Cultura

LA CAJA NEGRA

Por: Isabel Valenzuela Alfaro

Eran muchas las noches que su recuerdo me desvelaba. Con toda la oscuridad de que era capaz a esas horas, nació la idea de deshacerme de su recuerdo.

Tenía que enterrarlo.

Había anidado en mí la esperanza de escribir nuestra historia. Sobre nosotros dos. Pero ahora, tenía que reconocer que esa historia se había perdido. Su traición me mostró que el amor no era para siempre.

Esperé esa mañana a que salieran mis padres de casa. Una vez que escuché la puerta cerrarse por última vez y reconociéndome sola, corrí a reunir todo lo que tuviera que ver con él. Cartas, cuentos, fotografías, un libro escrito por él y otro más que recién me había regalado en Navidad, y que aún no terminaba de leer.  Fui apilando todo aquello en mi cama. Como si fuera a encender una gran hoguera. Tomé las cartas, las leí por última vez.

Esos cuerpos blancos en mis manos semejaban cuchillos que amenazaban con desgarrarme. Loca de rabia rasgué el papel de lado a lado. Luego, con los ojos abrillantados, los convertí en pequeñísimos pedazos para que no quedara palabra viva. El sonido que producía tal destrucción aumentaba mi furia.

Tomé las fotografías. Quería destrozar las imágenes; el sueño de vivir a su lado; la sonrisa de sus labios; el brillo de sus ojos: no verlo más: no amarlo: no necesitarlo nunca más. Mis manos se movían de prisa aniquilando deseos, pulverizando fantasías, desintegrando todo rastro de nuestra historia. Deposité mi dolor dentro de la caja negra.

Todo el sufrimiento convertido en papeles hechos trizas.  Tomé un listón con el que cerraría para siempre el capítulo. Coloqué en mis manos la cinta satinada en rojo, la acaricié a manera de despedida, sólo un momento, y luego amarré bien la caja. Era importante que quedara bien sellada; nada podría escaparse ya, ni un recuerdo, imagen, sensación, y mucho menos alguna emoción o sentimiento.

Vestida de luto salí de casa y me encaminé a la iglesia. El cura miró cuando deposité con lenta suavidad la caja en el suelo, frente al altar, pero no dijo nada, me vio y alzó tan sólo la mirada poniendo los ojos en blanco. El vaivén del sahumerio y los coros celestiales fueron parte del cortejo fúnebre. Con velo y rosario en mano escuché la misa con la caja presente. Le faltan unos cirios, suspiré.

Cuando el sacerdote dio la comunión, él mismo movió la caja con su pie, dejándola a un lado. Pensé que la patearía… pero no fue así. Sin haber retenido ni una palabra de la homilía, por fin terminó el servicio religioso. Sólo él aparecía en mi mente y en mis estúpidas ilusiones, hechas pedazos. Le daría santa sepultura, pensé mientras tomaba la caja y la abarcaba con mis brazos. Salí de aquel recinto sombrío de paredes altas y frías.

Me encaminé al panteón con todo y todo. Allí esperé pacientemente en una banca a que los sepultureros y demás trabajadores se fueran a desayunar. Entonces, bajo un árbol, me arrodillé. Con todo el enojo que era capaz de albergar dentro de mí, fui removiendo montones de tierra con mis dedos. No me importó llenarme de lodo, ni que las rodillas enrojecieran y se rasparan con las piedras.

Cavé y seguí cavando hasta que consideré que podría haber espacio suficiente. Luego, con cuidado deposité la caja en el fondo. El cielo ensombreció. “¿Serán pasajeras las nubes?” me pregunté. Me pareció el ambiente más frío mientras el viento aullaba y mis cabellos largos bailaban desordenados. Volví a mi tarea.

Fui llenándome las manos de tierra, y con punzante dolor fui tapando los vestigios de lo que había sido nuestra historia. Concluí el ritual. Me levanté, sacudí las manos con energía. Exhalé aliviada. No seré más víctima de su amor, me dije, y tuve entonces la extraña sensación de estar más ligera.

 

 

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba