Cultura

La esperanza

Por: Juan José Lara Ovando

Del más conocido director finlandés en el mundo (en México, prácticamente el único) y muy prestigiado internacionalmente, Aki Kaurismäki, se exhibió hace un par de semanas en la cartelera comercial su película más reciente, Le Havre. El puerto de la esperanza, que se programó en la Muestra Internacional de Cine en la ciudad de México, pero fue de las que ya no llegaron en ese evento a nuestra ciudad, dado que ya habían iniciado programación comercial.

Desafortunadamente este tipo de películas tienen muy poca distribución, pues su mercado es restringido a salas de arte, cineclubes y circuitos culturales, ya que su público es el que asiste a esas salas, que busca aprender de lo que ve en el cine no tanto de solamente divertirse, aun cuando ambos disfruten de él, el primero es más estrecho y por lo mismo las proyecciones en salas comerciales es casi inexistente.

No obstante, en esta ocasión, Le Havre fue de las películas seleccionadas para intentar salvar esa barrera y se programó en salas comunes. El resultado siempre es complicado pues todas estas películas generan poca taquilla, sobre todo si al mismo tiempo las salas para ver al Caballero de la Noche se multiplican y se atiborran todas, y como industria el cine busca resultados cuantitativos, en tanto que estas cintas tienen un sentido más cualitativo.

Kaurismäki es conocido en México desde principios de los años noventa, por su filme satírico Los Vaqueros de Leningrado van a América (89), sin embargo, ya era un reconocido director en ese entonces pues su revisión de Shakespeare era muy bien aceptada por la crítica internacional en Hamlet vuelve a los negocios (87). Incluso así pasó más de una década para que volviéramos a saber de él, a pesar de que fue muy productivo durante los noventa. Es hasta que Un hombre sin pasado (02) gana el Gran Premio del Jurado en Cannes 02 y es nominada al Oscar por Mejor película extranjera que se exhibe este filme en México, para en unos años más tarde abrirle espacio a su siguiente película, Luces del atardecer (06). Con Le Havre tenemos por cuarta ocasión, una película de su autoría, aunque los circuitos de distribución nos queden a deber varias, entre las que se cuenta una muy comentada por la crítica, llamada Nubes pasajeras (96).

Todas sus películas están ambientadas entre las clases sociales más desfavorecidas, en especial las del norte de Europa (aunque en esta ocasión, en Le Havre lo hace en Francia), a menudo con situaciones y personajes extravagantes. Un cine totalmente distinto al que comúnmente vemos tanto en su temática como en su formato, el cine finlandés es poco imaginable para cualquiera de nosotros. El compromiso de Kaurismäki es con el arte, no ha renunciado ni claudicado a sus temas, apelando a un universo creativo propio que puede ser identificado y hasta asumido por el espectador porque a pesar de lo duro y complejo de sus temas los trata con sencillez tal como los trataban Chaplin o Buster Keaton, o Renoir o Clair, o los maestros de los años dorados de Hollywood: Ford, Hawks, Curtiz, Sturges y Walsh, es decir, con la maestría que da la simplicidad.

Lo que evidencia en Le Havre, como en todas sus películas, es que hemos ido perdiendo paulatinamente nuestra condición de ciudadanos hasta convertirnos en simples consumidores y donde cualquier manifestación artística se ejecuta y factura atendiendo a criterios puramente industriales. Ante eso la existencia de un director como éste es ya un aire de esperanza que nada a contracorriente, haciendo poesía del desarraigo con películas demoledoras, pero tiernas y entrañables.

El nombre del puerto francés, en costa bretona del Canal de la Mancha, Le Havre, es literalmente remanso o refugio, muy propio para una historia de inmigrantes ilegales que si pueden llegar a su destino es gracias a la solidaridad social. Del puerto moderno e industrial, el director sólo recupera la vida de un barrio al parecer intocado por el tiempo, un poco como lo hace el director francés, Robert Guédiguian en sus homenajes al puerto de Marsella (Marius y Jeannette (97) y En un lugar del corazón (98).

En esta ocasión combina lirismo, ironía y dramatismo. Marcel Marx es un escritor fracasado, bohemio de buenos modales y elegancia anticuada que eligió ser lustrador de calzado para vivir cerca del pueblo y vive rodeado de vecinos que lo apoyan, así como de una esposa comprensiva que tiene una enfermedad terminal. En su vida aparece Idrissa un adolescente senegalés buscado por la policía por ser indocumentado, al que decide proteger, por lo que tendrá que romper el cerco que le tiende un policía que parece extraído de una tira cómica.

Marx y casi todos sus amigos se oponen a la cacería del inmigrante con toda la irrealidad que supone una fábula generosa, con increíble desprendimiento moral y simpatía ven por la suerte del marginado, que gracias a ello va a lograr partir a su destino, alcanzar a su madre en Londres, aunque eso implique el sacrificio del abuelo. Una cinta bella, refrescante y humanista, sobre todo una bocanada fresca en el clima desolador de los tiempos que vivimos.

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