Cultura

La invención de Hugo

Por Juan José Lara Ovando

Muchas personas suelen utilizar la frase: la magia del cine, para referirse a una evocación extraordinaria, maravillosa o al menos fuera de lo común sobre un acontecimiento que siendo ordinario, de repente se presenta de una manera sorprendente, como si sólo pudiera suceder en el cine.

Pues eso es lo que sucede al espectador cuando está viendo La invención de Hugo Cabret, pura magia del cine, pero no solamente por lo extraordinario de su realización, sino porque nos hace ir a los orígenes de nuestro amor al cine, como si recordáramos cuáles fueron los motivos que nos hicieron amar al cine, además de que se trata de cine dentro del cine, es decir, un homenaje que la película le hace a la historia del cine.

 

Sin embargo, la historia del niño huérfano Hugo Cabret, no es solamente cine, también es literatura y magia. Literatura porque procede de la literatura infantil, es originalmente un cuento gráfico, aunque más que eso es verdaderamente un personaje literario que se le debe al escritor Brian Selznick apenas en el 2010, pero que podría ser creación de Charles Dickens en la segunda mitad del siglo XIX, no le debe nada a esos personajes infantiles solitarios, pobres, abandonados y casi desesperanzados, pero que no terminan por rendirse inocentemente ilusionados en que algo pueda cambiar sus vidas. Magia porque el niño la hace a cada instante en el hecho de arreglar el funcionamiento de todo tipo de aparatos que operan mecánicamente (por eso sustituye a su tío, el relojero de la estación del tren, sin que nadie lo note), pero no sólo eso, sino que se encuentra con un personaje cinematográfico, un enamorado del cine y el primer mago de éste, el actor y director francés Georges Méliès, a quién en realidad si le gustaba la magia y había sido amigo y discípulo del escapista Harry Houdini.

Méliès es considerado el primer director de cine porque fue el primero en grabar historias de ficción para divertir al público y atraerlo a una industria, que como tal, fue creada por él a inicios del siglo XX y sus simpáticas y maravillosas películas son recreadas en este filme, principalmente De la tierra a la luna, basada en la novela de Julio Verne. Pero al mismo tiempo, el homenaje al cine se extiende más allá de Méliès, cuando los niños (Hugo y su amiga) conocen el cinematógrafo (la niña es una gran lectora pero no ha asistido nunca a una función de cine) y ven las comedias hilarantes de Harold Lloyd, los clásicos del oeste de Charles S. Porter, los dramas de David W. Griffith y las penumbras de El gabinete del Doctor Caligari del expresionismo alemán, todas ellas joyas del cine silente (mudo).

Esa magia se extiende como el poder de la imaginación puesta al servicio de unos pioneros y verdaderos visionarios que dieron vida a historias de todo tipo para crear un arte que ha ido maravillando a generación tras generación; un arte que ha evolucionado de forma increíble década tras década hasta nuestros días y que llegó a nuestros ojos vía uno de los más grandes directores del cine mundial, el norteamericano Martin Scorsese, que por primera vez filma una historia infantil y que es atraído por la tecnología del 3D, a la que un director tan formal como él parece haber sucumbido, pero el resultado es totalmente positivo, la película es técnica y formalmente una maravilla, todo está cuidado y es correcto.

La historia de Hugo (un niño que intenta por todos los medios pasar desapercibido en la estación del tren de Montparnasse para que no lo manden a un hospicio y así pueda terminar de reparar a un autómata que su padre había encontrado en el ático de un museo) se alterna con otras historias, principalmente la de Méliès, que eso sí es muy libre, no sabemos si realmente concluyó así, pero sus referencias son verdaderamente disfrutables, aun cuando la veracidad pueda señalar otra cosa. Al mismo tiempo hay varias historias más, todas dentro de la estación del tren en la que vive Hugo, y ellas se conjugan casi de manera tangencial para narrarnos con delicadeza los sucesos del entorno de Hugo.

Todo interpretado por un reparto estupendo en el que destacan los niños Asa Butterfield y Chloe Moretz, además del magnífico Ben Kingsley (Méliès) y Sacha Baron Cohen, que después de su escatológico personaje de Borat luce aquí como policía de la estación. Ahí están también Emily Mortimer, Jude Law y Christopher Lee, entre otros, envueltos en la maravillosa fotografía de Robert Richardson, que ganó el Oscar sobre el mexicano Emmanuel Lubezki, y la banda sonora de Howard Shore.

Una cinta disfrutable por imaginativa, por bella y por bien filmada, pero incluso así no la podemos considerar una joya, le falta un poco de ritmo, se alarga un poco y aunque es cándida y tierna no plantea ningún problema fundamental, ni está sujeta a ningún rigor en la precisión de su relato sobre Méliès. Eso sí, el gusto por el cine la mantiene en un nivel muy alto, tal vez por eso no ganó el Oscar a la Mejor Película, pero a la vez mantiene mucha cercanía como historia sobre el cine y por la época del cine mudo con la que resultó ganadora, El artista.

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