Cultura

La 55

Por: Juan José Lara Ovando

Con 42 años de realizarse, anual o bianualmente, llega la Muestra Internacional de Cine número 55, que desde la creación de la sala Rosalío Solano -en 1999- ha llegado puntualmente, salvo en 2011, cuando no fue preparada a causa de la reparación de dicho recinto. Desde mediados de los años ochenta, durante una semana era proyectada una selección de películas en alguna sala de la ciudad (Cinema 2000 ó Cinema Premiere), lo que volvió a suceder el año pasado, en el cual sólo vimos una selección de siete filmes.

La edición 55 llega casi completa: 18 películas, e incluye -por segunda ocasión en nuestra ciudad- el homenaje a un film clásico, acto con el que a veces abre la Muestra. La primera ocasión fue durante la inauguración de la Sala Rosalío Solano, con las versiones restauradas de Un perro andaluz (24) y La edad de oro (28), de Luis Buñuel. Ahora se trata de Distinto amanecer, de Julio Bracho (1943), una de las mejores películas de la Época de oro del cine mexicano. Aunque no es una de las cintas populares, cuenta con una de las mejores críticas de ese entonces y, además, cumplió 70 años en el 2013 (la fecha de la Muestra es noviembre, aunque a Querétaro llegue entre febrero y marzo). Otros clásicos que no han sido incluidos son: Macario (Gavaldón, 62), Los olvidados (Buñuel, 50), El chico (Chaplin, 25), Espartaco (Kubrick, 64), entre otros.

Distinto amanecer es -posiblemente- la película menos conocida de todas ellas, y debe ser revalorada, ya que se trata de un cine negro y thriller político muy bien realizado, temáticamente cercano a Casablanca (Curtiz, 42), aunque en una línea y estilo más social. Trata sobre un líder sindical perseguido por un político; mientras, la persona que le puede ayudar a escapar de éste es un antiguo amor que tiene que definir si se va con él o le ayuda a escapar. Cuenta con Andrea Palma en grande y un Pedro Arméndariz en su mejor momento; además de la fotografía de Gabriel Figueroa, que muestra la vida oscura y fría de la ciudad en la noche, y la música de Agustín Lara que da pie al título del film.

Seis películas más se han proyectado -hasta ahora- de la Muestra, de las cuales dos ya comentamos recientemente en esta columna porque ya tuvieron exhibición comercial: Sólo Dios perdona (Winding Refn) y Amor índigo (Gondry), de las cuales sólo indicaremos que proceden de Estados Unidos-Tailandia y de Francia, respectivamente, y que son buenas intenciones pero logros regulares. Pueden ser vistas por su propuesta personal (la primera sobre la culpabilidad de las mafias y la segunda sobre el amor y desamor a partir la novela La espuma de los días, de Boris Vian) pero su nivel es intermedio en la Muestra.

Las nuevas para este comentario son: Joven y bella (Ozon, 13), La postura del hijo (Calin Netzer, 13), Erase una vez yo, Verónica (Gómes, 12) y La casa de la radio (Philibert, 12). Las dos primeras son las películas de más fuerza hasta ahora; la segunda, una de las más brillantes de todo el ciclo. Las dos siguientes pueden considerarse menores, aunque señalaremos su valía.

La postura del hijo es la más reciente ganadora del Oso de oro del Festival de Berlín y, como tal, es una gran película, toda intensidad y meticulosidad tanto en el orden formal como en el contenido. Trata sobre una familia rumana de clase alta, algo totalmente ajeno a la sociedad proveniente del socialismo conocida por nosotros, pero en la que las desigualdades sociales, la corrupción y el tráfico de influencias son un mal sistémico. La excusa para mostrarlo es un accidente de tránsito de consecuencias trágicas (la muerte de un niño tropellado) que destapa la problemática a través de un drama familiar y la relación materno-filial imperante. La madre es quien está al frente y define perspectivas y proyectos, de esa forma influye para que el hijo (causante del accidente, ya mayor, casado y padre de familia) no vaya a prisión, pero no cuenta con que éste tiene otra posición al respecto. La confrontación entre ellos refleja la crítica a la sociedad en la que viven, pero -al mismo tiempo- presenta los sentimientos de la realidad cotidiana y nos acerca a su intimidad de una manera perturbadora. Una cinta muy naturalista, con un guión sencillo aunque ampliado a través de líneas argumentales finas que la proveen de una narración profunda, y con una exposición visual muy propositiva; ello logrado por el sensible manejo del director y la estupenda actuación -sobre todo de la madre, protagonizada por Luminita Gheorghiu- y que deja ver el buen momento de la cinematografía rumana, ganadora hace cuatro años del festival de Cannes con 4 meses, 3 semanas y 2 días (Mungiu, 07).

Joven y bella es la cinta más reciente de Francois Ozon, niño terrible del cine francés por sus películas de humor ingenioso y satírico, además de incluir siempre su punto de vista sobre la sexualidad humana. En este caso, retrata a una chica de 16 años que despierta a su sexualidad sin ningún tipo de emoción y con una serie de experiencias vinculadas a la prostitución y el dolor por su indiferencia sensitiva. Es expuesta a través de un proceso que dura un año, diferenciado por las estaciones, aunque no se manifiesta cambio en ellas, sino continuidad en la historia y sólo caracterización musical estupenda (de Francois Hardy); la verdad de los hechos se revela, pero la duda respecto a la idealización del crecimiento y la adolescencia queda flotando, dejando una discusión abierta al respecto que, sin embargo, la película expone con frialdad.

Erase una vez yo, Verónica es, probablemente, el menor logro del ciclo: es una cinta brasileña que intenta reflexionar sobre la situación de las jóvenes mujeres de su país, vista a través de una profesionista que vive con su viejo padre y que busca su identidad. Temáticamente puede ser interesante; desgraciadamente, da pocos elementos. La casa de la radio es un buen documental -premiado internacionalmente como tal- sobre la prestigiosa radiodifusora Radio France; es un relato construido desde que empieza un día hasta que inicia el siguiente, a través de un excelente collage que recoge cómo se vive, cómo trabajan, cómo se prepara la programación, la importancia de lo que producen, la calidad de los entrevistados (entre los que destaca Umberto Eco), etc., experiencias que van llenando el filme de sorpresas ligadas al campo de la cultura, la información y las formas de vida. El director, Nicolas Philibert (conocido por sus largometrajes de ficción), logra un acercamiento íntimo y emotivo (muy agradable) de éste medio de comunicación que no pierde su importancia a pesar de que no maneja imágenes.

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