Cultura

Josef Mengele

Por: Juan José Lara Ovando

El extraño nombre de Wakolda da título a una película argentina sobre la figura del llamado ángel de la muerte, el médico nazi Josef Mengele, tristemente célebre por experimentar cambios físicos y genéticos con los judíos cautivos en el campo de exterminio de Auswichtz, tratando obsesivamente de encontrar la perfección humana que sólo la raza aria tenía, según los nazis, pero que la ciencia podía imitar a través de procesos de transformación.

Sin embargo, Wakolda no hace referencia a Mengele sino al nombre de una muñeca de plástico elaborada manualmente. El subtítulo de la película, Médico alemán nos sitúa en la actividad del personaje sin hacer explícita nunca una actividad de servicio que dé calidez a su caracterización, por eso he decidido titular este comentario develando el nombre del personaje, que en el filme es un misterio dado el rol enigmático del médico.

En el verano de 1960, en la desértica Patagonia argentina, aparece un individuo que pide acompañar a una familia que se traslada a la turística región de Bariloche, donde se convierte en el primer inquilino en hospedarse en el hotel de la misma familia a la que acompañó —que acaba de adquirir el inmueble— donde se esconderá un tiempo de sus perseguidores cazanazis del Mossad, apoyado en su dinero para pagar su estancia sino para financiar el proyecto de hacer muñecas en serie.

Dicho individuo resulta ser un médico alemán que resulta atraído por la hija del matrimonio que lo hospeda, pues es una niña que, a diferencia de todas las demás en esa inhóspita zona, tiene las características perfectas de la belleza aria (su madre es de origen alemán) pero con un defecto que llama su atención: es de estatura pequeña, más bajita que las niñas de su edad, lo que despierta su interés en experimentar.

Entre tanto, se va desarrollando la ambigua relación de amistad-atracción entre el doctor y la niña, que afirma una cierta fascinación entre la ciencia y la belleza; van apareciendo otros personajes de una vecindad preocupantemente dominada por otros nazis fugitivos y por sus ideales, lo que con preocupación expresa la rara pero excesivamente tolerante aceptación de connivencia con los alemanes provenientes del nazismo, a los que se les dio franco apoyo para establecer colonias muy desarrolladas en una suerte de encubrimiento político.

Por eso vemos cómo se potencia una atmósfera enfermiza acorde, como las comunidades cerradas, donde el colegio alemán es un microcosmos del nazismo, como también lo es la fabricación de muñecas artesanales con cabello humano, que replican los tenebrosos experimentos y manipulaciones, que tuvieron en ese doctor su máximo exponente.

En cualquier caso, el foco está puesto sobre todo en Mengele, y como tal su protagonismo evita un total antagonismo y es forzosamente humanizado, en una estrategia cuya eficacia es probablemente mayor que la de una operación inversa, demonizando esquemáticamente al personaje en cuestión, con lo que poco se sacaría en claro recordando sin mayor sentido la perturbación y la perversidad extremas de ese hombre.

Semejante a la armoniosa mirada de la niña, donde solamente resalta su curiosidad y ganas de vivir, la directora Lucía Puenzo (ya con cierta experiencia y nominada al Oscar a Mejor película extranjera por XXY, 07) se mueve con una asombrosa delicadeza sobre los aspectos escabrosos, creando imágenes estéticamente poderosas cargadas de sugerencias y doble sentido, basada en una historia de ficción de una novela homónima escrita por ella misma, en las que permanentemente entrecruza datos reales acerca del exilio de jerarcas nazis que después de la guerra eligieron la Argentina como lugar para ocultarse, prefiriendo el sur del país, donde contaban con admiradores y protectores.

Puenzo pone su mirada en un asunto complejo y controvertido como la presencia de comunidades filonazis argentinas en esa época y al mismo tiempo instala los temas que ya encontramos en realizaciones suyas anteriores que giran sobre las visiones primerizas del cuerpo propio y el de los otros.

No obstante el jugoso material del que parte la directora, el film no termina de cuajar debido al talante acomodaticio y complaciente de su creadora. En su aséptica, comedida y elegante dirección, la argentina olvida impregnar el relato de energía, emoción e intensidad que permita al público no olvidar la película a los pocos minutos.

Puenzo prefiere regodearse en las virtudes de las localizaciones y la puesta en escena, incluyendo el desconcertante momento final del avión en el aire, antes que en el profundo desarrollo de los personajes, permaneciendo éstos como meros bosquejos necesitados de mayor atención.

La historia fluye en pantalla, de eso no cabe duda, con ritmo, aunque poco suculento. A pesar de los acertados planos en los que se muestra la fiel libreta donde el despiadado médico nazi va apuntando sus inverosímiles pruebas con humanos, resulta chocante la falta de visceralidad y pasión en el relato, posiblemente porque la directora quiere contar todo y tan bien que da lugar a un sinfín de actividades que disminuyen la atención y el clímax de la historia y los personajes contados.

Es una verdadera lástima, ya que por sí sola la trama es capaz de generar suspenso y de abrir expectativas para generar sus propios puntos de giro. Sin embargo, por momentos, el filme se contagia de la misma frialdad del paisaje o de la inexpresiva figura de Mengele y narra su historia con menos pasión de la que le corresponde, al grado que concluye la película cuando le vamos agarrando la onda y estamos dispuestos a seguirla porque ya le tomamos interés al descubrir de qué personaje se trata.

Aún así, Wakolda. Médico alemán tiene importantes aportes como una estupenda recreación de época, buena dirección de arte, maravillosos escenarios, argumentos transversales, consecuente rigor dramático, identificación de lo perverso, música y fotografía precisas, pero sustancialmente un elenco estupendo que caracteriza muy bien a cada personaje. No se la pierda, no puedo decir que es magnífica, pero tiene un atractivo que logra sostenerse para ir desentrañando a ese personaje macabro.

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