Cultura

La dictadura perfecta

Por: Juan José Lara Ovando

El nombre de esta película alude al comentario que hiciera allá por 1990 el escritor peruano, ahora Premio Nobel, Mario Vargas Llosa en un encuentro organizado por Octavio Paz y su revista Vuelta, financiado por Televisa, llamado La experiencia de la libertad, en el que convocó a grandes intelectuales del mundo para reflexionar sobre el fin del comunismo en los países del llamado bloque socialista.

Para enojo de Paz, el peruano se refirió a México, en lugar de los países exsocialistas, como el sitio donde se vivía una dictadura perfecta, aludiendo a la ausencia de libertad que imponía el PRI al simular procesos electorales democráticos, ocultar persecuciones políticas, negando la existencia de presos y desaparecidos políticos, pero sobre todo creando instituciones que reclutaban intelectuales y los acogía en sus espacios como estrategia para permanecer en el poder. Mecanismo que funcionaba al grado de mantener el poder sin cambio, mejor que en cualquier país socialista, pero con la imagen de un sistema democrático, lo que lo hacía funcionar perfectamente: el sistema seguía funcionando, era perfecto, una dictadura con rostro democrático.

Luis Estrada presenta ahora su cuarta película sobre el sistema político mexicano, al que se ha encargado de satirizar aumentando la dosis en cada una de sus entregas. Primero fue La ley de Herodes (99), después Un mundo maravilloso (06), la menos hilarante, posiblemente por eso se le conoció menos, y El infierno (10), en las que criticó la eternización del PRI, el neoliberalismo y el fracaso de la guerra contra el narcotráfico, respectivamente. Previamente había dirigido El camino largo a Tijuana (90), Bandidos (91) y Ámbar (94) con temáticas diferentes, pero el nombre de su segunda película es ahora el de su productora, Bandidos Films.

La dictadura perfecta refiere el poder de los medios masivos de comunicación, en especial el de la televisión, que puede presumir de modificar la realidad política para poner presidentes en México, asegurando que ya puso a uno pero sugiriendo que puede seguir poniendo a más, o al menos a otro. Por supuesto, al que puso es al actual, a Peña Nieto, que vemos en la película no sólo con su copete, juventud y porte, sino también con sus metidas de pata y su sumisión a los empresarios poderosos, en este caso los de la televisión. Pero eso es lo de menos, pecata minuta, lo verdaderamente importante es que la televisora no es ya el colaborador lacayo del gobierno, sino el amo que decide lo que hay que hacer y cómo debe hacerse.

De modo que las referencias a los hechos televisivos parecen marcar la pauta de la realidad política de México, no sólo haciendo mofa de declaraciones fofas de Peña Nieto, como de las que tuvo Fox, sino inmiscuyéndose y parodiando mucho más: los videos de Bejarano, la desaparición de la niña Paulette, el montaje del arresto a Florence Cassez, las conversaciones grabadas entre narcos y funcionarios, la presencia de una actriz de telenovelas como posible primera dama, un niño verde junior y trinquetero, un líder de la oposición conservador pero asaltacunas y el uso indistinto de sicarios del narco y generales militares como jefes de seguridad o secuestradores de niños.

El impacto mediático parece marcar los hechos políticos, como si éstos no valieran por sí mismos, por eso lo más impactante es el juego de la caja china, es decir, ocultar un problema llamando la atención por medio de otro que se puede publicitar rápidamente y hacer olvidar al anterior, un tanto como lo vimos muy seriamente en la película estadounidense Escándalo en la Casa Blanca (Levinson, 97), que es lo que se usa aquí para quitarle presión al presidente del copete para que no sigan tuiteando sus burradas; pero lo hacen con un fraude cometido por un gobernador, Carmelo Vargas, que termina haciendo lo mismo, contratando a la empresa Televisión Mexicana (una suerte de Televisa) para que lo saque del problema empleando otra caja china, es decir, encontrando otro problema que haga olvidar el suyo, que va a ser el secuestro de unas niñas; lo que van a lograr tan bien, que no sólo sacan del problema a Vargas, sino que le van a dar popularidad, por lo que desparpajada y cínicamente se va a lanzar como candidato a la presidencia de la República.

Estrada no es un director fino, ni siquiera tiene estilo, su fama se ha cifrado en la polémica y la confrontación de una realidad chocante de lo que parecemos ser y vivir como si no pudiéramos escapar porque ni la corrupción ni la manipulación nos lo permiten. En eso ha cifrado su éxito, pero en La dictadura perfecta su batuta empieza a cansar, da más de lo mismo, tal vez hasta exagera y no parece medirse, porque incluso alarga la película al borde de saturar al espectador que espera un final que no llega, continúa con otro y otro dato, y por supuesta más sátira que se va quedando en burla que va cansando al espectador. El filme pierde el equilibrio que tal vez en sus entregas anteriores Estrada pudo tener, por lo que el mensaje se puede quedar en gracioso, pero a la vez en poco serio para invitar a la reflexión. Pudiera ser que la elección de actores no haya ayudado, pues si bien utiliza a Damián Alcázar, el rol constructivo lo lleva un Alfonso Herrera que no logra la conducción necesaria; por ahí están excelentes pero en pequeños roles: Salvador Sánchez, María Rojo y Dagoberto Gama, pero en papeles de mayor importancia, aunque sin repercusión, están: Saúl Lisazo y Osvaldo Benavides, que no logran hacer crecer la historia. Se puede divertir y posiblemente reflexionar pero me parece que este tipo de filmes está llegando a su límite.

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