esa revuelta nacional.

El general José Guadalupe Arroyo protagoniza una historia satírica que quita el velo oficial de esa falsa versión que los libros de historia nos han querido vender. Comienza con una nota del protagonista, quien explica que el texto es su versión de lo que nos dejó la Revolución Mexicana.

Por azares del destino, es elegido secretario particular del presidente de la República. Sin embargo nada sale como él quiere: camino a la Ciudad de México se entera de la muerte del presidente y por una tontería, en el cementerio, echa al lodo al que será nombrado presidente interino.

Las cosas se le salen de control y una serie de situaciones hilarantes y absurdas se levantan ante Guadalupe Arroyo. Es testigo del nacimiento del PRI y así descubre los intereses mezquinos que le dieron vida.

Al terminar la novela, uno como lector se pregunta ¿por qué creerle a un libro de texto gratuito cuando lo que nos dice Ibargüengoitia tiene más sentido de acuerdo a lo que es el político mexicano hoy en día?

Las partículas elementales (1998)

Por último, pero no menos importante, les recomiendo esta obra maestra de “la primera star literaria [francesa] desde Sartre”: Michel Houellebecq (1956).

Dos hermanastros, Michel y Bruno, tienen una existencia triste que cada año se vuelve más pesada y lastimosa. Su madre compartida los abandonó desde chicos para irse a una comuna hippie en California y sus respectivos padres quedan fuera de la escena casi al mismo tiempo.

Michel es un físico-biólogo que está a punto de obtener el Nobel y Bruno es un profesor de literatura. Los dos tienen sus propios problemas y lidian con ellos de formas poco ortodoxas. Michel vive en una especie de abstemia sexual y trabaja para generar una procreación similar a la proclamada por Un mundo feliz, de Huxley, donde existe la inseminación artificial y selectiva. Bruno está divorciado y tiene un hijo al cual ignora; es un adicto a la pornografía y la prostitución que sufre por no contar con la habilidad de amar.

Houellebecq nos muestra el resultado de la revolución científica y de la crisis de la religión: el ser humano está desamparado al desplomarse la concepción de la vida después de la muerte y su única salvación está representada por el deseo (avaricia y lujuria). Dios ha dejado desprotegidos a sus hijos y la Ciencia no parece llenarlos de felicidad.

La fuerza destructiva que el retrato que Houellebecq nos brinda puede hundirnos o simplemente envalentonarnos para buscar nuestra razón de ser en esta vida y así poder caminar erguidos en medio de este mundo que la ciencia ficción alcanzó.

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