Cultura

Juegos del hambre

Por Juan José Lara Ovando

A Luciana, cuyo parecido con la actriz de esta película, no es sólo físico, llega a la voluntad de lucha de su personaje.

Suzanne Collins, autora del libro Los juegos del hambre, que a su vez es el primero de una trilogía menciona que la idea de esta historia se le ocurrió cuando al cambiar los canales de la televisión se mezclaron la competencia de un reality show con la cobertura de una guerra. Algo muy común, tal vez por eso la novela coincide con otras al grado de haber sido señalada como plagio de una obra de origen japonés llamada Batalla real de Koushun Takami, que también se filmó y hoy es considerada cinta de culto en aquel país.

La temática de Los juegos del hambre (libro y película) es la de una sociedad vigilada, manipulada y sometida en la que imperan la pobreza, el hambre y la falta de alternativas. El control impuesto por los gobernantes es totalitario, el poder político inmenso y como contraparte, la independencia personal y colectiva es inexistente.

Dadas las condiciones de crisis e incertidumbres económicas en las que hemos vivido desde hace tres décadas, eso pudiera ser creíble e imaginable en una situación reciente, pero se trata de una historia futurista, ubicada hacia fines del siglo XXI.

Aquí hay otra coincidencia con muchas otras historias de novelas desde 1984 y Un mundo feliz (ambas de George Orwell) a Philip K. Dick e incluso Stephen King y, películas como El sobreviviente, Glaser, 87; Robocop, Verhoeven, 87; El vengador del futuro, Verhoeven, 90; El precio del mañana, Niccol, 11) en las que las sociedades del futuro, inmediato o no, son cada vez más autoritarias y explotadoras, al grado de reducir todo tipo de esperanza y degradar la vida social, eliminando la iniciativa individual.

Las películas de ciencia ficción de tipo futuristas son comúnmente distópicas, es decir, lo contrario de lo utópico, como si la perversidad le jugara un revés a la realidad, que transcurre en términos opuestos a los de una sociedad ideal. ¿Por qué tiene que ser así? ¿Acaso la forma en que vivimos, y hemos vivido, sólo nos dejan pensar pesimistamente, en un futuro degradante? ¿Es que la única posibilidad de divertirse en las sociedades futuras es imitando al poder dominante al vigilar a los demás, así sea a través de divertimentos como los reality shows? Lo cual desafortunadamente ya hacemos porque son los programas televisivos de mayor audiencia.

El mundo que retrata Los juegos del hambre es post-apocalíptico, va después de los desastres que han devastado a las ciudades y sus gobiernos. Dichos desastres son provocados por los hombres que se han rebelado a sus dominantes sociedades, de modo que cuando éstas se reconstruyen, le imponen un castigo a sus gobernados para que no se olviden nunca que van a ser castigados por lo que provocan, atentando contra el gobierno.

Tal castigo es como una Olimpiada del futuro, esperada como hoy que las televisoras y canales deportivos hacen cuenta regresiva para disfrutarlas y en la que el ganador obtendrá todos los honores y reconocimientos, pero eso sí, será el único sobreviviente, porque los juegos son un enfrentamiento a muerte entre todos sus integrantes (24 muchachos de entre 12 y 18 años, dos, muchacho y muchacha, de cada distrito del territorio de Panem, una especie de Estados Unidos del futuro.

No se trata de atletas, sino de jóvenes comunes y corrientes cuyo deseo es no participar nunca en dichos juegos, que además estas Olimpiadas no son nada igualitarias, pues salvo los dos primeros distritos parecen ser de personas con mejores recursos económicos y entrenan a sus jóvenes para esos juegos, el resto no tienen medios para ello y sólo tienen la posibilidad que el sorteo no les convoque a participar en él.

Eso es lo que le sucede a una pequeña que por primera vez es incluida en el sorteo y es la desafortunada elegida, por lo que su hermana Katniss (una soberbia Jennifer Lawrence, medida hasta en el pestañeo de su rostro) se propone para sustituirla. El otro integrante es Peeta (un joven Josh Hutcherson que sorprende en un rol complejo, que combina indecisión y valentía). Los dos quedan aterrados, pero van a tener un excelente grupo asesor en el que se distinguen: Haymitch y Cinna (Woody Harrelson y Lenny Kravitz) que los lleva a actuar con inteligencia y compañerismo en la competencia.

La crítica más feroz se realiza a los medios de comunicación despiadados que hacen un espectáculo de la competencia y que inducen a una fascinación morbosa para que se desate la violencia a través del juego, que controlan casi a totalidad sus operadores. El director es el poco conocido pero efectivo Gary Ross (Pleasantville, 98 y Seabiscuit, 03, además de guionista de Quisiera ser grande, 88 y Presidente por un día, 93, todas en tono de comedia) que cuida muy bien los detalles de este filme manteniendo el ritmo de casi dos y media horas, logrando una estupenda ambientación, cuidando todos los aspectos técnicos, que están formidables: efectos, fotografía, cinematografía, vestuario, maquillaje y hasta peinados para darnos tonos de persecución y combates con toques psicópatas y degradantes, al estilo en que solía hacerlo Kubrick o puede hacerlo Spielberg. Por lo mismo estamos ante una película con un tema complejo y serio que por fortuna está bien presentada. Vale la pena.

 

 

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