Cultura

La llama doble

Por: Juan José Lara Ovando

Haciendo honor al premio Nobel mexicano, Octavio Paz, que titula un libro con el nombre que ahora damos a este artículo. Paz lo utilizó para referirse al amor y el erotismo, de lo que señala que la llama es la parte más sutil del fuego, que se eleva formando una figura piramidal. De ella el fuego es lo que levanta la punta roja del erotismo y la sexualidad, pero que a su vez, alza otra llama, azul, más trémula, la del amor. Ésa es la doble llama de la vida.

Aquí retomamos esa doble llama, atrayendo a otro autor, León Nikolaiévich Tolstói, gran escritor ruso del siglo XIX, a través de una de sus obras cumbres, “Anna Karenina”, a la que aquí le damos el sentido doble en cuanto a pasión y moral, que son los elementos representativos de esta obra que logran desmembrar la crítica a la sociedad rusa de la década de los setenta, contraponiendo la pasión de dos amantes que rebasan todos los límites permitidos pero que se ven reducidos por el ostracismo que la aristocracia le impone al personaje femenino al negarle toda presencia en los círculos sociales a los que estaba acostumbrada.

A diferencia de la doble llama de Octavio Paz, en la que la doble llama es implementadora de vida, en la doble llama de Tolstói en “Anna Karenina” pasión y moral representan las fuerzas encontradas de la vida social, que impiden su movimiento, que la sujetan todo lo que pueden para evitar los trastornos e insinuar que no pasa nada. Con esa doble relación, la impresionante novela “Anna Karenina” imprime una de las críticas más fuertes a la sociedad de su época, que no es nada más la rusa, sino propiamente la burguesa, que ya es dominante a pesar de que se mueve al interior de las aristocracias imperiales de la segunda mitad del siglo XIX que lo mismo se vive en Moscú y San Petersburgo, que en Viena, París, Londres o Berlín.

Está inmersa en la literatura realista, de la que se encuentra en la cúspide ya que logra los objetivos centrales de esta corriente: la reproducción exacta, sincera y completa del ambiente social y la época en que se sitúa (que para ese momento era contemporánea) de la manera más sencilla y comprensible. Lo que se le facilitó al autor porque la publicó en capítulos a manera de folletín en la revista El mensajero ruso (de 1875 a 1877), aunque el final lo incluyó hasta que se editó la novela en 1877.

Si bien las novelas realistas van ligadas al afianzamiento de la burguesía y a la nueva sociedad urbana surgida del desarrollo de la revolución industrial y el consiguiente éxodo masivo del campo a la ciudad, Tolstói refleja una confrontación con ese mundo marginal de la lucha por la vida y se acerca a los modos de vida de los grupos dirigentes a los que critica como sociedades vacías e inútiles (sus libros llegaron a influir entre los anarquistas, uno de sus admiradores era Pedro Kropotkin), por lo que la aristocracia rusa sintió en su momento la fuerte crítica que se le hace a su forma de vida, a su insoportable modernidad cargada de moral y a la insistencia del autor por mostrar que la sociedad campesina es muy superior en valores, trabajo y sentido a las clases pudientes.

El relato de Anna Karenina es una belleza, pulcro y admirable en el lenguaje, el conocimiento de su sociedad, el reconocimiento de problemáticas sociales y el manejo de situaciones, todo ello hilado por una historia de amor que se convierte en una tragedia. Una historia de este tipo siempre será atractiva, por eso se ha filmado en diversas ocasiones, pero siempre enfrenta una dificultad, ¿cómo concentrar en alrededor de dos horas, una historia tan amplia y compleja? Eso es lo que enfrenta la nueva versión de este título, dirigida por el brillante cineasta británico Joe Wright (Orgullo y prejuicio, 05; Expiación, 07; El solista, 09) que en su quinto largometraje utiliza a su actriz favorita (Keira Knightley) para el protagónico (en versiones anteriores la han interpretado: Greta Garbo, (Brown, 35); Vivien Leigh, (Duvivier, 48) y Sophie Marceau (Rose, 97).

La versión de Wright llama la atención por la teatralidad de su composición, pareciera que estamos dentro del teatro, más que en cine, por lo que rompe los esquemas convencionales. Dentro del teatro tiene lugar buena parte de la vida social de la época, que procede del ámbito urbano y en el que desfilan las damas y los caballeros de la alta sociedad rusa; también se juega con una habitación de un niño que juega con un trenecito de mesa (de juguete) que se convierte en una estación de ferrocarril (el tren es esencial, otro actor más de la obra, lo que implica su importancia y la ubicación con el mundo moderno, los protagonistas se la pasan viajando entre San Petersburgo y Moscú); ahí se representa la ópera y otras presentaciones teatrales, ahí se ambienta el Consejo de ministros al que pertenece Karenina, como de otras oficinas públicas, y lo más espectacular es la carrera de caballos en la que se convierte la pista.

La historia de esta mujer joven, casada con un funcionario zarista, de la alta sociedad de San Petersburgo, que se enamora de un joven militar, playboy de la época, miembro de la aristocracia moscovita, que da rienda sorpresivamente a su pasión, abandonando a su marido, pero despojada por la sociedad de ambas ciudades de su desempeño en la sociedad, lo cual defiende con empeño, pero se va quedando relegada cuando a su amante sí se le permite la inclusión si no es acompañado por ella. No le va a dejar otra salida que el suicidio, que aquí es una reivindicación propia y un castigo a su sociedad, se cuenta de manera fluida y veraz, creíble y bien caracterizada, pero muy rápida y fría, poco emotivo para toda la carga que requiere. Posiblemente la representación teatral no permitió esa profundización, aunque fuera de esperarse que sucediera lo contrario, pero en este caso tal vez, influido por los bailes, la coreografía y escenarios (muy bellos).

La trama y los personajes pasan a un segundo plano ante lo arriesgado de la puesta en escena. El ir y venir de escenarios no permitió explicar con profundidad, el drama se sucede con grandes saltos y sin muchas explicaciones, dando una sensación de falsa realidad que resta emoción y dramatismo a los personajes. Sin duda la historia puede recrearse y disfrutarse porque se conoce y porque es bella e impresionante, pero el alcance de la película es solamente visual cuando pudo ser mucho más convincente, hasta Keira Knightley queda un poco a deber, no tanto Jude Law, que es el actor más sólido al interpretar a su esposo. No es lo mejor, pero no pierde nada si la ve, es un clásico.

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