Cultura

La guitarra y el mar

Por: Noelia Rodríguez Piña

Entre la neblina matutina de domingo se extiende mi lectura de La guitarra y el mar. Aún se estremecen en mis labios las palabras que guardé para mí, en el acercamiento al texto. Y es que cuando uno lee poesía le dan ganas de escribir poesía. La escritura de Cristian Martín Padilla Vega se torna en una provocación, desde mi punto de vista, de esas indispensables para que la poesía nos salve de la violencia y sus desazones cotidianas.

Wolfgang Iser, teórico de la recepción y del efecto estético en la literatura, nos hace ver cómo el texto debe relacionarse con el lector, de tal manera que cause una diferencia. Hay teorías que consideran el efecto del texto de forma unidireccional, del texto al lector, sin embargo Iser contempla la lectura como “un proceso de efecto cambiante, de carácter dinámico entre texto y lector”. Estar inmerso y a la vez, sobrepasado por aquello en donde se está, es lo que caracteriza la relación texto-lector. Por eso, cuando Cristian define algo tan frágil como la concepción profunda de vida, diciendo: “Oh vida eres grata y muy discreta/ Yo te volví inmoral y desmesurada/ bastándome un par de versos y el vino tinto/ Que de la noche hace morada”. Creo que fundamenta un Ars poética al mismo tiempo, en torno a la pasión literaria inspiradora de una forma de vida que comparto: que no hay vida si no hay letras. Que la escritura es la vida misma situada en la cantidad infinita de mundos posibles, en la ficción como camino alterno para asombrarnos y para proponer ante lo que nos rodea.

El canto al amor, a la vida, a la cura del rencor, a la admiración, a la existencia, a la pasión, son los ejes temáticos que funcionan alternativamente en el texto poético con una rima envidiable.

Por otro lado, la sal del mar sazona la nostalgia en la poética de Cristian y hace del recuerdo, remembranza. Del erotismo, un andante cotidiano: “ay mujer, ya no puedo ver tus senos, pero/Aún los siento descansando en mi pecho, se sientan a orar por sus muertos/ Como peregrinos en un camino maltrecho” Y hacen de una guitarra un encuentro provocativo entre el lector y el cuerpo del texto: “…Arpegio las cuerdas de una guitarra morena con devoción, voy apurando el rasgueo y sin aviso aletargo su sonido, estoy buscando el ritmo del amor, aquel al que tu agitada respiración, daba hermosa melodía, canto y oración…”.

La poética del texto de Cristian, es entonces, un cuerpo desnudo que se entrega a su lector. Para Georges Bataille, el momento del encuentro erótico, del erotismo sagrado, es el momento privilegiado de la fundación de un lazo de continuidad entre los seres. Los seres que sostienen esta relación textual se encaminan hacia la transformación después de la poesía mantenida por instantes. El lector, jamás volverá a ser el mismo que fue antes. Algo tienen que morir para establecer continuidad. El poeta lo confirma: “Eros sueña, para no morir en el hastío de la mundana cuerda, anda por ahí encantando con sus miradas tenues, convirtiendo a contadores, abogados y escépticos ingenieros en vagabundos amantes de la vida”.

Sucede la evocación de figuras intertextuales que nos vuelven de un Quijote a Borges y de Borges al maestro Toño Flores y a José Luis Álvarez. Me suenan los nombres interesantes que han transformado generaciones de lectores con su discurso y como lectora de ellos, los construyo de a poquito a través de esa, la una de muchas otras visiones puestas en palabra como palabra interior. Desde la ficción hasta los andares cotidianos compartidos.

Luego avanzo, entre “sabores veraniegos” y “duras noches de noviembre en que duele tu nombre” para resolver la enmienda literaria inevitable: la locura.

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