Cultura

Hugo Gutiérrez Vega toma asiento

Por Rubén Cantor Pérez

Al morir el poeta Alí Chumacero (1918-2010) había quedado vacía la silla XXXIV de la Academia Mexicana de la Lengua. Por lo que a petición de José Pascual Buxó, Ernesto de la Peña y Vicente Quirarte se eligió al literato Hugo Gutiérrez Vega, quien forma parte del Consejo Editorial de este semanario.

Se convierte en la tercera persona en ocupar esa silla, pues antes de Chumacero estuvo Francisco González Guerrero (1889-1963).

El abogado de formación nació en Guadalajara en 1934 y ha desempeñado un sinnúmero de puestos diplomáticos, académicos y culturales. De su amplia obra poética se cuenta con alrededor de una treintena de libros.


Como universitarios tenemos la obligación de conocer quién es este sobresaliente personaje, quien fue Rector de nuestra institución de 1966 a 1967 y defendió su autonomía, mediante la “toma del Patio Barroco”, el cual estaba en manos de la Parroquia de Santiago. El roce con la Iglesia católica local motivó su corto periodo en Rectoría, pues la sociedad conservadora de esa época no vio con buenos ojos ese atrevimiento.


También le debemos la fundación de la compañía teatral de los Cómicos de la Legua y la creación de la Escuela de Idiomas, que después se transformó en Instituto de Idiomas. Estas iniciativas se debieron a su amplia cultura y vasta visión de mundo, obtenida en sus viajes como embajador de México.

 

En el 2010, la UAQ le rindió un merecido homenaje creando el Premio Internacional “Hugo Gutiérrez Vega” a las Artes y las Humanidades. Pero mejor homenaje pienso que es el que le rinden los estudiantes y la sociedad en general cada que nos visita –ya sea en una conferencia, seminario o al recibir una condecoración–, cuando llenan los auditorios y escuchan atentamente sus agradables pláticas, que lo mismo pueden versar sobre literatura de la Revolución Mexicana que de lo molesto que es la comida típica norteamericana (hamburguesas, sándwiches, hot dogs, palomitas, etc.), la cual se queda incrustada con todas sus fuerzas en los dientes y es odioso tener que luchar con la lengua como herramienta para desprenderla.

 

En alguna ocasión que acudí a escucharlo se describió como un güero de rancho, de esos que nacen en Los Altos de Jalisco. Y es tal el cariño con el que habla de su tierra que dan ganas de conocer esos rumbos. Es la cualidad que tienen los buenos oradores de generar imágenes en la mente de los asistentes, al igual que lo hacen al escribir.

 

Una mente lúcida sin duda, que condimenta sus charlas con detalles que dan lugar a la risa y la reflexión al mismo tiempo. Esa voz que transmite experiencia bien ganada y que como todo personaje polémico intercala comentarios políticos, critica la situación de nuestro país, el cual está sumido en una grave crisis institucional, partiendo de que nadie confía en las instituciones (¿quién sería tan ingenuo para hacerlo?). Así como en su paso por Rectoría se ganó enemistades con la Iglesia, actualmente, con una administración federal panista, se muestra de izquierda y justifica su postura política para callar bocas.

 

El arte comprometido con su tiempo es el que realmente embellece el espíritu, de que nos sirven grandes pensadores encerrados en su torre de marfil. Lo que necesitamos son voces, como la del también poeta, Javier Sicilia, la cual lamentablemente fue apagada por una violencia que sume todo en oscuridad. Ahí es cuanta más falta nos hacen esos faros, como el que ahora está sentado alumbrando la Academia Mexicana de la Lengua.

 

Por esto, en lugar de esperar una solución “mágica” para solucionar este desastre que es México, por parte de los partidos políticos, deberíamos poner atención a las emisiones de esas lumbreras, aquellos personajes que nos regalan versos para hacer esta vida más soportable. No busquemos respuestas en esos discursos acartonados y falsos de los que manejan a su antojo este barco.

 

La próxima vez, esperemos que sea pronto, que Hugo Gutiérrez Vega dé cátedra en nuestra Universidad, no habría mejor recepción para el ocupante de la silla XXXIV de la Academia Mexicana de la Lengua que un grupo mayor de personas dispuestas a cambiar el país a través de la palabra y no por medio de las armas o el dinero.

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