Cultura

La otra cara de la historia: El bicentenario de fray Junípero Serra (Primera parte)

Por: J.E. Miguel A. García y Olvera

El uso de la Historia Única, como sostenedora del statu quo, sigue siendo un pilar para justificar las aberraciones culturales, sociales, políticas, económicas, del pasado y del futuro.

De igual manera, las concepciones filosóficas de la vida y el mundo, la guerra y el poder, entre los europeos y el resto del mundo, han sido totalmente diferentes. De modo que la “heroica” empresa de “descubrir el Nuevo Mundo”, no fue más que una aventura comercial y guerrera, financiada por los voraces mercaderes y llevada a cabo, por los españoles más pobres e ignorantes de la obscura Edad Media, a cualquier precio y sin ningún escrúpulo.

El presente ensayo trata de evidenciarlas hoy, ante la oportunidad de presenciar el gran entusiasmo ‘oficial’ con que se prepara la celebración de un evento internacional relevante: la celebración del bicentenario del nacimiento de un religioso franciscano (capuchino) que goza ya del título católico que lo categoriza como “Siervo de Dios” (título que precede a los de Venerable, Beato y Santo).

Se trata del español-marroquí José Miguel Serra Ferrer quien, al recibir el hábito de religioso le cambiaron el nombre por el de fray Junípero, con el que lo conocemos ahora.

Hombre ‘de su tiempo’, de una gran carácter, brillante por su preparación académica y teológica, apto para importantes cargos y difíciles misiones (en 1752 fue designado comisario de la “Inquisición” para la Nueva España).

Desde nuestro punto de vista, fue inteligentemente instrumentalizado por los jerarcas de la religión católica tradicional, para ser usado como eficiente ariete espiritual, al servicio de los proyectos imperiales de los reyes de España.

Eduardo Galeano en su libro “Las venas abiertas de América Latina” lo prueba, con una frase genial: “La espada de los conquistadores siempre tenía una cruz en la empuñadura”.

La Historia no puede negar las hipócritas intenciones y justificaciones religiosas de “salvar las almas de los ‘INFIELES’, dueños naturales del ‘Nuevo Mundo’.

Un mundo milenario, con propia historia, poseedor de grandiosas culturas y civilizaciones, en muchos aspectos más avanzadas que las europeas y con una espiritualidad más humana, más ligada a la Tierra como Madre, más acorde con el cultivo y la conservación de la naturaleza, fue sometido, violado, diezmado, envenenado, a partir de la invasión española, a todas luces injustificable.

Es evidente, desde la visión de la “otra Historia (la llamada de los vencidos) que el falso “descubrimiento” de América en 1492 fue un verdadero “encubrimiento”, real destrucción y evidente rapiña de la riqueza y sabiduría de los pobladores originarios de esta parte del planeta.

Y a pesar de ellos, la Historia Única, la oficial que se enseña todavía hoy, como una épica “epopeya”, como una hazaña grandiosa, por el sistema educativo colonialista de los malos gobiernos, se quiere seguir celebrando con aniversarios bizarros.

En la biografía de este “famoso fraile” se lee y se capta el entusiasmo de sus hagiógrafos por exaltar su convencimiento apostólico, (enajenado de toda preocupación ética o moral por los resultados de la ‘evangelización’ como instrumento eficiente y cruel, de un atropello de dominación esclavizante) donde se lee que:

“Durante los cinco meses de estadía en San Fernando, el Siervo de Dios prodigó ejemplos de vida interior fervorosa: autorizado por el maestro, añadía los ejercicios de piedad a los novicios al riguroso horario de la comunidad. Cuando el padre guardián solicitó voluntarios para las misiones de la Sierra Gorda, él fue el primero en ofrecerse. En compañía de Palóu, llegó a Jalpan, Centro Fernandino de la Sierra, el 16 de junio de 1750; allí quedaron ambos como ministros.”

Poco a poco, sus “pláticas edificantes” (que eran amenazas de los castigos del purgatorio y del infierno con la tenebrosa existencia de Satanás, personaje totalmente ajeno a la espiritualidad de los pueblos nativos) calaron en las mentes elementales de los indígenas y según Palóu, se logró que unos cien naturales frecuentaran los sacramentos. A mediados de 1751, el “Siervo de Dios” hubo de aceptar la presidencia de las cinco misiones serranas”.

Lo Pames, hasta el día de hoy, tienen sus adoratorios para invocar a sus espíritus protectores, representantes de su propia bio-energía en relación con la Nänä-Jaí (Madre Tierra en hñähñu). Y veneran al Dios Maíz. Por ello se siguen autodenominando Hombres de Maíz. Los elementos naturales son su familia: el Padre Sol y la Madre Luna, sus hermanos son el viento, el fuego, la lluvia, las montañas y en las caras de los santos cristianos, ellos ven el rostro de sus espíritus.

Sin embargo, dice su biógrafo:

“Acostumbrados ya al trabajo (¿voluntario?) de ‘sus Pames’, Serra acometió la construcción de un templo de piedra en Santiago de Jalpan. Hombro con hombro con ellos, acarreó pesadas vigas y bloques pétreos y así surgió la estupenda iglesia barroca que aún ahora llama poderosamente la atención.

Pero, enseguida se lee en la crónica que:

“Hasta que cansados de los extraños huéspedes, los indios atacaron el 15 de agosto, poniendo a prueba la voluntad de sacrificio del Siervo de Dios…”

 

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