Cultura

La educación sentimental en el cine mexicano

Por Juan José Lara Ovando

Así como la educación no es un problema sustancial del sistema político mexicano, aún dada la importancia que conlleva, en el cine mexicano tampoco es una cuestión de importancia si nos remitimos a las pocas películas que tratan ese tema como un fenómeno particular.

No quiere decir que el tema educativo a través de la enseñanza en aula sea inexistente, al contrario hay muchas películas en las que aparece, pero su asunto no está concentrado en ello, pasar por las aulas puede ser circunstancial, como desafortunadamente puede serlo para muchos de los estudiantes en el país o, en el mejor de los casos, el hecho de reflejar una situación educativa es parte de otro asunto que es el medular de la película, como en el caso de buenas películas como En el balcón vacío (García, 61), que es la Guerra Civil española y, La lucha con la pantera (Bojórquez, 75), sobre problemas de la adolescencia.

 

Por eso cuando se refiere una película sobre el sector educativo en México es más rápida la referencia a El profe (Delgado,71), El estudiante (Girault, 09) o Escuela de vagabundos (González, 54) que a El grito (López, 68) o Canoa (Cazals, 75), que aunque estas últimas son indudablemente más valiosas, tratan sobre un problema que es más social que educativo, el movimiento estudiantil universitario, en tanto que las otras retratan asuntos educativos sin cuestionarlos como una problemática social, aún cuando se asomen esas preocupaciones en El profe a nivel de postura oficial o gubernamental, y en El estudiante a nivel individual.

Quisiera destacar en este artículo dos películas en las que la enseñanza escolar es pieza fundamental para crear expectativas de vida y enfrentar problemas cruciales para poder vivir. En alguna medida son joyas del cine mexicano, probablemente no las más pulidas, pero sí muy brillantes. Ellas son Simitrio de Emilio Gómez Muriel, filmada en 1960 y ganadora en su momento del premio a la Mejor Película de Habla Hispana en el Festival de San Sebastián, España y, Río Escondido de Emilio Fernández “El Indio”, de 1947 y ganadora del Ariel a la Mejor Película en México.

Simitrio narra una situación de lo que era la escuela rural. El profesor, Don Cipriano (encarnado por José Elías Moreno), es ya un viejo que empieza a perder la vista pero no quiere dejar su trabajo a pesar de las enormes dificultades que ya le representa trasladarse en su caballo de su casa a la escuela (tomando en cuenta las distancias que en las áreas rurales eso puede representar), incluso las autoridades municipales toman cartas en el asunto al intentar sustituir al querido profesor, apoyándolo para su jubilación. Pero resulta que éste no se quiere retirar del trabajo (todavía visto como el apostolado social de entrega a la sociedad y correspondida con el reconocimiento general) que ha impartido a todos los habitantes del pueblo, incluidas esas mismas autoridades y hasta generaciones anteriores que han asistido a su escuela y han aprendido con él.

En esas condiciones, el nuevo ciclo escolar incluye a un nuevo niño que se acaba de inscribir, pero que el día de inicio de clases se muda a otro pueblo y sólo llega a avisar que ya no asistirá, sin embargo Don Cipriano no se da cuenta y los demás niños van a continuar utilizando su nombre: Simitrio para hacer todas las travesuras en su nombre y no ser reprendidos, pues dada la ceguera del profesor, éste se cree todas las maldades que hacen los niños en razón de Simitrio, algunas en contra del mismo profesor, que se compadece de él porque le sirve de lazarillo. La imagen del bondadoso maestro rural en un entorno de tantas necesidades por cubrir, incluidas las educativas, resalta por el amor que le tiene a los niños, a su escuela y al pueblo entero en su empeño por hacer de éstos, hombres de bien, y en reciprocidad, de aquéllos por proteger a su amado mentor.

Río Escondido como la mayoría de las películas del Indio Fernández es un drama que a través de una historia personal devela la tragedia de un pueblo que perece castigado por un dominio caciquil. Drama rural, encarnado por una maestra, también rural, encomendada por el mismísimo Presidente de la República para llevar la educación a un pueblo apartado de la civilización (lo que se antoja improbable y hasta exagerado) pero finalmente llega a Río Escondido, un lugar en medio del desierto, para encargarse de la escuela que lleva meses cerrada y en la que tiene que enfrentar al cacique que explota el trabajo de los campesinos (encarnado magníficamente por Carlos López Moctezuma), tiene clausurada la escuela y les niega el agua para abastecerse.

A partir de una epidemia y con el apoyo de un médico pasante logra controlar el poder del cacique y mantener la escuela abierta en clara alegoría de que el poder de la razón y la habilidad que la educación provee vence al peor enemigo. Con plena ideología revolucionaria y las respuestas sociales que los gobiernos emanados de la Revolución Mexicana estaban llevando a la nación, el discurso que la profesora (María Félix en una de sus mejores actuaciones, alejada de toda tentación y del rol de devoradora, imprime orgullo al papel de profesora que a pesar de todas las adversidades jamás podrá ser humillada) da a los niños acerca de un indio como ellos que llegó a ser Presidente de la nación (Benito Juárez) levantó mucha polémica pues bordeó lo demagógico, pero su estética academicista (como todas las grandes películas del Indio) la hace superar esas discusiones. Dos películas muy bellas, que no cierran la enorme discusión educativa en México pero que al menos nos indican que el valor que se le ha dado al tratamiento educativo en el cine mexicano es honrosamente sentimental.

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