Cultura

La exageración

Por: Juan José Lara Ovando

Dos serios y relevantes personajes de la historia norteamericana y universal, aunque de ámbitos distintos: la literatura y la política, Edgar Allan Poe y Abraham Lincoln, son presentados en la pantalla de la manera más insólita e inesperada, como investigador policiaco el primero y como cazador de vampiros el segundo. Sin duda es total exageración y por lo mismo, no puede el espectador confiar en credibilidad histórica, más lo que el cine nos impone es preguntarnos qué se puede presentar de nuevo y cómo se presenta, que es lo que intentaremos ver a continuación.

Las películas norteamericanas, El cuervo, guía para un asesino y Abraham Lincoln, cazador de vampiros son dirigidas por un australiano y un kazajstano, respectivamente. Lo que no tiene de particular, más que el hecho de ser realizadores efectivos ya que ambas son cintas comerciales con el único afán de divertir, no tienen el mínimo acento de veracidad aunque sí cuentan con los elementos históricos que les permite explicar que lo que sostienen empata con los acontecimientos.

 

En El cuervo, guía para un asesino, los hechos que se narran están inspirados en el misterio que rodeó el deceso del autor del célebre poema de terror El Cuervo, quien fue hallado el 3 de octubre de 1849 en una banca de un parque de Baltimore, en medio de un delirio que lo acompañó hasta su último suspiro. A partir de este argumento, el director James McTeigue, imagina las últimas horas de vida de Allan Poe con la aparición de un homicida fanático de sus cuentos, una especie de Stephen King o de Wes Craven actuales, que a manera de manual ejecuta paso a paso los crímenes descritos en relatos como El pozo y el péndulo.

 

El filme es un thriller policiaco, con un punto de partida atractivo (como ya citamos arriba) la narrativa cinematográfica evoca el suspenso del autor, quien aparece con su mascota, un mapache (la leyenda de los eruditos en la vida y obra de Poe especula que de hecho murió de rabia a causa de una mordedura del animalito).

Al principio, el director intenta recrear la atmósfera sobrenatural del poema al filmar al estilo de Tim Burton, lo que le da una aceptable ambientación. E incluso Baltimore, la ciudad en que vivió sus últimos años, es un lugar de niebla, piedra, humedad, madera y oscuridad, es decir, tenebrosa, pero por lo tanto, apta para los efectos visuales que permiten presumir escenas violentas y hasta asquerosas en las que se parte un cuerpo a la mitad y se degüella a otro.

 

Esta línea que sigue la película ubica los motivos de Poe para encontrar al asesino, que no es exclusivamente por defender la ciudad sino defender su orgullo herido por utilizar sus letras para asesinar, a lo que se suma una segunda línea: el secuestro de su prometida por parte del homicida.

Los que deben sortear los peligros son esa pareja de enamorados, no sólo para vencer al asesino sino para lograr su amor, lo que puede no ser malo, pero es el punto donde se vuelve predecible la película, pues el personaje de Poe (John Cusack), se encasilla en el estereotipo del escritor borracho, lo cual es poco fidedigno, pues las enfermedades le impedían beber en exceso, aunque sí se daba sus escapadas con láudano y opio, por lo que era un tipo más o menos alegre y no tan serio ni oscuro como luce aquí, donde parece extracción de los actuales dark.

 

Definitivamente la realidad y la ficción conviven pero atentan una contra la otra en este thriller que intenta articular el misterio con exageraciones y mitos, confundiendo al espectador en la historia, pero tratando de que el mérito sea la perturbación, lo que logra bastante bien. En ese sentido estamos ante una película con mucha ficción y poca veracidad, mas con un buen guión, bastante rítmica y que mantiene en suspenso al espectador.

 

Por su parte, Abraham Lincoln, cazador de vampiros, provoca de entrada una reacción de menor aceptación que la película sobre Poe, en primer lugar por la figura tan relevante que tiene este personaje como defensor de un país y de la unidad política y racial y, en segundo lugar porque el título de la cinta nos lleva a pensar en una especie de Van Helsing, el mítico confrontador del conde Drácula.

 

Al ver la película vamos confirmando la impresión de esos dos puntos, pero a la inversa, adquiere más relevancia que sea un cazador de vampiros toda la vida, al grado que su papel histórico como defensor de causas humanitarias en la política se ve disminuida, ya que todo está en función de eliminar obstáculos que le impidan enfrentar y destruir a los monstruos (los vampiros).

Lincoln (en la película) pierde a su mamá desde niño por una enfermedad de la que posteriormente se entera fue un ataque de un vampiro, desde entonces el niño comienza a escribir un diario en el que su intención es convertirse en un maestro de su cuerpo y su mente para lograr un objetivo: vengarse del vampiro, aunque esto incluye un camino que le llevará a la Casa Blanca.

 

Logra ser un amplio ganador de las elecciones pero mantiene resguardada su lucha contra las fuerzas del mal, que empieza a preparar durante la Guerra Civil, participando en combate como un experto dominador del hacha (ni Bruce Lee con los chacos) más esquizofrénico que valiente. Así continuará su historia más de ninja antivampírico que de Presidente del país de mayor crecimiento económico, entonces, hasta enfrentar a su rival.

El director Timur Bekmambetov satura de tanto enfrentamiento y pleito en acción sin límite, dejando ver que ése es su único objetivo, apoyado en un guión de un escritor llamado Seth Grahame-Smith, procedente de su libro homónimo, especialista en temas de este estilo, pues su libro anterior es Orgullo, prejuicio y zombis, en el que reelabora la historia romántica de Jane Austen en medio de muertos vivientes, locura al máximo.

Eso hace a esta película muy loca, exagerada, excesiva, nada rigurosa, mucho menos verosímil y chocante, donde lo que importa es el efectismo puro y lo que se elabora es la forma, no el fondo.

 

Seguramente hay quien se divierte, pues para los fans de vampiros y zombis puede estar súper en su locura, pero fuera de ellos, tanta acción puede hasta volverse rutina e incluso aburrir, ya sin siquiera criticar la cuestión histórica o veraz. Lo que llama la atención es que mientras en el mundo musulmán se están matando por una película que critica a su religión, en la primera potencia del mundo se mofan de uno de sus presidentes más importantes y queridos, sin que se diga absolutamente nada, al contrario, mientras más la vean, mejor, es la ley del mercado y de este tipo de cine.

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