Cultura

La ciudad eterna

Por: Juan José Lara Ovando

Roma, la ciudad de la historia y de los amores pasionales, la gran ciudad de la antigüedad que transmitió al mundo la cultura occidental, la misma, incluso, que recorría Sophia Loren en decenas de imágenes: con mandil, conduciendo un auto, en traje de baño, siendo joven o vieja pero siempre bella. Pero no sólo las nativas se apasionan por esa ciudad, la actriz sueca Anita Ekberg tuvo que meterse a medianoche a la Fontana di Trevi para suavizar esa pasión, maravillando a los mismos sueños (La dulce vida, Fellini, 60), tanto que una mujer latinoamericana que la ha admirado toda la vida quiere hacer lo mismo, aunque el tiempo no se lo permite (China Zorrilla en Elsa y Fred, Carnevale, 05).

 

Esa admiración la tienen también Woody Allen y Julio Medem, cineastas norteamericano y español, de quienes coincidentemente se exhibieron sus películas al mismo tiempo en nuestra cartelera comercial: De Roma con amor y Habitación en Roma, respectivamente. No obstante, la mirada de ambos difiere casi de manera polar, Allen muestra su alegría y entusiasmo por la ciudad, en tanto que para Medem es solamente un sitio, la ubicación de una trama en la cual la ciudad prácticamente es ajena.

Medem es un director vasco que después de casi dos décadas de hacer cortometrajes, se da a conocer con su primer largometraje: Vacas (92), al que siguió Ardilla roja (93), ambos muy premiados, consolidándose con Los amantes del Círculo Polar (98) y manteniéndose con Lucía y el sexo (00), a través de propuestas muy sensibles en las que se puede referir al sexo sin pudor en historias que se manejan lentamente, de manera concéntrica para irse afinando. Sólo que de entonces para acá ha filmado poco y sin mayor fortuna.

Habitación en Roma no le ayuda a salir de ese mal momento aun cuando sus temática es la misma, ahora con un par de chicas que se encuentran en Roma la tarde previa al regreso a su destino, nada más que una regresa a Madrid y la otra a Moscú. La perspectiva que impone el director es fiel a sus recursos, nos sumerge en una vorágine de pulsiones sensoriales, entre verdades y mentiras, dando vueltas constantemente, pero sin volver al mismo punto, la vida de las protagonistas no podrá ser ya igual. El relato es totalmente adivinable: pasan la noche juntas, se cuentan su vida y sus problemas, se enamoran y se separan (tal como se juntaron), después de una noche inolvidable. Roma es la calle, la vista por el balcón, la decoración de la habitación del hotel (porque toda la película es en interiores) y el machista portero, entre otras pequeñas y fugaces cosas. La desgracia es que Medem peca de lirismo, al exceso de supeditar la forma al fondo, que quiere abanderar como un imperio de los sentidos, que por supuesto queda muy lejos de Oshima, como de Wong Kar Wai o de Bertolucci. No logra mucho, es más una película pedante y cursi que erótica y sensorial, incluso cuando el tema de la relación lésbica merecía o daba para más.

Allen, por el contrario, como los buenos vinos, más viejo pero en gran momento, como lo dice uno de sus personajes grandes: con la edad llega la sabiduría. Lo que es corregido por un joven que le dice que lo que llega es la fatiga. Pero ya septuagenario, este prolífico director tiene una popularidad ganada a pulso que le da la libertad de hacer en el cine y en la vida lo que le venga en gana y salir relativamente airoso. Su talento lo mantiene y su secreto es mofarse con elegancia y tino de aquello que le denuestan sus críticos: ligereza, narcisismo e insistencia temática.

Cual Henry James del siglo XXI, Allen recorre Europa filmando sobre ella con la mirada del americano, como lo hizo el escritor redactando sus relatos en el siglo XIX. Ya pasó por Londres, Barcelona, Madrid y París, sin filmar sus mejores películas, pero deleitando (sobre todo con la anterior, París) con su retrato esnob de las élites culturales de ese continente. Ahora se encuentra en Roma y no construye una historia, sino cuatro pequeñas partes que no se cruzan entre sí, son totalmente independientes y los personajes no tienen que ver unos con otros, un poco como las historias de la comedia italiana de los años setenta donde el objetivo común radicaba en el sentido y parecido de las historias que armaban un conjunto temático.

Presentado y narrado por un agente de tránsito que nos conduce por una ciudad de ilusión y fantasía donde un arquitecto maduro (Alec Baldwin) comprende los tropiezos sentimentales de un estudiante de arquitectura, al igual que un empresario musical retirado (Woody Allen) que encuentra a un excelente tenor (su consuegro) que sólo puede cantar cuando está en la ducha, por lo que le crearán en la ópera ese escenario para que pueda cantar ahí. La contraparte de estos dos personajes llegados a Roma, son: un despistado hombre común (Roberto Benigni) que de manera instantánea le llega la fama, que posteriormente perderá súbitamente, y una pareja de recién casados provincianos que quiere abrirse camino en la ciudad pero caen en una amarga incursión de adulterio.

Sin ser una ciudad cosmopolita, transitan en De Roma con amor personajes de distintos países y continentes, sobre todo las mujeres que con ironía y sensualidad confieren vitalidad, brío y simpatía a la solemnidad, miedos y complacencias de sus compañeros masculinos como aquella escena en la que todos los turistas señalan la dificultad de trabajar en la capilla, cosa que no entienden, yo sí, dice la sensual romana, una Penélope Cruz muy Sophia Loren, es decir más romana que española. Ésa es la delicia en la que nos mete Allen. Si bien aquí no hay un personaje tan entrañable como Owen Wilson en Medianoche en París, es una delicia disfrutar las historias humorísticas De Roma con amor.

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