Cultura

Jazz en Querétaro: una receta para la esclavitud

Por: Juan Rojas

En 1983, Antonio Trilla recorría las calles de Madrid con algún afecto a la sorpresa, es por eso que entró a un modesto café en donde se topó con Julio Cortázar leyendo un periódico. “Sabía de su rechazo a las entrevistas, pero también sabía que, como el gran cronopio que era, guardaba cuotas parejas de humor, generosidad y «buena leche» y que, como buen gato de jazz, amaba la improvisación”.

“Escucho dos o tres discos de jazz por día, pero jamás pongo música mientras hago otra cosa. Los que compusieron esa música no lo hicieron para que fuera un «fondo musical» sino para que lo oyéramos con la misma atención con la que leemos un libro…” explicó el escritor argentino aquella tarde a Trilla.

Cortázar, sin decirlo claramente, definía que para celebrar un festival de jazz era necesario un lugar tranquilo y barroco… Entonces, ¿el centro histórico de Querétaro podría cumplir con los requisitos para precisar la atención de un seductor piano?

El periodista español, Juan Diego Quesada, escribió una crónica para El País llamada “La última parranda de Ronaldinho” (la cual contrastaba la poca vida nocturna que ofertaba la capital queretana en comparación con la fiesta que demandaba el astro brasileño); en donde narró que Querétaro era como una ciudad en la que hay más librerías que discotecas, en donde los poetas recitan en la calle.

Aquí los jubilados bailan danzón en una plaza floreada y los feligreses se amontonan en las iglesias a la hora de la misa. Un ambiente propicio para que el Centro Histórico fuera la casa del sol naciente el lunes 21 de julio para Javier Bátiz. Con un sonido pulcro, su lírica habilidad le permite aún ejecutar la guitarra como quien tiene electricidad armónica en los dedos.

La semana no permite marginar las pasiones, y el jazz, fiel a su estilo individualista y cautivo, mantiene la mirada sosa en la improvisación, un modo más de su protesta y que se apega a sus raíces negras, de la influencia africana y de la creación. Creación que desde la profunda miseria pasa a convertirse en una expresión elegante: música creada en Nueva Orleáns a finales del siglo XIX y principios del XX por esclavos negros que se dedicaban a la plantación de algodón.

Tal vez por eso el festival funcionó con éxito en la modesta ciudad del acueducto, pues en algún imprevisto o cambio de ritmo se alteran las emociones de la cotidianidad.

Así, el miércoles la gente que se congregó en Plaza de Armas miró y escuchó con hipnótica atención a Earl Thomas, quizá no tanto por su seductora voz, sino porque respondía a la caótica duda que se siembra en nuestra confundida razón y que apelaba a los años en la que los esclavos trabajaban por choza y comida: “What About Me?”.

Sin tener una respuesta clara, el público se acerca a la lona, con el piso mojado y el ambiente bohemio de una noche de lluvia. Ese sonido elegante que atrapó a decenas de personas era muestra de que la música fue el mejor sustito de la esclavitud.

 

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