Cultura

La jaula de oro

Por: Juan José Lara Ovando

A diario vemos inmigrantes pidiendo limosna en las calles transitadas de la ciudad. Esto no tiene mucho tiempo, tal vez alrededor de un año, pero eso es solamente en los sitios muy visibles; en los imperceptibles, es probable que ya lleve años. Mas en las zonas rurales es algo ordinario, no solamente porque ven atravesar a miles de personas caminando por las vías o subidos a los trenes en su largo peregrinar sino porque la población misma de esos pueblos se ha vuelto migrante y deja atrás a sus familias y casas con el afán de enviarles dinero para procurarlas.

Dos cosas son las que conocemos de ese peregrinar: lo tormentoso del viaje y el resultado ambivalente, es decir: que envíen dinero para su familia o que se desconozca totalmente su paradero. La película La jaula de oro trata lo primero, pero a la vez presenta con claridad lo más demoledor de lo segundo, pues estamos ante los que ya no volverán y se quedarán desaparecidos, muertos o esclavizados en el camino.

El cine mexicano ha mostrado en diferentes ocasiones las duras imágenes de los inmigrantes centroamericanos montados en trenes de mercancías en busca de una nueva vida en lo que llaman “el norte” (los mexicanos, “el gabacho”). Algunas de ellas son: La bestia (Ultreras, 09), La vida precoz y breve de Sabina Rivas (Mandoki, 12) El Norte (Nava, 83), Sin nombre (Fukunaga, 09), aunque las dos últimas son producciones norteamericanas pero filmadas en México y con actores mexicanos, entre las que encontramos de migrantes mexicanos como Hasta morir (Sariñana, 94), Al otro lado (Loza, 04), La misma luna (Riggen, 07), Mi vida sin mí (Gajá, 07), Norteado (Pérezcano, 09), Los bastardos (Escalante, 08) y hasta Una vida mejor (Weitz, 11, norteamericana). Y aun cuando todas ellas destacan la preocupación intensa de toda la gente involucrada, ante La jaula de oro parecen desfallecer, como si nunca se hubieran tratado con el realismo y la intensidad emocional de esta excelente película, refractaria al sentimentalismo, pero sumamente humana.

Lo cual indica que nuestro cine se vuelve, paso a paso, mucho más consistente; las buenas historias vienen del corazón (con sentido objetivo, no sólo sentimental) y para contar algo que comunique lo que otros no quieren comunicar, ver algo que las miradas no quieren observar, hablar de temas que todos quieren callar. Este es el caso de la La jaula de oro, que logra conmover porque proyecta lo duro de la vida en las fronteras, los sueños que se quedan encima de las vías de un tren que tiene como destino cruzar todo México y llegar a Estados Unidos. Un tema incómodo del cual siempre será duro hablar, ya sea por el nudo en la garganta, o porque somos tan indiferentes que no queremos estar al tanto del entorno del cual estamos rodeados.

El director del filme se llama Diego Quemada-Díaz, que hace su debut en un largometraje; sólo le anteceden dos cortometrajes, pero ha colaborado en Hollywood en equipos de filmación con directores notables. De origen español, pero naturalizado mexicano, Quemada se autodefine como migrante, ya que tuvo que abandonar su país para ingresar a Estados Unidos, e incluso tuvo que realizar varios viajes (por tramos) en “La bestia” para adentrarse al mundo de estos inmigrantes, a los que hizo casting antes de filmar la película.

La jaula de oro penetra en un mundo iniciático y poderosamente dramático a través de la búsqueda de la tierra prometida de ellos o de cualquiera que auspicie algún tipo de usufructo, desde un prisma infantil tan contundente como emotivo. Los personajes son tres muchachos menores de edad (uno de ellos, una mujer que aparenta ser hombre) que salen de Guatemala con destino a Los Ángeles. Tras el primer tropiezo, en la frontera de México, uno de ellos da por terminado el viaje y se regresa, pero a la vez, otro chico, un indígena tzotzil que no habla español, se les une. La ilusión ciega los límites del peligro que puedan correr, junto con la inocencia de culminar el viaje sin tantos riesgos y cambiar su vida para siempre.

Su guión opta por ser sincero y comedido, mientras que su realización, basada en el seguimiento y la implicación a flor de piel, muestra lo peligroso y descorazonador del asunto a través de una mirada que, pese a ser también salvaje, resulta cálida y embellece, suaviza, la vorágine de momentos devastadores que va cosechando a su paso una historia de cruce de fronteras morales, geográficas y existenciales.

Partiendo de su contacto con inmigrantes centroamericanos, el director dibuja con valentía y alejamiento de la provocación panfletaria el retrato de unos niños sin infancia. Su fórmula narrativa se basa en la utilización de unos recursos artísticos, técnicos y plásticos que responden a las bondades de aproximación psíquica del documental. Su estilo hiperrealista y enfático convive fácilmente con el esteticismo de los inagotables paisajes que se nos presentan, generando que lo visual y lo textual formen un todo conjunto y armonioso. Así mismo, la propuesta se ve enriquecida por un emergente cruce de género, pues Quemada-Diez apuesta por impregnar de poder dramático y emocional un aura de thriller que sus protagonistas terminan por cuajar de manera trepidante y afectiva.

Como suele ocurrir en las producciones independientes de estas características, la cámara se convierte prácticamente en un personaje más, constantemente solapada en los roles centrales, participando de sus acciones y sus conversaciones, alejándose tan sólo para mostrar angulares y espectros de ese mundo que han dejado atrás. Lo inquietante del viaje se vuelve sustancial porque se muestra tal como lo viven aquellos que lo realizan, lo que funciona como un modelo, como si todos lo viviéramos alguna vez. Quemada asegura basarse libremente en La Odisea, ese libro clásico que diera origen a las tragedias, sobre un viaje de regreso a casa, con miles de aventuras que superar y sin final feliz, aunque el héroe logre el cometido.

El director rehúye de los extremos para hacer zozobrar al espectador, de manera que no agota su relato en la presentación y exposición constante de dramáticas realidades que, a todas luces, extenúan y banalizan la tragedia de la incomprensión y la opresión de estos niños. Una propuesta sólida y estimulante, de esplendor formal, espíritu de espontaneidad y orquestación milimétrica. La naturalidad y el corazón que ponen sus jóvenes actores (la dirección de actores es excelente, le valió dos arieles de Mejor actor y Mejor coactor), a lo largo de una fábula que se asienta en la regularidad de sus pasajes, convierten al film en material poético verdaderamente radiactivo, de alma inspiradora y atrevida. Lo mejor del cine mexicano de los últimos años, recién ganadora de nueve arieles y de más de 40 premios internacionales, entre ellos, Cannes y San Sebastían.

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